EL AYUNO: ¿CÓMO? Y ¿POR QUÉ?
P. Steven Scherrer

 

EL AYUNO: ¿CÓMO? Y ¿POR QUÉ?

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes después de ceniza, 19 de febrero de 2010
Isa. 58, 1-9, Sal. 50, Matt. 9, 14-15

“Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán” (Matt. 9, 15).

El tiempo del ministerio de Jesús fue un tiempo especial en la historia de la salvación. Fue el tiempo mesiánico cuando el Mesías estaba presente en la tierra. Jesús era el esposo, y su ministerio era las bodas del Nuevo Israel con él. Por eso sus discípulos no ayunaban durante aquellos días aunque él mismo ayunó cuarenta días en el desierto. Pero dijo que cuando el esposo será quitado físicamente de ellos, entonces sus discípulos ayunarán. Estamos en estos días ahora, y durante Cuaresma hacemos hincapié en el ayuno y en su importancia en la vida cristiana.

Isaías nos enseña hoy que debemos acompañar nuestro ayuno con limosnas y ayuda a los pobres si queremos que tenga buen efecto. Dice: “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar la ligaduras de impiedad … y dejar ir libres a los quebrantados? … ¿No es que partas tu pan con el hambriento … Entonces nacerá tu luz como el alba … e irá tu justicia delante de ti, y la gloria del Señor será tu retaguardia” (Isa. 58, 6. 7. 8). Si cuando ayunamos también ayudamos a los pobres con nuestra sabiduría y nuestro dinero, nuestra luz nacerá como el alba, resplandeceremos con la justicia de Dios, y su gloria estará con nosotros.

¿Por qué tiene el ayuno tanto poder? Es porque quita las cosas que dividen nuestro corazón y nos deja tener un corazón indiviso en nuestro amor por Dios. Reducimos nuestra comida a lo esencial para la salud, y dejamos las delicadezas. Esto es algo que debemos hacer en cada aspecto de nuestra vida para poder vivir sólo para Dios con todo nuestro corazón, con un corazón indiviso. Entonces podremos decir con el salmista: “Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti … Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios … El Señor es la porción de mi herencia y de mí copa” (Sal 15, 2. 4. 5).

Si uno ayuna de una manera sana, se puede ayunar cada día del año —puede ser todo un estilo de vivir—. Lo que yo hago es comer sólo una vez al día, a mediodía, no comer carne, ni usar condimentos, excepto la sal, ni comer delicadezas (cosas hechas de azúcar, dulcificantes artificiales, o harina blanca), ni fritura. Así uno puede comer todo lo esencial cada día y de cantidad suficiente para la salud, pero sin dividir el corazón con placeres innecesarios. Al comer sólo una vez así al mediodía, toda mi comida ya está digerida cuando me levanto a las tres de la madrugada para la oración y la contemplación. Para la contemplación, es importante tener un estomago vacío. Entonces puedo prolongar este tiempo con Dios en silencio toda la mañana, haciendo mi trabajo calladamente; y al mediodía, comer otra vez. He hallado que esto es un buen sistema de ayunar todos los días. Entonces debemos arreglar todas las otras partes de nuestra vida para que sean en sintonía con nuestro ayuno, evitando los placeres innecesarios del mundo en general en todo aspecto de nuestra vida para que nuestra vida sea armónica y homogénea.


PERDER LA VIDA PARA SALVARLA
P. Steven Scherrer

 

PERDER LA VIDA PARA SALVARLA

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves después de ceniza, 18 de febrero de 2010
Deut. 30, 15-20, Sal. 1, Lucas 9, 22-25

“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9, 23).

La cruz de Jesucristo nos redimió y nos trajo el reino de Dios en que podemos vivir ahora, perdonados de nuestros pecados y reconciliados con Dios. Es un reino de paz celestial en la tierra, que vendrá en su plenitud con la parusía de Jesucristo en las nubes del cielo, pero que ya existe ahora de antemano para los que creen en él.

Pero vemos hoy que la cruz es también para nosotros en el sentido de que debe ser la pauta de nuestra vida también. ¿Y cómo debe un cristiano vivir? ¿Qué es el propósito de una vida nueva de fe, de una vida en Jesucristo? No estamos aquí para una vida de placer en este mundo sino para negarnos a nosotros mismos y tomar y llevar nuestra cruz cada día, como Jesús nos dice hoy. Esto quiere decir seguir a Jesucristo, predicar la verdad de su evangelio, y ofrecernos en sacrifico con él al Padre. Si vivimos fieles a su voluntad, seremos perseguidos en este mundo. Los que aceptan esto y siguen viviendo para él con todo su corazón y mente serán sus verdaderos seguidores. Llevarán su cruz de persecución y rechazo cada día. Así será su vida en este mundo.

Además, la vida cristiana es una vida de sacrificio y renuncia a sí mismo porque queremos servir sólo a un maestro (Matt. 6, 24) y tener sólo un tesoro en este mundo, y este tesoro es Jesucristo y el reino de Dios (Matt. 6, 19-21). Si queremos este tesoro, tenemos que sacrificar todo lo demás para obtenerlo como hizo el hombre que descubrió un tesoro escondido en un campo. Vendió todo lo que tenía para poder comprar este campo y todo lo que contenía, y así ganó posesión del tesoro (Matt. 13, 44).

¿Qué nos enseña esta parábola? Nos enseña que si queremos obtener el reino de Dios, tenemos que renunciar a todo lo demás, a todos los placeres del mundo, que sólo dividen nuestro corazón. Sólo así podemos poseer este gran tesoro, que es el reino de Dios. Poseer el reino de Dios es tener Jesucristo resplandeciendo en nuestros corazones, infundiéndonos la paz celestial y la alegría del Espíritu Santo. Pero para recibir esto, tenemos que tener un corazón indiviso en nuestro amor por él, no dividido por los placeres mundanos.

Por eso Jesús dice hoy: “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” (Lucas 9, 24). Perdemos nuestra vida por causa de Cristo al negarnos por amor a él, al renunciar al mundo por él, y al renunciar a los placeres del mundo por él. Por eso durante Cuaresma sacrificamos los deleites innecesarios de la mesa, y otras cosas también, algo que debemos hacer todo el año, pero para los que no han hecho esto, por lo meno deben hacerlo durante Cuaresma. Así negarán a sí mismos, tomarán su cruz de sacrificio, vendrán todo para obtener el tesoro, tendrán sólo un tesoro, y servirán sólo a un señor. Así perderán su vida en este mundo por causa de Jesucristo, y al hacer esto, la salvarán.


CUARESMA, NUESTRO RETIRO ANUAL
P. Steven Scherrer

 

CUARESMA, NUESTRO RETIRO ANUAL

P. Steven Scherrer

Homilía del 1 domingo de Cuaresma, 21 de febrero de 2010
Deut. 26, 4-10, Sal. 90, Rom. 10, 8-13, Lucas 4, 1-13

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre” (Lucas 4, 1-2).

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, un tiempo cuando conmemoramos el misterio pascual, que nos salva. Es también un tiempo de penitencia y renuncia a los placeres del mundo, sobre todo a los deleites de la mesa. Es el tiempo por antonomasia del ayuno. Es también un tiempo de oración, y por eso hoy vemos a Jesús dejando el mundo para orar y ayunar en el desierto por cuarenta días. Es finalmente un tiempo de ayudar a los pobres. Es, como vemos, un tiempo muy rico espiritualmente.

El misterio pascual es el centro de Cuaresma, y la celebración de la Vigilia Pascual en Sábado Santo es la culminación de Cuaresma. Este es el misterio de nuestra salvación. De este misterio vivimos. Por medio de él, nuestros pecados son perdonados, y tenemos nueva vida, la vida de Dios en nosotros. Por medio de este misterio, somos salvos de la muerte eternal. Por la muerte y resurrección de Jesucristo —que es el misterio pascual— las puertas del cielo están abiertas para nosotros.

Es verdad que Jesucristo “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4, 25). Por su muerte, él satisfizo perfectamente la justicia divina, porque él sufrió por nuestros pecados. Él llevó nuestros pecados en sí mismo (2 Cor. 5, 21) y sufrió el castigo debido a ellos en lugar de nosotros. Él sustituyó por nosotros ante el Padre y pagó nuestra deuda de sufrimiento por nuestros pecados para dejarnos ir libres y absueltos del castigo de muerte. En su muerte es nuestra vida. En su muerte es la muerte de nuestra muerte. Y en su resurrección, tenemos nueva vida, una nueva oportunidad, un nuevo comienzo. Resucitamos con él ahora a una vida nueva e iluminada, a una vida perdonada y justificada. Él nos ilumina, y andamos ahora en el esplendor de su resurrección, en la novedad de vida (Rom. 6, 4). Este es el misterio pascual, que conmemoramos durante Cuaresma y que celebramos en la Vigilia Pascual.

San Pablo habla del misterio pascual hoy, diciendo: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación … porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Rom. 10, 9-10. 13).

Esta salvación es una verdadera experiencia de nueva vida. Por medio de la muerte de Cristo —si creemos en él en nuestro corazón y le confesamos públicamente con nuestra boca—, la pena de nuestra culpabilidad está quitada de nosotros, y resucitamos con él para andar en la luz de su resurrección. Él resplandece en nuestro corazón, iluminándonos por dentro (2 Cor. 4, 6). Experimentamos la acción de Cristo lavando nuestro espíritu sobre todo en el sacramento de penitencia, y experimentamos su iluminación interior sobre todo en la eucaristía.

La gran imagen bíblica del misterio pascual es el éxodo de Egipto, y por eso durante Cuaresma leemos el libro del Éxodo. La primera lectura hoy habla del éxodo, diciendo: “El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales y con milagros; y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, tierra que fluye leche y miel” (Deut. 26, 8-9). Es el Señor que libró a Israel de la esclavitud, destruyó a sus enemigos en el mar, y los condujo a la tierra prometida, a una tierra “que fluye leche y miel”. Esta es una imagen de lo que Dios nos hace a nosotros en Jesucristo. Nos libra de la esclavitud del pecado, vence a nuestro gran enemigo, Satanás, en la cruz, y nos conduce a un nuevo mundo, a una nueva edad, que es el reino del cielo en la tierra, presente ahora en Jesucristo. Al nacer de nuevo en él por la fe y el bautismo, vivimos en su reino de paz universal sobre toda la tierra, con nuestros pecados perdonados y nuestra culpabilidad quitada. Y esperamos la consumación del reino de Dios en el futuro con la venida en gloria de Jesucristo con las nubes del cielo.

Hechos nuevos así y viviendo en un mundo nuevo y en una nueva edad, andando en la luz de la resurrección de Jesucristo, vivimos ahora de una nueva manera. Vivimos sólo para Dios en todo lo que hacemos. Nuestra alegría está en Dios ahora y no más en los placeres del mundo (Col. 3, 2). Por eso durante Cuaresma hacemos con más empeño lo que debemos hacer todo el año, todo el tiempo; es decir, renunciamos a los placeres innecesarios del mundo para tener un corazón completamente indiviso en nuestro amor por Dios, para amar sólo a él. Por eso ayunamos durante Cuaresma. Los que no han hecho esto durante todo el año, por lo menos deben hacerlo durante Cuaresma.

Cuaresma, pues, es nuestro retiro anual, el tiempo de meditar sobre el misterio pascual, con oración, ayuno, y limosnas dadas a los pobres.


ALEGRAOS EN LA PERSECUCIÓN
P. Steven Scherrer

 

ALEGRAOS EN LA PERSECUCIÓN

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 6ª semana del año, 15 de febrero de 2010
Santiago 1, 1-11, Sal. 118, Marcos 8, 11-13

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1, 2).

La vida cristiana está llena de pruebas. Si vivimos como Dios nos dirige, nos hallaremos en varios conflictos con las expectaciones de otras personas que no entienden por qué actuamos así. Puesto que los principios fundamentales de Cristo y los del mundo son tantas veces opuestos, el mundo muchas veces no nos entenderá ni nos aceptará. Seremos diferentes, y esta diferencia será la causa de odio, rechazo, y persecución. El mismo Jesús nos preparó para esto, diciendo: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Cuando os persiguen en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre” (Matt. 10, 22-23). Él nos advirtió que así será nuestra vida si le seguimos con todo nuestro corazón, como él quiere. Nuestra vida será llena de persecución. “El discípulo —dice— no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?” (Matt. 10, 24-25).

No debemos, pues, tener miedo cuando esto suceda. Si es necesario, podemos huir a otra locación, a otra ciudad, y refugiarnos allí, pero no podemos esperar que nuestra vida tenga menos persecución que la de Jesucristo. ¡Él mismo nos dijo que tendrá más!

Pero esto no debe romper nuestro espíritu. Santiago nos dice que debemos tenerlo por sumo gozo cuando nos hallamos en diversas pruebas. Y Jesús dijo lo mismo. “Bienaventurados —dijo— los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos … Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Matt. 5, 10. 12). Y esto es verdad. Somos bienaventurados cuando padecemos persecución por causa de la justicia, porque entonces Dios nos recompensa, y su Espíritu reposa sobre nosotros (1 Pedro 4, 14). Es en la persecución que sentimos la paz de Cristo y la verdadera alegría en nuestros corazones. En esta situación, Dios nos recompensa por ser fieles y por sufrir por él. Al ser perseguidos por causa de Cristo, confesamos a Cristo delante de los hombres; y como resultado, él nos confiesa delante de su Padre (Matt. 10, 32).

Esta es nuestra vida. Esta es nuestra cruz. Esta es nuestra alegría. Así nos ofrecemos a Dios como un sacrificio de amor, y así Dios nos recompensa con el don de su Espíritu y con su alegría. Así, pues, “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1, 2).

“Si sois vituperados por el nombre de Cristo —dice san Pedro—, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (1 Pedro 4, 14). Por eso “gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 Pedro 4, 13).


NUESTRO ÚNICO TESORO
P. Steven Scherrer

 

NUESTRO ÚNICO TESORO

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 5ª semana del año, 13 de febrero de 2010
1 Reyes 12, 26-32, 13, 33-34, Sal. 105, Marcos 8, 1-10

“Y dijo Jeroboam en su corazón: Ahora se volverá el reino a la casa de David, si este pueblo subiere a ofrecer sacrificios en la casa del Señor en Jerusalén” (1 Reyes 12, 26-27).

Jerusalén, desde su conquista por David, era el lugar central escogido y bendito por Dios en que los israelitas deben ofrecer sacrificio. Esto era de acuerdo con la ley del santuario único de la ley mosaica (Deut. 12, 1-27). Pero Jeroboam vio que si los israelitas seguían yendo a Jerusalén para ofrecer sacrificio, “el corazón de este pueblo se volverá a su señor Roboam rey de Judá” (1 Reyes 12, 27). Por eso Jeroboam escogió dos lugares en su reino, uno en Dan y el otro en Bet-el, e hizo en cada uno un becerro de oro para que en adelante el pueblo ofreciera sus sacrificios en uno de estos dos lugares, y no más en el templo de Salomón en Jerusalén (1 Reyes 12, 28-32). También “hizo sacerdotes de entre el pueblo, que no eran de los hijos de Leví” (1 Reyes 12, 31).

Esto fue el gran pecado de Jeroboam, “y Jeroboam apartó a Israel de en pos del Señor, y les hizo cometer gran pecado … hasta que el Señor quitó a Israel de delante de su rostro … e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria” (2 Reyes 17, 21. 23).

En Israel era importante que se ofreciera sacrificio en el lugar designado por el Señor, y no en cualquier lugar. “Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres; sino que en el lugar que el Señor escogiere, en una de tus tribus, allí ofrecerás tus holocaustos” (Deut. 12, 13-14). Ahora, pues, Jeroboam rompió con esta ley, y esto no agradó al Señor.

Vemos aquí, pues, la importancia de la obediencia a la voluntad de Dios. Las diez tribus de Jeroboam, aunque fueron más fuertes que Judá, al fin fueron destruidas completamente. Sólo los descendientes de Judá preservaron la fe de Israel hasta la venida del Mesías.

En nuestra vida también tenemos que obedecer la voluntad de Dios si queremos ser bendecidos por él. ¿Y qué es su voluntad para con nosotros? Es servir al Señor, y sólo a él, con todo nuestro corazón, porque, como dice el salmista: “No hay para mí bien fuera de ti”, Señor (Sal. 15, 2). Y “Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios. No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres. El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa” (Sal. 15, 4-5). Jeroboam perdió el favor de Dios porque no lo sirvió con todo su corazón y no lo obedeció. Servirlo con todo nuestro corazón es servir sólo a él y servirlo de la manera que él quiere ser servido. Es dejar todo lo demás por él (Lucas 5, 11), es ser crucificado al mundo por él (Gal. 6, 14), es tener sólo un tesoro (Matt. 6, 19-21) y sólo un señor (Matt. 6, 24), es buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Col. 3, 1-2), y es dejar los placeres del mundo, para que él sea nuestra única alegría.


¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA ALEGRÍA?
P. Steven Scherrer

 

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA ALEGRÍA?

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 5ª semana del año, 12 de febrero de 2010
1 Reyes 11, 29-32; 12, 19; Sal. 80; Marcos 7, 31-37

“Y tomando Ahías la capa nueva que tenía sobre sí, la rompió en doce pedazos, y dijo a Jeroboam: Toma para ti los diez pedazos; porque así dijo el Señor Dios de Israel: he aquí que yo rompo el reino de la mano de Salomón, y a ti te daré diez tribus” (1 Reyes 11, 30-31).

Por no ser fiel al Señor, el reino fue roto de la mano de Salomón, y diez tribus fueron dadas a Jeroboam. Este es el castigo del Señor anunciado por el profeta Ahías por el pecado de Salomón, por cuanto él y Judá han dejado al Señor. Ellos “me han dejado —dijo Dios a Jeroboam por medio del profeta Ahías—, y han adorado a Astoret diosa de los sidonios, a Quemos dios de Moab, y a Molec dios de los hijos de Amón; y no han andado en mis caminos para hacer lo recto delante de mis ojos, y mis estatutos y mis decretos, como hizo David su padre” (1 Reyes 11, 33).

Pero después, Jeroboam también dejará de servir al Señor con todo su corazón. Hará dos becerros de oro y pondrá uno en Bet-el y otro en Dan y dirá al pueblo: “he aquí tus dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto” (1 Reyes 12:28). Hizo también “sacerdotes de entre el pueblo, que no eran de los hijos de Leví” (1 Reyes 12, 31) y “Sacrificó … sobre el altar que él había hecho en Bet-el” (1 Reyes 12, 33), algo que sólo se debe hacer en Jerusalén (Deut. 16, 2; Lev. 17, 1-9; Deut. 12, 4-6).

Por eso Jeroboam también será castigado por su pecado. El mismo profeta Ahías le dirá: “destruiré de Jeroboam todo varón” (1 Reyes 14, 10). Vemos aquí la maldad de la idolatría. El reino fue roto de las manos de estos dos reyes porque han dejado de caminar con el Señor con todo su corazón. El Señor es un Dios celoso y quiere todo nuestro amor, todo nuestro corazón.

Jesucristo nos reveló el mismo mensaje. Su primer y más importante mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y con todas nuestras fuerzas (Marcos 12, 30). Y nos dijo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas (Matt. 6, 24).

¿Pero cuántos siguen tratando de servir a dos señores? ¿Cuántos siguen dividiendo sus corazones por la manera en que viven? ¿Cuántos creen que pueden servir a Dios y también a otras cosas? ¿Cuántos creen que pueden vivir una vida mundana y también servir a Dios con todo su corazón, con un corazón indiviso, como Dios quiere? Muchos, creo; pero es imposible. Debemos, pues, buscar nuestra alegría sólo en el Señor, no en los deleites del mundo, que sólo dividen nuestro corazón y disminuyen el amor que tenemos para Dios. Dios quiere todo nuestro amor, no sólo parte de nuestro amor. También él quiere ser toda nuestra alegría, no sólo parte de nuestra alegría. Es por esta razón que los monjes viven una vida de oración y ayuno en el desierto lejos del mundo. Es para amar a Dios con todo su corazón.


P. Steven Scherrer

 

LA IDOLATRÍA MODERNA

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 5ª semana del año, 11 de febrero de 2010
1 Reyes 11, 4-13, Sal 105, Mc 7, 23-30

“Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con el Señor su Dios, como el corazón de su padre David” (1 Reyes 11, 4).

Vemos aquí que en su vejez el corazón de Salomón se dividió entre otros dioses, y “no siguió cumplidamente al Señor como David su padre” (1 Reyes 11, 6). Así, pues, “su corazón no era perfecto con el Señor su Dios, como el corazón de su padre David” (1 Reyes 11, 4). ¡Qué importante es, pues, tener un corazón indiviso en nuestro amor y servicio de Dios y no dejar nuestro corazón dividirse con cosas ajenas! No debemos poner en nuestro corazón otras cosas en el lugar de Dios. Por eso “se enojó el Señor contra Salomón por cuanto su corazón se había apartado del Señor Dios de Israel” (1 Reyes 11, 9).

Hay muchas cosas que podemos poner en nuestro corazón que no deben estar allí y que dividen el amor de nuestro corazón para que no sea indiviso. Los placeres del mundo son ídolos que dividen nuestro corazón. Son nuestros dioses ajenos y falsos que nos hacen mundanos en vez de ser seguidores puros de Dios, y sólo de Dios.

Salomón pensó que tuvo una buena razón por sus acciones, porque hizo alianzas políticas al casarse con las hijas de varios reyes, como la hija de Faraón (1 Reyes 11, 1). Puesto que estas mujeres no eran Israelitas, él edificó templos para los dioses de ellas, para que ellas pudieran ofrecer sacrificio a sus dioses, y él se juntó con ellas en esto. Pero esto no agradó a Dios.

Nosotros también podemos pensar que tenemos buenas razones para poner otros placeres en nuestro corazón, pero esto tampoco agrada a Dios, que quiere ver en nosotros un corazón íntegro e indiviso en nuestro amor y servicio de él. No necesitamos tantas cosas que creemos, cosas innecesarias que son solamente para placer. Todo esto sólo divide el corazón.

Tenemos que guardarnos de la cultura en que vivimos y no imitar sus modos y modas sin sentido crítico. Más bien debemos discernir los estilos de nuestra cultura y rechazar lo que no está de acuerdo con una vida evangélica. El gran pecado de los Israelitas era mezclarse con las naciones alrededor de ellos e imitar sus obras. “No destruyeron a los pueblos que el Señor les dijo; antes se mezclaron con las naciones, y aprendieron sus obras, y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios, y derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, que ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán, y la tierra fue contaminada con sangre. Se contaminaron así con sus obras” (Sal 105, 34-39). ¡Que no hagamos lo mismo!

Aunque no adoramos a ídolos de la misma manera que ellos, aun así hay muchos ídolos en nuestra cultura que son adorados y que dividen el corazón. El culto de placer es el gran ídolo que está adorado hoy y que divide el corazón.


EL REINO DE DIOS PERTENECE A LOS POBRES
P. Steven Scherrer

 

EL REINO DE DIOS PERTENECE A LOS POBRES

P. Steven Scherrer

Homilía del 6º domingo del año, 14 de febrero de 2010
Jer 17, 5-8, Sal 1, 1 Cor 15, 12.16-20, Lc 6, 17.20-26

“Y alzando los ojos hacía sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6, 20).

Este versículo empieza las bienaventuranzas, donde Jesús proclama los pobres benditos, y los ricos malditos. Pero tenemos que entender esto y apreciar su mensaje en este sermón importante, porque es un resumen, un esbozo de mucha de su enseñanza en otros lugares. Él está proclamando aquí todo un modo de vivir, un modo nuevo de vivir. En pocas palabras, podemos decir que aquí tenemos esbozada una nueva manera de vivir en este mundo, que es una vida vivida para Dios con todo el corazón. Jesucristo quiere que vivamos competa y radicalmente para Dios, dejando todo lo demás para vivir sólo para él. Dios debe ser nuestra alegría, y por eso debemos renunciar a todo lo demás por amor a él.

Los primeros discípulos hicieron esto al dejar sus redes, su barca, y su padre, para seguirle (Lc 5, 11; Mc 1, 17-20). Leví lo hizo cuando “dejándolo todo, se levantó y le siguió” (Lc 5, 28). Jesús bendijo a sus discípulos por haber hecho esto para servirle completamente con toda su vida y todo su tiempo. “Cualquiera que haya dejado casas … o tierra, por mi nombre —dijo—, recibirá cien veces más (Mt 19, 29). Estos son los verdaderos pobres, a los cuales pertenece el reino de Dios (Lc 6, 20). Ellos viven sólo para él con un corazón indiviso. Su corazón no es dividido por los placeres del mundo. Los placeres del mundo nos ahogan para que no demos fruto, como la cizaña ahoga la semilla (Lc 8, 14). Y los que aman estos placeres pierden su vida, mientras que los que aborrecen su vida en este mundo por amor a Cristo, la salvarán (Jn 12, 25). El que pierde su vida por amor de Cristo, salvará su vida (Mc 8, 35). Él es el verdadero pobre, de quien es el reino de Dios.

El propósito de nuestra vida no es nuestro propio placer. No debemos tratar de aumentar nuestro placer. Más bien debemos sacrificar nuestra vida por amor a Cristo, perdiendo nuestra vida en este mundo por amor de él. Debemos tener un solo tesoro, y este, en el cielo, porque donde está nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón (Mt 6, 19-21). Debemos vivir una vida de austeridad y simplicidad, renunciando a los deleites mundanos. Así, y sólo así, serviremos a un solo Señor, y no a dos señores, porque no podemos servir a Dios y también a las riquezas y placeres del mundo (Mt 6, 24). Si queremos poseer el reino de Dios, tenemos que renunciar a todo lo de este mundo como lo hizo el que descubrió el tesoro escondido. Tuvo que vender todo lo que tenía para obtener el tesoro, que es el reino de Dios (Mt 13, 44). El reino de Dios, que queremos, es una perla preciosa que sólo se obtiene al precio de todo lo demás (Mt 13, 45-46). “Así, pues —dijo Jesús—, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33). San Pablo dice lo mismo. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo —dice—, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mirada en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3, 1-2). Acerca de sí mismo dijo que fue muerto al mundo, crucificado al mundo, por el amor de Cristo. “Pero lejos esté de mí gloriarme —dijo—, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo” (Gal 6, 14).

Esta es la pobreza evangélica proclamada por Jesucristo en las bienaventuranzas. Esto es vivir sólo para Dios con todo el corazón, sin división. Este es el primer mandamiento de Jesús, de amar a Dios con todo el corazón, y toda el alma, y toda la mente, y todas nuestras fuerzas (Mc 12, 30). Esto es vivir una vida sencilla y austera por amor a Jesús, porque “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gal 5, 24).

Los que ignoran estos consejos son como un camello tratando de pasar por el ojo de una aguja (Mt 19, 23-24). Ellos son malditos porque ya han tenido su consuelo. “… ¡ay de vosotros, ricos! —dijo Jesús— porque ya tenéis vuestro consuelo” (Lc 6, 24). ¿Dónde ya han tenido su consuelo? En los deleites y placeres de este mundo, y así han dividido su corazón. Abraham dijo lo mismo al rico epulón que “hacía cada día banquete con esplendidez” (Lc 16, 19). Desde el paraíso le dijo: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lc 16, 25). Este rico recibió su consuelo en los placeres de este mundo. Debemos evitar esto. Es mejor vivir una vida de perfección, una vida en que dejamos todo lo de este mundo, para hallar nuestra alegría sólo en Dios, no dividiendo nuestro corazón con los placeres del mundo. Por eso Jesús dijo al joven rico: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mt 19, 21). De verdad, los primeros de este mundo serán los últimos en el reino de Dios, mientras que los que se hacen los últimos en este mundo por amor a Cristo, serán los primeros en el reino de Dios (Mt 19, 30). Debemos perder todo por Cristo y tenerlo por basura, para ganar a Cristo (Fil 3, 8). “… cuantas cosas eran para mí ganancia —dijo san Pablo—, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (Fil 3, 7).

“Bienaventurados los que ahora tenéis hambre —dijo Jesús—, porque seréis saciados” (Lc 6, 21), pero “¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre” (Lc 6, 25). Vemos aquí, pues, esbozada toda esta enseñanza. Benditos vosotros los pobres, dice, vuestro es el reino de Dios (Lc 6, 20). Benditos los que ponen esto en práctica y viven así una vida sencilla y austera por amor de Dios, para amarlo con todo su corazón, con un corazón sin división por los placeres de este mundo. Ellos tendrán un corazón indiviso, no dividido en su amor por Dios, y de ellos es el reino de Dios ahora en esta vida y después.


THE SCORN OF THE WORLD
P. Steven Scherrer

 

THE SCORN OF THE WORLD

Fr. Steven Scherrer

Homily of Saturday, 2nd Week of the Year, January 23, 2010
2 Sam 1:1-4,11-12,17,19,23-27; Ps 79; Mk 3:20-21

“Then he went home; and the crowd came together again, so that they could not even eat. And when his friends heard it, they went out to seize him, for they said, He is beside himself” (Mk 3:20-21).
Often it seems to the world that true Christians are beside themselves. To the world, they seem to be crazy. How many times did people say that Jesus had a demon (Mk 3:22; Jn 10:20; 7:20; 8:48,52)? After hearing St. Paul’s defense, the governor “Festus said with a loud voice, Paul, you are mad; your great learning is turning you mad” (Acts 26:24). It is the same even in the Old Testament. At the last judgment when the wicked will see the just man in glory, they will say, “This is the man whom we once held in derision and made a byword of reproach—we fools! We thought that his life was madness and that his end was without honor” (Wisdom 5:4).
Why is this the case? It is because the true Christian does not love the world in its worldliness and does not imitate its ways. He preaches to the world to save it, but he renounces its pleasures in order not to divide his heart. “Do not love the world, or the things in the world,” says St. John. “If any one loves the world, love for the Father is not in him” (1 Jn 2:15). “If you have been raised with Christ,” says St. Paul, “seek the things that are above, where Christ is, seated at the right hand of God. Set your minds on things that are above, not on things that are on earth” (Col 3:1-2). A true Christian distances himself from worldly ways. He rejects the broad and comfortable way of the world, the way of the many, the way of perdition; and chooses instead the difficult way and the narrow gate of the few, the way of life (Mt 7:13-14). But to those that are on the broad way of the world and its delights, those that are taking the difficult and narrow way of life seem to be crazy, beside themselves. If those on the broad path think that theirs is the correct path, then they will naturally think that the few that have rejected their path are crazy. But they are mistaken.
The way of the few is the way of renunciation of the unnecessary pleasures of the world in order to have an undivided heart in their love for God. This is the way of life which few choose (Mt 7:13-14). Even in the Old Testament, those who fasted an lived an austere life were the laughingstock of the rest. “When I humbled my soul with fasting,” says the psalmist, “it became my reproach. When I made sackcloth my clothing, I became a byword to them. I am the talk of those who sit in the gate, and the drunkards make songs about me” (Ps 68:10-12).
The Christian also trusts completely in Jesus Christ for his salvation and new life in the light. For the world that does not believe in Christ, this also is madness. To the world that lives only for things that are seen, only for the sensible pleasures of this present life, a life of faith seems like madness. The true Christian must, therefore, put up with the scorn of the world. This is the cross he must bear.


EL MENSAJE BÁSICO EVANGÉLICO
P. Steven Scherrer

 

EL MENSAJE BÁSICO EVANGÉLICO

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 2ª semana del año, 22 de enero de 2010
1 Sam 24, 3-21, Sal 56, Mc 3, 13-19

“Después de esto se turbó el corazón de David, porque había cortado la orilla del manto de Saúl” (1 Sam 24, 5).

David y sus hombres estaban escondidos en una cueva cuando el rey Saúl entró esta misma cueva para hacer sus necesidades. David pudo haberlo matado, pero sólo cortó secretamente la orilla de su manto. Sin embargo, aun esto le remordió su conciencia, porque Saúl era el rey de Israel, el ungido del Señor; y dijo: “El Señor me guarde de hacer tal cosa contra mi Señor, el ungido del Señor, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido del Señor” (1 Sam 24, 6).

Jesús es el Cristo; es decir, el ungido del Señor, el nuevo David, el Mesías, el sucesor prometido de David, que cumplirá todas las promesas de Dios y traerá un reino de paz universal sobre toda la tierra. “Florecerá en sus días justicia y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal 71, 7-8). Él será el Príncipe de Paz (Is 9, 6), y “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Is 9, 7). “… y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

Hoy Jesucristo, el nuevo David, el Mesías, “estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios” (Mc 3, 14-15). Vemos que escogió a doce, simbolizando las doce tribus del Nuevo Israel, el pueblo escatológico de los tiempos mesiánicos. El reino de Dios ha venido a la tierra en él. Ahora es el tiempo mesiánico del Nuevo Israel, del reino del cielo en la tierra.

Lo que los doce deben hacer es primariamente estar con Jesús y ser enviados por él para predicar el kerigma; es decir, el mensaje básico cristiano, que Jesús es el Cristo, el Mesías, y que por medio de su muerte y resurrección somos salvos de nuestros pecados. Este es el mensaje fundamental del Nuevo Testamento y del evangelio, que los doce y sus sucesores predicarán hasta la parusía de Jesucristo en gloria en las nubes del cielo. Nunca podemos dejar de predicar y proclamar este kerigma básico cristiano, el mensaje de la salvación de nuestros pecados por la muerte de Cristo en la cruz, y la nueva vida que él nos da en su resurrección. Si no predicamos esto, todavía no hemos empezado a predicar el evangelio. Los apóstoles, además, harán los signos de la llegada del reino de Dios en tierra; es decir, sanarán enfermedades y echarán fuera demonios.


LA RESTAURACIÓN DEL FAVOR DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

LA RESTAURACIÓN DEL FAVOR DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 2ª semana del año, 21 de enero de 2010
1 Sam 18, 6-9, 19, 1-7, Sal 55, Mc 3, 7-12

“Mas Saúl estaba temeroso de David, por cuanto el Señor estaba con él, y se había apartado de Saúl” (1 Sam 18, 12).

Vemos un gran contraste hoy entre el rey Saúl y David, su servidor. El Señor se ha apartado de Saúl, porque desobedeció su voluntad al no destruir a Amalec como le mandó Samuel. Samuel le dijo: “Por cuanto tú desechaste la palabra del Señor, él también te ha desechado para que no seas rey … El Señor ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú” (1 Sam 15, 23.28). Entonces, por su desobediencia, “El Espíritu del Señor se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte del Señor” (1 Sam 16, 14). Al mismo tiempo, “desde aquel día en adelante el Espíritu del Señor vino sobre David” (1 Sam 16, 13). Saúl supo que el Señor estaba ahora con David, que se ha apartado de Saúl, y que él fue atormentado por un espíritu malo de parte del Señor. David tocó el arpa delante de Saúl para que cuando el espíritu malo estaba sobre Saúl, tuviera alivio (1 Sam 16, 15-16). Pero aun así, tres veces sucedió que “el espíritu malo de parte del Señor vino sobre Saúl; y estando en su casa tenía una lanza a mano, mientras David estaba tocando. Y Saúl procuró enclavar a David con la lanza a la pared” (1 Sam 19, 9-10; ver 18, 10-11).

¡Qué importante, pues, es obedecer a Dios y evitar el gran pecado de la desobediencia a la voluntad de Dios! Vemos que por su desobediencia, Dios se apartó de Saúl, y él cayó en tristeza y depresión, atormentado por un espíritu malo, que Dios le envió como castigo por su desobediencia y por no abdicar el reino. David, al contrario, vivía en la presencia de Dios, y el Señor estaba con él. Aun cuando estaba en gran peligro, peleando contra Goliat y los filisteos, y después con Saúl, David estaba feliz en su corazón, porque el Espíritu del Señor estaba con él. Esto marca la diferencia entre la felicidad y la depresión. David estaba feliz, mientras que Saúl estaba atormentado.

Para estar feliz, tenemos que estar con Dios; y para estar con Dios, tenemos que obedecerlo. Entonces él estará con nosotros. Si perdemos nuestra paz y felicidad al desobedecer a Dios en algo; es decir, al pecar o al caer en una imperfección que nos roba la paz, debemos arrepentirnos y cambiar nuestro comportamiento. Debemos acudir a Jesucristo y recibir de él, por los méritos de su muerte en la cruz, el perdón definitivo de Dios y el Espíritu de Dios resplandeciendo otra vez en nuestro corazón, y así ser como David, y no como Saúl. Es por eso que Cristo nos dio el sacramento de penitencia, para canalizar personal e individualmente a nosotros los méritos de su muerte, por los cuales él absorbió la ira de Dios contra nosotros por nuestros pecados o imperfecciones, que nos atormentan, para que estemos absueltos sacramentalmente de nuestro pecado, para andar otra vez en la luz y favor de Dios, como David.


LIBERTAD PARA LOS OPRIMIDOS
P. Steven Scherrer

 

LIBERTAD PARA LOS OPRIMIDOS

P. Steven Scherrer

Homilía del 3 domingo del año, 24 de enero de 2010
Neh 8, 2-4.5-6.8-10, Sal 18, 1 Cor 12, 12-30, Lc 1, 1-4, 4, 14-21

“Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc 4, 21).

Estas son las primeras palabras adultas de Jesús en el evangelio de san Lucas. Y él habla del cumplimiento en sí mismo de la esperanza del Antiguo Testamento, de las profecías mesiánicas. La profecía particular a la cual él se refiere hoy es: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a predicar el año agradable del Señor” (Lc 4, 18-19; Is 61, 1). Jesús dice aquí que es el que hace estas cosas. Es el que tiene buenas nuevas para los pobres, nuevas de salvación. De todo lo que los oprime, él vino para salvarlos; pero sobre todo para salvarlos de sus pecados.

El pecado es nuestro problema más grande. Nada nos oprime más que nuestros pecados. Sólo Dios puede salvarnos de esta gran opresión y tristeza. Sólo Dios es el remedio, la medicina para curarnos de esta enfermedad del espíritu. El evangelio revela que es por medio de Jesucristo que Dios perdona nuestros pecados. Sólo por medio de los méritos de su muerte vicaria, propiciatoria, y sacrificial en la cruz hay perdón de los pecados. La cruz es el único remedio para esta enfermedad que deprime el espíritu humano, el único remedio que nos da alivio.

Aun para los que vivían antes del nacimiento de Jesucristo en el mundo, Dios perdonó sus pecados por medio de los méritos de la muerte de su Hijo en la cruz por la fe de ellos en el que iba a venir. Y ahora, pues, tenemos el cumplimiento de la salvación de Dios delante de nosotros, Jesús de Nazaret, leyendo hoy las profecías sobre sí mismo, y diciéndonos abiertamente que él es el que ha de venir, el cumplimiento de la salvación de Dios, por lo cual los judíos esperaban tanto tiempo. “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”, dice (Lc 4, 21).

Este “hoy” del evangelio es nuestro “hoy” también. Hoy estas profecías se han cumplido para nosotros, y en Jesucristo oímos la buena nueva de nuestra salvación y nueva vida en él. Aunque seguimos plagados por el pecado y las imperfecciones, que nos deprimen, seguimos también con el remedio de Dios, que siempre nos cura de nuevo de esta maldad. Para un cristiano que está creciendo en su fe y en la santidad, sus imperfecciones son cada vez más pequeñas y aun no son reconocidas ni siquiera como imperfecciones por el mundo, pero aun así, el verdadero cristiano está entristecido por ellas, y necesita el remedio proveído para ellas en Jesucristo.

En Cristo, pues, hay buenas nuevas para nosotros, los pobres en espíritu. En él, hay libertad de esta cautividad. Él nos desata (Mt 18, 18), y nos deja ir libres en la bella libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21). Él nos da una vida nueva, y nos hace una nueva creación (2 Cor 5, 17; Gal 6, 15; Apc 21, 5), justificándonos verdaderamente. Él mismo resplandece en nuestros corazones (2 Cor 4, 6), para que andemos en su luz (Jn 8, 12), iluminados por dentro por él. Él nos llena de alegría nueva y nos reviste de un manto de justicia (Is 61, 10). Él cambia nuestro desierto en manantiales de agua, y da en ello cedros, acacias, olivos, cipreses, y pinos, como profetizó Isaías (Is 41, 18-19). En Cristo, Dios da a los pobres en espíritu que acuden a él con fe “aguas en el desierto, ríos en la soledad, para que beba mi pueblo” (Is 43, 20). En Jesucristo “Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecrá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la hermosura del Dios nuestro” (Is 35, 1-2).

Cristo da vista a los ciegos. Él abre los ojos de nuestro espíritu para ver su gloria dentro de nosotros. Sin él, estamos en tinieblas y tristeza, cegados por la culpabilidad y agobiados del peso de nuestros pecados e imperfecciones. Pero viniendo a él, sobre todo en el sacramento de reconciliación, que él nos dejó, él sana esta ceguera y hace resplandecer de nuevo la luz de Dios en nuestro corazón. Él, pues, cumple las profecías y empieza en el mundo la edad mesiánica, en que vivimos ahora. El reino de Dios, tan largamente esperado por los judíos, al fin ha llegado en él, y podemos entrarlo y vivir en ello por la fe en él.

Cristo pone en libertad a los oprimidos. Él nos da una vida verdaderamente nueva. Empezamos de nuevo por medio de él. Nos borra de nuevo nuestras imperfecciones, y nos regocija con su presencia en nosotros y con el don de su justicia, con que él nos justifica.

Este es el año agradable del Señor, que predicó Jesús, un tiempo de júbilo, el año del jubileo, de restauración. Cristo nos restaura a nuestro primer estado de inocencia, venciendo al pecado y a Satanás. En Cristo, Satanás cae del cielo como un rayo (Lc 10, 18), y está atado por el hombre más fuerte (Mc 3, 27), para que vivamos en este año de júbilo, el año agradable del Señor, que pregonó Jesucristo.


CÓMO TENER UN TESTIMONIO EFECTIVO
P. Steven Scherrer

 

CÓMO TENER UN TESTIMONIO EFECTIVO

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 2ª semana del año, 18 de enero de 2010
1 Sam 15, 16-23, Sal 49, Mc 2, 18-22

“Y Samuel dijo: ¿Se complace el Señor tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras del Señor? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Sam 15, 22).

Hoy oímos de la importancia de hacer la voluntad de Dios. La desobediencia destruye nuestra relación con Dios y destruye nuestra paz. Cristo vino para vencer a Satanás y su influjo sobre nosotros, y para renovarnos en la gracia y el esplendor de Dios, restaurándonos a una vida de alegría y obediencia. Así, pues, redimidos por Cristo, restaurados al esplendor de Dios, y viviendo en su reino de paz celestial, tenemos que hacer más que sólo llamarnos cristianos y más que sólo ofrecer sacrificios, y más aún que sólo ofrecer el sacrificio de la Misa. Necesitamos también la disposición interior de hacer la voluntad de Dios, y tenemos que hacerla prácticamente en nuestra vida. El practicar sólo el rito de ofrecer sacrificio sin esta intención interior de hacer la voluntad de Dios y sin la obediencia actual no agrada a Dios, como los sacrificios de Saúl no agradaron a Dios, porque le faltaba la obediencia a la voluntad de Dios.

Si somos sacerdotes o religiosos, por ejemplo, debemos vivir de acuerdo con nuestro estado de vida, viviendo una vida de oración y renuncia al mundo en su mundanalidad. Debemos ser más bien una presencia transformadora en el mundo, viviendo sólo para Dios en todo lo que hacemos, en toda nuestra manera de vivir. Entonces nuestro testimonio —el testimonio de nuestra vida y manera de vivir— hará una diferencia en el mundo. Ayer vimos el ejemplo de san Antonio de Egipto y el impacto tremendo que él tuvo en su tiempo y después. Él vivía fielmente según su vocación, y por eso influyó mucho en el mundo. Fue obediente a la voluntad de Dios, y su vida sencilla de oración y ayuno en el desierto tuvo un impacto tremendo sobre el mundo entero.

Continuando con nuestro ejemplo, la vida de un sacerdote o religioso puede tener un influjo importante en el mundo si él es obediente y fiel, comportándose, vistiéndose, comiendo, y viviendo en general de una manera coherente con la voluntad de Dios. En el evangelio de hoy tenemos el ejemplo del ayuno, que Jesús dice que sus seguidores practicarán después del tiempo de su propio ministerio. El ayuno quiere decir vivir sólo para Dios, no en la glotonería, no buscando los placeres innecesarios del mundo, sino viviendo con simplicidad y un corazón indiviso en nuestro amor por Dios en todo lo que hacemos, en toda nuestra manera de vivir. Si no somos obedientes y coherentes en cosas tan básicas y fundamentales como cómo comemos y cómo nos vestimos, debilitamos mucho nuestro testimonio en el mundo y nuestro impacto sobre los demás. Tenemos que tener, pues, un corazón y una vida obedientes, coherentes, y fieles, y no sólo practicar un rito externo de ofrecer sacrificio.


LOS PRINCIPIOS BÁSICOS DE LA ESPIRITUALIDAD
P. Steven Scherrer

 

LOS PRINCIPIOS BÁSICOS
DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 1ª semana del año, 16 de enero de 2010
1 Sam 9, 1-4.10.17-19, 10, 1, Sal 20, Mc 2, 13-17

“Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió” (Mc 2, 14).

Ahora es la hora del reino de Dios. Lo que los judíos han esperado por tanto tiempo, al fin llegó, y la respuesta apropiada es arrepentirse, dejarlo todo, y seguir a Jesucristo. Esta es la respuesta que él esperó y recibió de sus primeros discípulos. San Lucas dice que Jesús llamó a Leví, diciéndole: “Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió” (Lc 5, 27-28). Esta era la misma respuesta que dieron Simón, Santiago, y Juan. Jesús le dijo a Pedro: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5, 10-11). Respondieron con todo su corazón y vida, dejando todo lo demás para el reino de Dios, que ha venido al mundo en Jesucristo. Desde entonces en adelante, vivirán sólo para el reino de Dios, sólo para Dios con todo su corazón, con un corazón indiviso. Amarán a Dios con todo su corazón (Mc 12, 30), y Cristo y su reino serán su único tesoro (Mt 6, 19-21), su único Señor (Mt 6, 24). Han escogido la puerta angosta de la vida (Mt 7, 13-14). Están buscando ahora las cosas de arriba, y no más los placeres del mundo (Col 3, 1-2). Han hallado un tesoro escondido y una perla preciosa, y para obtener los cuales han vendido todo lo demás (Mt 13, 44-46). En adelante perderán y aborrecerán su vida en este mundo por causa de Cristo (Mc 8, 35; Jn 12, 25).

Este es el tipo de respuesta que Jesús quiere ver en nosotros también. Debemos vivir sólo para él y hallar nuestra alegría sólo en él en este mundo, sin dividir nuestro corazón entre otros placeres mundanos e innecesarios, incluyendo los deleites de la mesa. Debemos poder decir con el salmista: “Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti … se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios. No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres. El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa” (Sal 15, 2.4-5). El Invitatorio del viernes de la cuarta semana debe ser nuestra lema: “Venid, alabemos al Señor; en él está todo nuestro deleite”.

Cuanto más dividimos nuestro corazón entre los deleites innecesarios del mundo, tanto menos energía afectiva tenemos para Dios. Somos así dispersos, divididos, y nuestro amor para Dios es débil. Más bien debemos amar a Dios con todo el corazón, alma, mente, y fuerzas (Mc 12, 30), sin división de corazón entre los deleites innecesarios del mundo. Esto es tener sólo un Señor (Mt 6, 24), sólo un tesoro (Mt 6, 19-21). Esto es dejarlo todo por él (Lc 5, 11.28; 14, 33). Esto es perder y aborrecer nuestra vida en este mundo por causa de Cristo (Mc 8, 35; Jn 12, 25).

Esta es la respuesta auténtica al llamado de Jesús, a la llegada del reino de Dios a la tierra en él, y estos son los principios básicos de la espiritualidad cristiana. Este es el camino de los santos, el camino difícil de la vida (Mt 7, 13-14). Esta es la vida según el Espíritu, y no según la carne (Rom 8, 5-8.13; Gal 5, 24.16-17; 6, 8). Esto es ser crucificado con Cristo al mundo (Gal 6, 14).


LA ALEGRÍA DEL PERDÓN DE LOS PECADOS
P. Steven Scherrer

 

LA ALEGRÍA DEL PERDÓN DE LOS PECADOS

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 1ª semana del año, 15 de enero de 2010
1 Sam 8, 4-7.10-22, Sal 88, Mc 2, 1-12

“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 5).

Jesucristo es el Hijo del Hombre, un ser preexistente que vivía en gloria con Dios (Dan 7, 13-14) y ahora está presente en la tierra, predicando la salvación y el llegado del reino del cielo en la tierra. Hoy él muestra que “el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Mc 2, 10). Lo que uno necesita para ser perdonado es la fe en él. Así, pues, Jesús perdonó al paralítico porque vio la fe de él y de los cuatro que lo cargaron y bajaron por el techo. Para probar que sus pecados fueron perdonados, Jesús lo curó de su parálisis. Si pudo hacer esto, que era más difícil y pudo ser verificado, seguramente tenía poder también para perdonar sus pecados como afirmó.

Sólo Dios puede perdonar pecados. Por eso esta acción era una manifestación velada de su divinidad. Jesús tenía este poder en la tierra, y lo dio a su Iglesia para que sus apóstoles y sus sucesores pudieran perdonar pecados en el nombre de Jesús. Les prometió este poder cuando dijo: “todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mt 18, 18). Y les dio este poder cuando, después de la resurrección, “sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos” (Jn 20, 22-23).

Isaías profetizó que en los días del Mesías, en el tiempo del banquete mesiánico, “enjugará el Señor Dios toda lágrima de todos los rostros” (Is 25, 8). Esto quiere decir que en los días mesiánicos, Dios perdonará todos nuestros pecados; porque sin el perdón de pecados el corazón humano no puede regocijarse. Al perdonar los pecados del paralítico, Jesús indica que él es el Mesías, trayendo la paz y la alegría del reino de Dios a la tierra. El día, pues, ha llegado “cuando el Señor de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados … y enjugará el Señor Dios toda lágrima de todos los rostros” (Is 25, 6.8).

Vivimos en el reino mesiánico ahora. El Mesías está con nosotros. En él, tenemos el perdón de nuestros pecados y la paz celestial del reino de Dios en la tierra. El poder de Jesús de perdonar pecados continúa en el sacramento de penitencia. Él ha dado a los hombres el poder en la tierra de perdonar pecados, así librándonos de la tristeza, la depresión, y el dolor de corazón que vienen de la culpabilidad, que es nuestro sufrimiento más grande.

Es por los méritos de su muerte en la cruz que tenemos este perdón; porque en la cruz, él sufrió toda esta pena y alienación del Padre por nosotros, para librarnos de este sufrimiento. Este perdón es la fuente de la alegría del reino de Dios, en que podemos vivir ahora por nuestra fe en Jesucristo. Es la gran alegría de tener nuestros pecados perdonados y vivir en la paz del reino del cielo en la tierra. El reino de Dios, pues, que será consumado en esplendor en el último día está presente con nosotros ahora en medio de la historia, en medio de este mundo viejo y esta edad vieja, renovando todas las cosas.


EL DEBER DEL ATALAYA PARA EL PUEBLO
P. Steven Scherrer

 

EL DEBER DEL ATALAYA PARA EL PUEBLO

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 1ª semana del año, 14 de enero de 2010
1 Sam 4, 1-11, Sal 43, Mc 1, 40-45

“Y el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees” (1 Sam 4, 11).

Israel fue vencido en una batalla contra los filisteos, treinta mil hombres de Israel cayeron, el arca de Dios fue tomada, y sus dos sacerdotes, los hijos de Elí, fueron muertos. Cuando Elí oyó esta nueva, cayó atrás y murió también. Esto aconteció en cumplimiento de la profecía del varón de Dios, que vino a Elí y le dijo que Dios lo castigará por los pecados de sus dos hijos, sacerdotes de Silo, que no guardaban la ley de Dios, menospreciaban las ofrendas al Señor (1 Sam 2, 27-34), y aun “dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión” (1 Sam 2, 22). Esta derrota de Israel y la pérdida del arca fueron el castigo de Dios “por la iniquidad que él [Elí] sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” (1 Sam 3, 13). Elí no hizo nada malo él mismo. Su falta era que no estorbó a sus dos hijos, que eran sacerdotes pero no vivían de una manera digna del sacerdocio. Él debería haberlos estorbado; pero porque los dejó así, libres; todo Israel fue castigado, y el arca de Dios cautivada.

Hay, creo, una enseñanza aquí para nosotros también. No debemos pensar que hemos hecho todo lo que Dios quiere de nosotros si sólo evitamos pecar. Si hay pecado y un estilo mundano de vivir alrededor de nosotros, y no decimos ni hacemos nada para rectificar esta situación; nosotros mismos tenemos falta, y todo el pueblo de Dios será castigado, porque nosotros no hubiéramos dicho ni hecho nada para mejorar el comportamiento del pueblo. Somos el atalaya para el pueblo de Dios, como lo fue Ezequiel, y “si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del atalaya” (Ez 33, 6).

Así, pues, tenemos una responsabilidad de advertir al pueblo del error de su camino, para el bien de toda la Iglesia. ¿Cuántas personas alrededor de nosotros, por ejemplo, viven como nunca hubieran oído de los principios básicos de la espiritualidad cristiana, viviendo una vida mundana de placer, ignorando completamente la importancia de la pobreza evangélica, la simplicidad, la austeridad, el sacrificio, y el ayuno? Han olvidado que “todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará (Mc 8, 35). ¿Cuántos pierden su vida en este mundo por causa de Cristo? Son ellos los que salvarán su vida. ¿Cuántos tratan de tener un corazón indiviso en su amor por Dios, no dividiendo su corazón entre los deleites innecesarios de este mundo?

Y si vemos este error alrededor de nosotros, ¿qué hacemos para rectificarlo? ¿Qué tipo de ejemplo y testimonio damos nosotros? ¿Qué tipo de vida vivimos nosotros? ¿Y cuáles son las palabras que predicamos a ellos? ¿Somos como Elí al no hacer nada, o como Ezequiel al ser el atalaya para el pueblo?


EL ESPLENDOR DE NUESTRO MESÍAS Y SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

UNA EPIFANÍA
DEL ESPLENDOR DE NUESTRO MESÍAS Y SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del 2º domingo del año, 17 de enero de 2010
Is 62, 1-5, Sal 95, 1 Cor 12, 4-11, Jn 2, 1-11

“Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 11).

Hoy es una continuación del misterio de la Epifanía de nuestro Señor Jesucristo. Las tres partes de este misterio de la manifestación inicial de su gloria son: la adoración de los magos, conducidos por una estrella milagrosa; su bautismo en el Jordán con la voz del Padre viniendo del cielo y el descenso del Espíritu Santo sobre él como paloma; y las bodas de Caná con la transformación de agua en vino.

Esta tercera manifestación de su gloria es llena de esplendor, porque el vino en gran abundancia, como lo tenemos aquí, es un símbolo de la restauración del paraíso en el último día, un símbolo de la presencia del eschaton, de la nueva edad. El profeta Amós dijo: “He aquí vienen días, dice el Señor, en que el que ara alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleve la simiente; y los montes destilarán mosto, y todos los collados se derretirán” (Amós 9, 13). Esta señal de cambiar agua en vino para las bodas de Caná fue una manifestación de su gloria, una epifanía del esplendor que él vino a traer al mundo.

Las bodas también son un símbolo de los tiempos mesiánicos cuando el Señor se casará con su pueblo y se gozará sobre ella como un esposo se alegra con su esposa. En los días mesiánicos, dice Isaías, “como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios” (Is 62, 5 BJ).

El mismo Jesucristo es además el esposo. “¿Acaso —dijo Jesús— pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo el esposo, no pueden ayunar” (Mc 2, 19). Jesús no ayunó durante su ministerio —después de ayunar cuarenta días en el desierto— porque él era el Mesías, el esposo, y los días su ministerio eran sus bodas con el nuevo Israel. “El que tiene la esposa —dijo Juan el Bautista sobre Jesús—, es el esposo” (Jn 3, 29). El esposo de las bodas escatológicas está presente, y el vino abundante. Las bodas de Caná son, pues, una epifanía de la presencia de la edad nueva del último día.

Por esta epifanía en Caná de Galilea, Jesús muestra que los tiempos mesiánicos han llegado. Ahora es el tiempo de las bodas entre Dios y su pueblo, y ahora los montes destilan mosto, y todos los collados se derritan (Amós 9, 13). Ahora es el tiempo del esplendor mesiánico, de la abundancia del vino, y de la restauración de la paz del paraíso. El eschaton, es decir, la nueva edad, ha venido en Jesucristo. La salvación de los últimos días está aquí para nosotros en él. Este es el tiempo profetizado por Oseas, diciendo: “En aquel tiempo haré para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo y con las serpientes de la tierra; y quitaré de la tierra arco y espada y guerra, y te haré dormir segura. Y te desposaré conmigo para siempre” (Os 2, 18-19). Así son los tiempos que Jesucristo nos trajo. Somos invitados, pues, a vivir en el esplendor de Jesucristo en estos días mesiánicos, estos días de cumplimiento. Esto, pues, es lo que quiere decir ser un cristiano. Jesucristo nos libra de los demonios que nos atacan, y nos encumbra para ser partícipes de su gloria y gozarnos de los montes que destilan mosto.

Isaías describe hoy nuestros días de gloria con el Mesías presente entre nosotros. Nuestra justicia —dice— saldrá como resplandor, y nuestra salvación se encenderá como una antorcha (Is 62, 1). “Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria” (Is, 62 2). Nuestra luz ha venido, Dios se hizo hombre y vive en la tierra con nosotros, como uno de nosotros, nuestros pecados son expiados, y nuestra culpabilidad quitada por el sacrificio del Hijo de Dios en la cruz, el sacrificio perfecto, la consumación de todos los sacrificios desde la fundación del mundo, el único sacrificio que une al hombre con Dios y hace reparación perfecta por todo pecado. Así somos restaurados a nuestra inocencia original. Él trae el reino del cielo a la tierra, con su don de paz universal. Este es el misterio que empezamos a vivir ahora en Jesucristo, un misterio que será consumado en el nuevo mundo que comienza en el último día.

Verán, pues, las gentes nuestra justicia y nuestra gloria, en que estamos justificados y hechos una nueva creación en Jesucristo (2 Cor 5, 17). “Y serás corona de gloria en la mano del Señor —dice Isaías hoy—, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo” (Is 62, 3). Así es la gloria en que Dios nos invita a vivir ahora en su Hijo. Es la salvación y el perdón que él quiere darnos. Dios responde a nuestras oraciones y nos salva de las tinieblas y de la opresión. Él vence a Satanás y destruye su poder sobre nosotros cuando lo pedimos con fe en el nombre de Jesucristo. Así, pues, “Nunca más te llamarán Desamparada —dice Isaías hoy—, ni tu tierra se dirá más Desolada … porque el amor del Señor estará en ti, y tu tierra será desposada” (Is 62, 4).

El cántico de Ana es muy apropiado en la boca de un cristiano: “Mi corazón se regocija en el Señor —dice—, mi poder se exalta en el Señor … no hay refugio como el Dios nuestro … los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder … Él levanta del polvo al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor … Él guarda los pies de su santos, mas los impíos perecen en tinieblas” (1 Sam 2, 1.2.4.8.9).

Nos regocijamos hoy, pues, en la epifanía del esplendor de nuestro Mesías y Señor.


EL REINO DE DIOS SE HA ACERCADO
P. Steven Scherrer

 

EL REINO DE DIOS SE HA ACERCADO

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 1ª semana del año, 11 de enero de 2010
1 Sam 1, 1-8, Sal 115, Mc 1, 14-20

“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mc 1, 14-15).

Hoy Jesús empieza a predicar la buena nueva de que el reino de Dios—tan esperado y anhelado por los judíos, que creían que iba a venir en el último día—ya ha llegado, ya se ha acercado a ellos en él mismo. Esto era algo verdaderamente nuevo. Los judíos sabían y ya creían que el reino de Dios estaba cerca, pero ahora, después de que el precursor, Juan, había sido encarcelado, indicando que el tiempo de preparación ha terminado, Jesús predica que “El tiempo se ha cumplido” y el reino del cielo ya está presente, que se ha acercado a ellos en el sentido de que ya ha llegado. El tiempo de preparación está cumplido. En Nazaret predicó, diciendo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc 4, 21). Era la Escritura que él acabó de leerles, de que “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres” y libertad a los cautivos (Is 61, 1).

El tiempo después del ministerio de Juan el Bautista era el tiempo del reino de Dios según lo que Jesús dijo, diciendo: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado” (Lc 16, 16). Una nueva época de la historia de la salvación empieza después de Juan. Por eso Jesús pudo decir: “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él” (Mt 11, 11). Tan grande son las bendiciones del reino de Dios que aun el más pequeño en el reino es más grande que un profeta tan grande como Juan, que vivía antes del reino de Dios y sólo preparaba para ello.

Ahora, pues, lo que se debe hacer es arrepentirse y creer en esta buena nueva, en este evangelio, que Jesús está predicando y llevando a cabo. En Jesucristo el reino está llegando, pecados son perdonados, demonios expulsados, muertos resucitados, y los pobres oyen la buena nueva del llegado en la tierra del reino de los cielos (Mt 11, 5).

El reino de Dios es un bien de la nueva edad, que comienza después del fin del mundo actual, y el reino no será cumplido hasta la parusía de Jesucristo, pero se nos ha acercado en Jesús y está con nosotros también si creemos en él. Podemos entrarlo ahora y vivir en ello en paz con Dios, perdonados de nuestros pecados, y en paz con los demás, aunque todavía vivimos en la vieja edad del mundo presente. Los creyentes viven en dos edades, pero es la nueva edad que está transformado la vieja. Debe ser nuestro empeño ahora vivir en el reino del cielo en la tierra, en paz con Dios y en paz con nuestro prójimo. Y debemos dejar todo lo demás para vivir sólo para Dios y este reino, como hicieron los primeros discípulos, dejando sus redes, su barca, y su padre para seguir a Jesús. Él nos llama a ser pescadores de hombres, hijos del reino de Dios, personas llenas de las bendiciones del reino y de su paz, que viven ahora sólo para Dios y la expansión de su reino en el mundo.


DE SU PLENITUD TOMAMOS TODOS
P. Steven Scherrer

 

DE SU PLENITUD TOMAMOS TODOS

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado después de Epifanía, 9 de enero de 2010
1 Jn 5, 14-21, Sal 149, Jn 3, 22-30

“Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn 1, 16; Antífona de la Comunión).

Durante todo este tiempo de Navidad, hemos reflexionado sobre esto; es decir, de que “de su plenitud tomamos todos, gracia sobre gracia” (Jn 1, 16). Jesucristo vino para divinizarnos; es decir, llenarnos de divinidad, de luz y paz celestiales. Vino para llenarnos de la vida del mismo Dios, para hacernos hijos adoptivos de Dios en sí mismo, haciéndonos así una nueva creación, nuevas criaturas, hombres nuevos. Él se hizo hombre para hacernos como Dios, partícipes de la naturaleza divina (2 Pd 1, 4). Hizo esto al morir para servir nuestra sentencia de muerte por nosotros, satisfaciendo así la justicia divina a favor de nosotros, justificándonos, perdonándonos, y limpiándonos de toda culpabilidad. Así él nos hizo verdaderamente justos y santos delante de Dios, llenos de luz. Entonces resucitó de la muerte para resplandecer sobre nosotros y dentro de nosotros, iluminándonos por dentro. Podemos, pues, ahora vivir una vida nueva en él y andar de la luz de su resurrección (Jn 8, 12), iluminados por él.

Cristo siempre existía en el seno de su Padre, cubierto de gloria. Vino a nosotros desde esta luz para darnos una participación de su propio esplendor. Así, pues, nació entre nosotros. Asumió nuestra naturaleza y la llenó de divinidad al animarla por su persona divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Al hacer esto, divinizó, en principio, toda carne humana si tan sólo creemos en él e imitamos su vida. Es por nuestro contacto con él —sobre todo por el bautismo, la eucaristía, y la penitencia— que somos progresivamente divinizados y transformados.

Los sacramentos tienen gran importancia para nuestra transformación y santificación. Nuestros pecados son perdonados por el sacramento de la penitencia, que canaliza personal e individualmente los méritos de su muerte para nosotros, y recibimos su divina persona y su divinidad en nuestro cuerpo y alma por medio de la eucaristía. La eucaristía es, además, una gran ayuda para la contemplación; porque después de recibirla, somos unidos física y sacramentalmente con Jesucristo resucitado y glorificado, el único Hijo de Dios. Durante este tiempo después de comunión, podemos contemplar la presencia y gloria de Dios dentro de nosotros y experimentar la dulzura de su vida y amor. Esto es una participación de su divinidad, haciéndonos partícipes de su naturaleza divina (2 Pd 1, 4).

De veras, “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn 1, 16). Recibimos nueva vida de él, y nos calentamos en su esplendor. Hemos meditado sobre todo esto durante este bello tiempo de Navidad, que termina mañana con la fiesta del Bautismo del Señor. Pero durante todo el año, debemos seguir creciendo en esta vida nueva que tenemos en Cristo.


SURGIÓ UNA LUZ EN LAS TINIEBLAS
P. Steven Scherrer

 

SURGIÓ UNA LUZ EN LAS TINIEBLAS

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes después de Epifanía, 8 de enero de 2010
1 Jn 5, 5-13, Sal 147, Lc 5, 12-16

“Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo” (Sal 111, 4; Antífona de Entrada).

Este bello versículo es la antífona del tercer salmo de vísperas de Navidad en el antiguo oficio y se usaba durante el tiempo de Navidad. Los Cartujos la cantan hasta hoy las tardes durante este tiempo; y hoy es la Antífona de Entrada como nos acercamos el fin del tiempo de Navidad. En verdad, en el nacimiento de Jesucristo, “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos”, y el que era esta luz era “clemente, misericordioso y justo”. Cristo era una luz que surgió en la oscuridad de este mundo, y los que tenían fe lo recibieron y lo hallaron clemente, misericordioso, y justo. En efecto, es esta luz que los hizo rectos y justos, pero tenían que ser abiertos y buscando la salvación con una actitud de fe. En este sentido eran rectos, y entonces la luz surgió para ellos en la noche de Belén. Los pastores y los Magos creyeron el mensaje dado a ellos por el ángel o por la estrella y lo siguieron.

Probablemente muchos otros vieron su estrella, pero no la hicieron caso y quizás incluso se burlaban de los Magos por su fe y por el gran viaje que emprendieron a rendir homenaje al rey recién nacido de los judíos. Ellos, pues, fueron los rectos de corazón que vieron al Salvador del mundo y lo adoraron en su nacimiento, dándole sus dones. Una gran luz surgió en las tinieblas para ellos. Recibieron su recompensa.

Los pastores también vinieron con simplicidad y sencillez para ver a Cristo el Señor, acostado en el pesebre como se les había dicho por el ángel, y lo adoraron. Ellos también eran rectos en su simplicidad y fe, y como recompensa fueron partícipes de esta escena bella de Belén, que ha encantado al mundo.

Esta misma luz surge en la noche para nosotros también si somos rectos; y resplandece sobre nosotros, iluminando nuestros corazones. Si tenemos la misma fe de los pastores y los Magos, nosotros también estaremos recompensados y hechos justos y resplandecientes como ellos. Seremos luminares en el mundo para los demás, mostrándoles el camino de la luz y la salvación (Fil 2, 15). Necesitamos la justa misericordia de Dios, que él nos da tan clementemente al enviarnos a su Hijo para morir por nosotros, así cancelando nuestra sentencia de muerte, sufrimiento, y culpabilidad por nuestros pecados, sirviéndola él mismo en vez de nosotros y a favor de nosotros. Esta muerte sacrificial y propiciatoria nos da la paz del cielo, de la cual cantaban los ángeles en su nacimiento. Y su resurrección es también nuestra resurrección para andar en su luz (Jn 8, 12). Si creemos, vivimos en el esplendor de su resurrección, habiendo sido comprados por su muerte de las tinieblas del pecado. De veras, “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos”, y el que es esta luz es “clemente, misericordioso y justo” (Sal 111, 4).


LAS PROFECÍAS SON CUMPLIDAS EN JESUCRISTO
P. Steven Scherrer

 

LAS PROFECÍAS SON CUMPLIDAS EN JESUCRISTO

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves después de Epifanía, 7 de enero de 2010
1 Jn 4, 19-5, 4, Sal 71, Lc 4, 14-22

“Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc 4, 21).

Jesús en la sinagoga de Nazaret anuncia hoy el cumplimiento en sí mismo de la profecía de Isaías, que él acabó de leer: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lc 4, 18-19; Is 61, 1; 58, 6). Isaías profetizó estas bendiciones para el futuro, y hoy Jesús nos asegura que el día de su cumplimiento ha llegado en sí mismo. Él es a quien el Espíritu del Señor ha ungido para predicar y ofrecer buenas nuevas de salvación a los pobres. Él les ofrece una nueva vida de libertad de pecado y del cargo de la culpabilidad, que quebranta el espíritu y oscurece el corazón. Ahora, en él, aun los pobres, que están excluidos de las buenas cosas de este mundo, reciben buenas nuevas de salvación y paz, perdón de sus pecados, y alegría de espíritu. Él es el único Salvador de Dios que puede ofrecer ahora a los hombres estas bendiciones de la salvación del último día. Están ya presentes en él de antemano porque él es el Hijo de Dios encarnado como hombre en este mundo. Estas bendiciones permanecerán siempre en el mundo después de su resurrección y ascensión por medio de sus sacramentos, que él nos dejó. Los sacramentos extienden en el mundo su presencia personal y física, y por ellos podemos tocar a Dios y recibir de él sus beneficios: su perdón de nuestros pecados, y su presencia corporal, sacramentada para nosotros en la eucaristía. Así él comenzó el reino de Dios en el mundo, un reino de paz celestial sobre toda la tierra, un reino universal de paz sin fin, en que los cautivos son librados de las tinieblas, los ciegos ven la belleza de Dios, y los tristes y oprimidos reciben libertad y alivio. Él nos trajo un año sin fin de bendición, un año agradable al Señor.

Es su muerte y resurrección que finalizaron todo esto para nosotros. Habiéndonos comprado de la cautividad del pecado y de la culpabilidad por el precio de su muerte en la cruz en pago de nuestra deuda de sufrimiento —sufriéndola él mismo por nosotros— él resucitó, resplandeciendo sobre nosotros la luz de su gloria para que andemos en su resplandor.

Si hacemos su voluntad, guardando sus mandamientos, permaneceremos en esta luz, que dimana de su resurrección. “Pues este es el amor a Dios —dijo san Juan hoy— que guardemos sus mandamientos” (1 Jn 5, 3). “Si guardareis mis mandamientos —dijo Jesús— permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15, 10). Tenemos que hacer siempre su voluntad para permanecer en su paz y disfrutar de sus bendiciones mesiánicas. Entre sus mandamientos, los más importantes son: amar a Dios con todo nuestro corazón y amar a nuestro prójimo. Además, debemos hacer todo lo que Dios nos dirige a hacer. Así viviremos ahora en el reino del cielo en la tierra en Jesucristo.


TENEMOS QUE NACER DE NUEVO
P. Steven Scherrer

 

TENEMOS QUE NACER DE NUEVO
PARA VER EL REINO DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía para el Bautismo del Señor, domingo, 10 de enero de 2010
Is 40, 1-5.9-11; Sal 103; Tito 2, 11-14; 3, 4-7; Lc 3, 15-16.21-22

“Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lc 3, 21-22).

Hoy es el último día del tiempo de Navidad, este bello tiempo en que nos calentamos en el esplendor de Dios hecho hombre, habitando entre nosotros para traer el reino del cielo a la tierra. Él vino para que seamos iluminados (Jn 8, 12), y llenos de paz celestial (Lc 2, 14), renovados en nuestra mente (Rom 12, 2), y hechos nuevas criaturas (Apc 21, 5), una nueva creación (2 Cor 5, 17), y hombres nuevos (Ef 4, 22-24). El reino de Dios, que Cristo trajo a la tierra, es el reino mesiánico del último día, el reino de la nueva edad, que seguirá después de esta edad presente, el reino de paz celestial sobre toda la tierra, que no tendrá fin (Is 9, 7). Este reino vino ahora de antemano en medio de la historia con el nacimiento de Jesucristo en el mundo.

Hoy celebramos su bautismo, que inauguró nuestro sacramento del bautismo, por el cual podemos nacer de nuevo en Cristo y empezar a vivir ahora la vida nueva del reino del cielo en la tierra. Por el bautismo, somos hechos miembros de la nueva creación y de la nueva edad, que Cristo trajo al mundo. Si fuimos bautizados como niños, tenemos que renovar nuestro bautismo ahora por medio de una fe viviente, activando nuestro bautismo al creer en Jesucristo. Él nos salvó y nos dio este nuevo nacimiento en él con todos nuestros pecados perdonados, con la pena de nuestra culpabilidad eliminada, y con la paz de Dios en nuestros corazones. Esta es la paz celestial del reino de Dios, en que podemos vivir ahora.

Jesucristo es el Hijo amado de Dios, en quien Dios tiene complacencia como dijo la voz del cielo en su bautismo (Lc 3, 22). Esto es una referencia no sólo al segundo salmo (Sal 2, 1), sino también a Isaías 42, 1, que habla del Siervo Doliente del Señor, diciendo: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene complacencia; he puesto mi Espíritu sobre él”. Es precisamente este Siervo Doliente del Señor que “llevó nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores … él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados … el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is 53, 4.5.6).

El bautismo de Jesús fue una epifanía o manifestación de quién él era: el Hijo de Dios, sobre quien reposa el Espíritu Santo, y el Siervo Doliente del Señor, que salvará al mundo por su sufrimiento. Vivimos ahora en el esplendor de esta epifanía de la salvación de nuestro Dios. Es el que pone alegría en nuestros corazones al servir nuestra sentencia de muerte por nosotros. Es él que nos libera de la esclavitud de pecado, comprándonos para Dios con el precio de su sangre derramada en sacrificio por nosotros. Por medio de nuestro bautismo, heredamos todo esto.

Puesto que vivimos ahora en el reino del último día, debemos vivir, pues, de una manera nueva en este mundo. Estamos ahora en Cristo y en el Espíritu. Hemos resucitado con él para buscar ahora las cosas de arriba, y no más las de la tierra (Col 3, 1-2). Debemos andar según el Espíritu, y no según la carne (Rom 8, 7-9). Debemos renunciar a los deseos mundanos (Tito 2, 12), ser crucificados al mundo (Gal 6, 4), y vivir “en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2, 12-13). Así debemos vivir ahora en esta nueva edad en Jesucristo, en el reino de Dios en este mundo, siempre preparándonos más para su última venida en gloria, que toda carne verá juntamente (Is 40, 5). Debemos vivir como en un desierto, preparando camino al Señor, para estar preparados para la última epifanía de la gloria del Señor, que todos verán al mismo tiempo (Is 40, 5).

Para disfrutar de su paz celestial aun ahora, tenemos que renunciar a los deseos mundanos (Tito 2, 12), que dividen nuestro corazón, porque un corazón dividido y distraído apenas puede experimentar la gloria de Dios, porque su energía afectiva está dispersa, y la mente atraída en direcciones diferentes. Esta, pues, es nuestra tarea ahora —prepararnos para su última venida en gloria—. Estos son los montes que tienen que ser bajados y los valles que tienen que ser llenados, hasta que “lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria del Señor, y toda carne juntamente la verá” (Is 40, 4-5).

Es nuestra alegría estar siempre preparándonos así, para “la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2, 13).


VIVIMOS EN ESTA GRAN LUZ
P. Steven Scherrer

 

VIVIMOS EN ESTA GRAN LUZ

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes después de Epifanía, 4 de enero de 2010
1 Jn 3, 22-4, 6, Sal 2, Mt 4, 12-17.23-25

“Un día sagrado ha amanecido para nosotros. Venid, pueblos, y adorad al Señor, porque una gran luz ha descendido sobre la tierra” (Antífona de Entrada).

Hoy Jesucristo, la luz del mundo, entra en Galilea y comienza su ministerio. Vivió “en la región de Zabulón y de Naftalí para cumplir lo que dijo Isaías: “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí … El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció” (Mt 4, 15-16; Is 8, 23-9, 1). Juan estaba ya preso, y por eso el tiempo de preparación era terminado. Ya, pues, es el tiempo del reino del cielo en la tierra; los tiempos mesiánicos ya han comenzado, y Jesús comenzó a predicar, diciendo: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt 4, 17 BJ). Jesús ha comenzado su misión de traer y establecer el reino de los cielos en la tierra. Este reino de Dios está presente en él; y sus curaciones y exorcismos son las señales de su llegado. Así, pues, “recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).

Su predicación del reino de Dios creará su Iglesia, la comunidad de los que creen en él y son salvos por él. Esta comunidad, esta creación del reino de Dios, vive en la luz de Jesucristo. ¿De dónde viene esta luz? Viene, sobre todo, de su muerte y resurrección, porque su muerte fue una muerte vicaria, sacrificial, propiciatoria, y redentora, que tuvo lugar en vez de nuestra muerte. Es decir, todos nosotros que creemos en él morimos en él. Su muerte cuenta como nuestra muerte. Fuimos condenados a una sentencia de muerte por nuestros pecados, y él sirvió nuestra sentencia por nosotros, en vez de nosotros, y en nuestro lugar. Es decir, su muerte vino a ser nuestra muerte. Contó por nuestra muerte. Nosotros morimos, pues, en su muerte, y así nuestra sentencia fue justamente servida. Así, pues, morimos en él: “si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Cor 5, 14). Él sirvió nuestra sentencia de muerte por nosotros, y por eso su muerte fue vicaria (por nosotros). Fue el sacrificio que aplacó la ira justa de Dios y propició a Dios, habiendo satisfecho la ira de un Dios justo contra nuestros pecados. Por eso su muerte fue propiciatoria. Fue el sacrificio que satisfizo la justicia divina a favor de nosotros que creemos en él. Fue cómo Dios aplacó y satisfizo su propia ira. Fue cómo la Santísima Trinidad se propició a sí mismo. Por eso fue también una muerte redentora, pagando el precio para manumitirnos de la esclavitud.

Es por eso que Cristo es una gran luz, librándonos de la ira justa de Dios y justificándonos, haciéndonos justos, poniéndonos en su gran luz, y restaurando el amor de Dios en nuestros corazones. Ahora, pues, podemos vivir en el reino de los cielos en la tierra, hacer su voluntad, y amarnos los unos a los otros como él nos mandó.


CÓMO VIVE UN HIJO DEL REINO DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

CÓMO VIVE UN HIJO DEL REINO DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado antes de la Epifanía, 2 de enero de 2010
1 Jn 2, 22-28, Sal 97, Jn 1, 19-28

“Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías” (Jn 1, 23).

Juan el Bautista fue enviado por Dios a preparar a Israel para la venida de su Mesías. Él vivió en el desierto, y allí hizo sus preparaciones, primero por su manera de vivir, y después por su predicación, llamando al pueblo a arrepentirse de sus pecados y recibir su bautismo.

Nosotros también estamos en un estado de preparación para la venida del Señor Jesucristo en su gloria sobre las nubes del cielo cuando todo ojo lo verá en su majestad. Entonces él juzgará a los vivos y a los muertos (Hch 10, 42). Para esta venida, tenemos que estar preparados, y ahora es el tiempo para prepararnos. Porque no sabemos la hora de su venida, debemos estar siempre preparados, siempre preparándonos. Debemos, pues, vivir en un estado constante de preparación. Esta es la vida cristiana, una vida de espera, alegre expectativa, y preparación constante. Así Jesucristo quiere que vivan sus seguidores. “Mirad, velad y orad —dijo—; porque no sabéis cuando será el tiempo” (Mc 13, 33), y “Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis” (Mt 24, 44).

Juan el Bautista es nuestro modelo de una vida de preparación constante para la venida del Señor. Vivió en el desierto, una vida ascética y solitaria, una vida de oración y ayuno, vestido de pelo de camello y comiendo langostas y miel silvestre (Mt 3, 4). Vivió lejos de los entretenimientos y placeres de la ciudad y de la mesa. Vivió en simplicidad, para no dividir su corazón entre Dios y los placeres del cuerpo y de esta vida. Vivió sólo para Dios con un corazón indiviso.

Así debemos nosotros también vivir si queremos estar preparados no sólo para la última venida del Señor, sino para su próxima venida también en nuestros corazones. Para recibirlo bien, aun ahora, tenemos que estar preparados, tenemos que guardar nuestro corazón, para que no se divida entre Dios y los placeres del mundo. Por eso nosotros también tenemos que vivir una vida simple. La pobreza evangélica es para todos. Cuanto más podemos vivir sólo para Dios en este mundo, tanto mejor. En esto, Juan es nuestro modelo. Debemos prepararnos en el desierto, como él, lejos de los entretenimientos de la ciudad, en simplicidad y sencillez, en austeridad y soledad, en oración y ayuno, en lectura y estudio, y en trabajo, preparando al mundo para la venida del reino del cielo en la tierra. Con nuestra vida y palabra, debemos predicar el evangelio del reino de Dios. Cristo nos ha enviado para predicar su reino en este mundo. Lo hacemos por nuestra manera de vivir y por nuestra palabra.


HOY UNA NUEVA LUZ BRILLA SOBRE NOSOTROS
P. Steven Scherrer

 

HOY UNA NUEVA LUZ BRILLA SOBRE NOSOTROS

P. Steven Scherrer

Homilía de la Octava de Navidad, santa María, Madre de Dios, 1 de enero de 2010
Núm 6, 22-27, Sal 66, Gal 4, 4-7, Lc 2, 16-21

“Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2, 16).

Una nueva luz brilla sobre la tierra hoy en el nacimiento de Cristo, el Señor. Los ángeles anunciaron esta buena nueva a los pastores, y ellos vieron “una multitud de las huestes celestiales, que alaban a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc 2, 13-14). Esta es la alegría que había en el cielo sobre este gran acontecimiento en la tierra, que Dios, permaneciendo Dios, nació como hombre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, sin varón. Así el reino de Dios comenzó, un reino, que no tendrá fin, de paz celestial sobre toda la tierra.

Este reino apareció primero en Jesucristo y en los que creen en él. Su paz consiste en la eliminación de todo pecado y culpabilidad de los corazones de los que creen en Jesucristo y emplean sus sacramentos, que nos canalizan sus méritos y poder; porque en él hay reconciliación con Dios y la cancelación de la alienación de Dios, causada por el pecado. El mismo Cristo es uno con Dios, y los que creen en él reciben de él este don de unión con Dios y de paz celestial en sus corazones (2 Cor 4, 6). Una nueva luz resplandeció sobre los pastores hoy, y ellos fueron apresuradamente para ver y adorar a Cristo, el Señor, acostado en el pesebre. Después, “volvieron … glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho” (Lc 2, 20). La luz de Navidad, la luz de Cristo, resplandeció sobre ellos.

Esta misma luz y alegría está transmitida a nosotros también por medio de su muerte y resurrección, hechas presentes para nosotros en la celebración de la eucaristía. Su muerte eliminó nuestra alienación de Dios; porque en su muerte, él pagó por nosotros nuestra deuda de sufrimiento por nuestros pecados, y resucitó a nueva vida en gloria escatológica para resplandecer en nuestros corazones (2 Cor 4, 6). Y su cuerpo crucificado, resucitado, y glorificado está sacramentado ahora para nosotros en la eucaristía. El sacrificio de su muerte se hace presente por nosotros en la celebración de la eucaristía, dándonos reconciliación con Dios y la paz del cielo. Entonces comemos su cuerpo eucarístico, sacramentado por nosotros en la Santa Comunión. Así andamos en la luz de su resurrección, en la alegría de ser perdonados y restaurados a la amistad de Dios y a la unión con él, que perdimos por el pecado.

Así la presencia de Cristo por nosotros en la eucaristía nos da la misma luz y alegría celestial que los pastores experimentaron al visitar Belén y a ver y a adorar a Cristo, el Señor, en el pesebre con María y José. Podemos, pues, juntarnos con ellos en adoración y contemplación de la luz del mundo en el pesebre. Adoramos a Cristo presente para nosotros en la eucaristía. Esta es la nueva luz que brilla sobre nosotros hoy. “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor y se le llamará Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre del mundo futuro, y su reino no tendrá fin” (Antífona de Entrada).


EL VERBO HABITÓ ENTRE NOSOTROS
P. Steven Scherrer

 

EL VERBO HABITÓ ENTRE NOSOTROS

P. Steven Scherrer

Homilía del 7º día dentro de la Octava de Navidad, 31 de diciembre de 2009
1 Jn 2, 18-21, Sal 95, Jn 1, 1-18

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Jesucristo es el único hombre que existía antes de su concepción. Todos los otros comienzan a existir a su concepción. Jesucristo, al contrario, existía eternamente en el seno de su Padre en gloria inefable. Siempre era una persona, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es el único Hijo de Dios, que siempre existía. Dios siempre tenía un Hijo, que nació de él. Pero aunque nació del Padre, no había tiempo antes de su nacimiento cuando él todavía no había nacido, porque su nacimiento fue eterno, desde toda la eternidad.

Pero para nosotros y para nuestra salvación, este Hijo eterno de Dios, este Verbo del Padre “fue hecho carne” en el vientre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, no por varón, “y habitó entre nosotros, y vimos su gloria” (Jn 1, 14). Él fue lleno, desde el vientre de su madre, “de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Él vino para revelarnos su gloria, que tenía con Dios, para que nosotros pudiéramos vivir con él en esta gloria y contemplarla. Él es el cumplimiento de la profecía de Isaías, que “la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”, que quiere decir: Dios con nosotros (Is 7, 14). Jesucristo es Emanuel. Él nos revela la gloria de Dios.

Él vino para pagar nuestra deuda de pecado, que teníamos ante Dios. Él sufrió nuestro castigo por nosotros, sirvió nuestra sentencia a favor de nosotros, y así satisfizo la justicia divina, para que nosotros pudiéramos ir libres de todo pecado, castigo, y culpabilidad, para vivir en la libertad de los hijos de Dios, gozándonos de su gloria. Él nos reviste de su propia justicia, con que resplandecemos en el mundo y delante de Dios. Y esto es una transformación y un esplendor real y verdadero, porque es Dios, por medio del sacrificio de Jesucristo, que nos transforma y justifica, dándonos así un nuevo nacimiento para vivir en esta luz y andar en su esplendor.

Nosotros debemos andar en esta luz (Jn 8, 12; 1 Jn 1, 5-7). Debemos ser iluminados por su luz (2 Cor 4, 4.6). Es para esto que Cristo se encarnó en nuestra naturaleza y nació entre nosotros. Vino para nuestra iluminación, para darnos esta luz, en que él mismo vive. Al perdonarnos y justificarnos por su muerte y al resplandecer sobre nosotros por su resurrección, él nos ilumina por dentro, regocijando nuestro espíritu. Vemos, pues, su gloria en nuestro corazón (2 Cor 4, 6), que nos regocija. En él, ha descendido una gran luz sobre la tierra, y “de su plenitud hemos recibido todos, gracia por gracia” (Jn 1, 16). En esta plenitud, vivimos y nos regocijamos ahora. En este esplendor, caminamos —en el esplendor de Emanuel, Dios con nosotros—. Es el esplendor que dimana de su resurrección. De veras, hemos visto su gloria, “gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).


SOBRE TI ESTÁ VISTA SU GLORIA
P. Steven Scherrer

 

SOBRE TI ESTÁ VISTA SU GLORIA

P. Steven Scherrer

Homilía para la Epifanía del Señor, domingo, 3 de enero de 2010
Is 60, 1-6, Sal 71, Ef 3, 2-3.5-6, Mt 2, 1-12

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11).

Hoy celebramos la Epifanía del Señor al mundo, su manifestación a los Magos, sabios paganos del Oriente, representantes de todas las naciones y reyes, de los cuales él atraerá a sus seguidores y adoradores, es decir, los que creerán en él y recibirán de él nueva vida y el perdón de sus pecados. Reconocemos hoy que en Cristo todo hombre, tanto el pagano como el judío, tiene nuevo acceso al Padre por medio de su sangre. Él nos une a Dios al sacrificarse al Padre en nuestra naturaleza. Su sangre limpia a todos —a paganos tanto como a judíos— haciéndonos nuevos en él, perdonados y resplandecientes delante de Dios.

Esto es lo que celebramos hoy. “…ahora en Cristo Jesús —dice san Pablo— vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef 2, 13). Jesucristo es para todos —de todas las naciones, culturas, y religiones— porque es el único Hijo de Dios, que se sacrificó por todos los que creerán en él.

Los Magos son, pues, las primicias de los gentiles que vendrán a adorarle. Nosotros somos entre ellos. Ellos vieron a Cristo con sus propios ojos y pudieron postrarse delante de él en su pesebre y presentarle sus dones: oro, incienso, y mirra. Por una inspiración divina, reconocieron que él era el Salvador del mundo, esperado por los judíos. Vieron la luz de su estrella, y cuando llegaron, le adoraron. Aun el rey, Herodes, les dijo que él también quisiera venir y adorarle. “Enviándoles a Belén, dijo: Id allá, y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore” (Mt 2, 8). Aunque habló engañosamente, reconoció que esto es lo que debía hacer.

Cristo es la luz del mundo, la Estrella de Jacob, profetizada por Balaam (Núm 24, 17). “Levántate, resplandece —dice Isaías a Jerusalén—; porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti … sobre ti amanecerá el Señor, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Is 60, 1-3). Los Magos vieron esta luz, su estrella, y empezaron su jornada para hallar al rey recién nacido, al Salvador y luz del mundo. Y vinieron a Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mt 2, 2).

La luz de Dios resplandeció sobre Jerusalén, atrayendo a los Magos a adorar al Salvador del mundo. Ellos, pues, cumplieron la profecía de Isaías, que dijo: “Multitud de camellos te cubrirá; dromedarios de Madián y de Efa; vendrán todos los de Sabá; traerán oro e incienso, y publicarán alabanzas del Señor” (Is 60, 6). Y he aquí, con sus camellos y dromedarios, los Magos vienen de Madián, Efa, y Sabá, trayendo oro e incienso para el rey recién nacido en Belén. Los Magos cumplieron también la profecía del salmista, que dijo: “Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones … vivirá, y se le dará del oro de Sabá” (Sal 71, 10.15).

Y ahora los Magos llegan a Jerusalén y a Belén, siguiendo la estrella, y adoran al niño, presentándole sus dones: oro para un rey, incienso para Dios, y mirra, una especia aromática del Oriente. Los Magos son las primicias de todos los gentiles que vendrán después de todas partes para adorar al Salvador, la luz del mundo, hallando en él lo que buscaban: una vida nueva en la luz (Jn 8, 12) y su paz celestial en sus corazones (Jn 14, 27) —paz con sí mismos, y paz con Dios—.

“Todos los reyes se postrarán delante de él —dice el salmista—; todas las naciones le servirán. Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres” (Sal 71, 11-13). Todos le servirán, porque en él hallarán la salvación que buscaban. Él es el Sol de justicia (Mal 4, 2). Su reino resplandece con el esplendor de Dios. Es un reino universal de justicia y paz sobre toda la tierra. “Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal 71, 7-8).

En él hay justicia y paz. Él es el Mesías profetizado, y vivimos ahora en sus días, en su luz. Lo adoramos con los Magos. Su luz resplandece sobre nosotros. Tenemos nueva vida en él, y él nos hace una nueva creación. Es el que derrama las riquezas del mar en nuestros corazones. “Entonces verás, y resplandecerás; se maravillará y ensanchará tu corazón, porque se haya vuelto a ti la multitud del mar, y las riquezas de las naciones hayan venido a ti” (Is 60, 5). En él, “La gloria del Líbano vendrá a ti, cipreses, pinos, y bojes juntamente … y mamarás la leche de las naciones, el pecho de los reyes mamarás … En vez de bronce traeré oro, y por hiero plata … El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que el Señor te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria. No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque el Señor te será por luz perpetua” (Is 60, 13.16.17.19-20).
Vivimos, pues, en estos días de luz ahora con nuestro Mesías, a quien adoramos con los Magos. Él nos ilumina por dentro y resplandece sobre nosotros. En él, bebemos la leche de las naciones; y por él, las riquezas del mar son derramadas en nuestros corazones. Andamos en su esplendor (Jn 8, 12), porque él es nuestro Sol (Is 60, 20; Mal 4, 2). Habiendo recibido todo esto, nos preparamos ahora para su venida en gran gloria y poder sobre las nubes del cielo en su parusía.


LAS PRIMICIAS DE LA VIDA CONSAGRADA
P. Steven Scherrer

 

LAS PRIMICIAS DE LA VIDA CONSAGRADA

P. Steven Scherrer

Homilía para la fiesta de los Santos Inocentes, 28 de diciembre de 2009
1 Jn 1, 5-2, 2, Sal 123, Mt 2, 13-18

“Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mt 2, 16).

Hoy celebramos la memoria de estos niños de Belén y sus alrededores, menores de dos años, a quienes el rey Herodes mandó matar en un intento de eliminar al rey recién nacido, el Mesías, para salvaguardar su trono. La Iglesia considera a estos niños como mártires, bautizados en su propia sangre. Murieron por Cristo sin saberlo —perdieron sus vidas en este mundo a causa de Cristo—. Por eso son recompensados con una recompensa celestial. Son sus voces que oímos en el salmo responsorial hoy: “Nuestra alma escapó cual ave del lazo de los cazadores; se rompió el lazo, y escapamos nosotros” (Sal 123, 7). Han escapado tan pronto de este mundo para entrar en el reino de su Padre. Herodes, sin saberlo, los benefició. Además, “Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va. Estos fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y en sus bocas no fue hallada mentira, pues, son sin mancha delante del trono de Dios” (Apc 14, 4-5).

Al conmemorar hoy a estos Santos Inocentes, somos fortalecidos en nuestra fe que nuestra meta está más allá de esta vida presente. Somos hechos para algo más, que es ver a Dios y vivir en intimidad con él eternamente, primero en el cielo después de la muerte, y entonces en los nuevos cielos y la nueva tierra (Is 65, 17; 2 Pedro 3, 13) con nuestros cuerpos resucitados cuando Cristo volverá otra vez a la tierra en su gloria con todos sus santos. Entonces resplandeceremos como el sol en el reino de nuestro Padre (Mt 13, 43). Los Santos Inocentes escaparon de los sufrimientos de este mundo en poco tiempo y así eran entre los primeros a entrar en el cielo, abierto por la muerte y resurrección de Jesucristo. Eran, pues, “como primicias para Dios y para el Cordero” (Apc 14, 4).

Como vírgenes, son además las primicias de las vírgenes y los célibes consagrados a Dios y a Cristo como a su único esposo con un corazón completamente indiviso (2 Cor 11, 2; 1 Cor 7, 32-24). Son las primicias de “los que siguen al Cordero por dondequiera que va” (Apc 14, 4). Son, pues, las primicias no sólo de los mártires, sino también de las vírgenes, de los que son consagrados totalmente a Dios con todo su corazón, sin división alguna, ni siquiera por un esposo o una esposa humana. Estos son los que renuncian al matrimonio y a su familia para seguir al Cordero por dondequiera que va, con todo su tiempo. Son, pues, las primicias de la vida religiosa, la vida consagrada. Son puros. “…no se contaminaron con mujeres” por la fornicación (Apc 14, 4). Viven sólo para Dios y su reino. Representan, pues, para nosotros la ideal de la vida religiosa.


EL CRISTIANO SERÁ PERSEGUIDO
P. Steven Scherrer

 

EL CRISTIANO SERÁ PERSEGUIDO

P. Steven Scherrer

Homilía para la fiesta de san Esteban, Protomártir, 26 de diciembre de 2009
Hch 6, 8-10, 7, 54-60, Sal 30, Mt 10, 17-22

“Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt 10, 22).

Hoy, tan cerca de Navidad, vemos rápidamente lo que quiere decir en la vida actual ser un seguidor de Cristo. Entre otras cosas, quiere decir persecución por seguir la voluntad de Dios. Esto está ilustrado hoy en el Martirio de san Esteban, el protomártir. No podemos vivir nuestra fe sin ser perseguidos. Esto fue la pauta de la vida del mismo Jesucristo, de san Pablo, y de los profetas antes de ellos. Será también la pauta de las vidas de los mártires y santos. Jesús nos preparó para esto. Nos dijo que vendrá tiempo cuando seremos aborrecidos de todos por causa de él. Lo que debemos hacer en esta situación es permanecer siempre fieles, como lo fue san Esteban. La sabiduría de su predicación enfureció a los judíos, hasta que ellos, “dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon” (Hch 7, 57-58). En esta situación, ¿qué hizo san Esteban? Dijo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” y “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch 7, 59.60) y murió.

San Esteban no dejó de predicar con sabiduría para salvar su vida. Seguía predicando. Supo que “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mt 10, 39). Si hubiera tratado de salvar su vida al no predicar más, habría perdido su vida con Cristo. Pero perdiendo su vida en este mundo por causa de Cristo, halló su vida verdaderamente. Nosotros debemos hacer lo mismo. No debemos dejar de seguir la voluntad de Dios por miedo de los que nos perseguirán, más bien debemos dar testimonio de la verdad por obra y palabra y ser martirizados. Así hallaremos la vida verdadera, y seremos iluminados por Cristo.

No debemos preocuparnos sobre divisiones que pueden venir porque hacemos la voluntad de Dios, porque “no he venido para traer paz, sino espada”, dijo Jesús (Mt 10, 34). Es necesario que divisiones por causa de Cristo vengan. Nuestra tarea es simplemente confesar a Cristo delante de los hombres al hacer su voluntad y permanecer fieles en peligro y persecución. Entonces él nos confesará delante de su Padre que está en los cielos. Pero si lo negamos delante de los hombres al dejar de hacer su voluntad por miedo de ser perseguidos, él también nos negará a nosotros delante de su Padre que está en los cielos (Mt 10, 32-33). Nuestra vida debe ser una vida de la cruz y la persecución por hacer la voluntad de Dios delante de los que nos perseguirán, porque “el que no toma su cruz y sigue en pos mí, no es digno de mí” (Mt 10, 38). Si persiguieron a Jesús, nos perseguirán a nosotros, porque “El discípulo no es más que su maestro” (Mt 10, 24). Si es necesario, podemos huir a otra ciudad (Mt 10, 23), pero debemos permanecer siempre fieles, proclamando de las azoteas lo que hemos oído de Jesús (Mt 10, 27) y viviendo conforme a su voluntad.


HALLARON AL NIÑO ACOSTADO EN EL PESEBRE
P. Steven Scherrer

 

HALLARON AL NIÑO ACOSTADO EN EL PESEBRE

P. Steven Scherrer

Homilía de Navidad, Misa de la Aurora, 25 de diciembre de 2009
Is 62, 11-12, Sal 96, Tito 3, 4-7, Lc 2, 15-20

“Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2, 16).

Hoy es Navidad, el nacimiento de Jesucristo, y el nacimiento de nuestra vida nueva en él. Él es nuestro Salvador. Esto quiere decir que necesitamos ser salvos, que sin el Salvador, estaríamos perdidos en pecado y sin esperanza. Cuando estábamos alejados y alienados de Dios y andábamos en la oscuridad, Dios envió a su único Hijo, Jesucristo, al mundo para salvarnos de las tinieblas del pecado. Él vino para traernos el reino de los cielos, el reino de paz celestial sobre la tierra, del cual los ángeles cantaron en su nacimiento. Él vino de luz inefable, del esplendor del Padre, para iluminarnos a nosotros, y para darnos nueva vida, vida divina, una participación en la misma vida de Dios. Vino para introducirnos en el reino de Dios, un reino de esplendor y luz, en que pudiéramos vivir en unión con Dios, con nuestros pecados perdonados y nuestra culpabilidad quitada. La pena de la culpabilidad es el castigo de nuestros pecados, y Cristo nos quitó este castigo al sufrirlo él mismo, alienado de Dios en la cruz. Es un castigo justo, que un Dios justo tiene que imponer en nosotros, pero en cuanto el mismo Hijo de Dios —en el plan de la Santísima Trinidad— lo sufrió a favor de nosotros y en nuestro lugar (en vez de nosotros), nosotros no tenemos que sufrirlo también. Esta deuda de nosotros, una vez pagada por él, no tenemos más que pagar, y podemos ir, pues, absueltos de toda deuda y de todo peso de pecado y culpabilidad, para vivir una vida nueva en la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21).

Todo esto es el don de Dios a nosotros en Jesucristo. No es algo que podemos merecer por nuestras obras buenas. San Pablo nos dice hoy que Dios “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3, 5-6).

Dios nos salvó al enviarnos a su único Hijo, nacido hoy como hombre. Él nos ilumina y transforma. Él pone su vida en nosotros y resplandece en nuestros corazones (2 Cor 4, 6). Nos renueva, haciéndonos una nueva creación (2 Cor 5, 17). Todo esto es su regalo.

Ahora, pues, perdonados por él, debemos andar en el Espíritu (Gal 5, 25) y vivir una vida en el Espíritu y no más según la carne. Debemos vivir una vida nueva, un nuevo tipo de vida, totalmente dedicada a él, y despojada de nosotros mismos. Resucitamos con Cristo para andar en su luz y vivir una vida nueva y resucitada, buscando las cosas de arriba y no más los placeres del mundo, que dividen el corazón (Col 3, 1-2). Debemos dejarlo todo por él y vivir sólo para él con todo nuestro corazón. Esta es la vida nueva del hombre nuevo en Jesucristo (Ef 4, 22-24).

¡Qué despojada de todo fue la manera en que Cristo nació, acostado en el heno en un pesebre, “porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lc 2, 7)! Este es un ejemplo para nosotros de la pobreza evangélica, que él predicó. Si el mismo Hijo de Dios nació así, ¡cómo no debemos nosotros despojarnos de todo de este mundo y vivir sólo para él! Así seremos iluminados por él y andaremos en su luz (Jn 8, 12).


HOY SABRÉIS QUE EL SEÑOR VENDRÁ
P. Steven Scherrer

 

HOY SABRÉIS QUE EL SEÑOR VENDRÁ,
Y POR LA MAÑANA VERÉIS SU GLORIA

P. Steven Scherrer

Homilía del 24 de diciembre de 2009, Misa Matutina
2 Sam 7, 1-5.8-12.14.16, Sal 88, Lc 1, 67-79

“…nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lc 1, 78-79).

Jesucristo es la salvación —presente con nosotros— que Zacarías profetiza. Jesucristo es la aurora (anatolē) desde lo alto que nos visitó y resplandeció sobre nosotros. Estábamos en las tinieblas, y él vino y nos iluminó. Él nos libró de nuestros enemigos para que le sirvamos sin temor “en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días (Lc 1, 74-75). Él es “un cuerno de salvación levantado para nosotros en la casa de David su siervo” (Lc 1, 69). Él es la luz de la salvación, profetizada por Isaías: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti … sobre ti amanecerá el Señor, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Is 60, 1-3). Debemos resplandecer en su gloria, porque la luz del cielo ha venido a nosotros, y la gloria del Señor ha nacido sobre nosotros. En el nacimiento de Cristo, Dios amanece sobre nosotros, iluminándonos con su luz. Y sobre nosotros es vista su gloria. Aun reyes nos vienen, atraídos por tanto esplendor, y andan ahora en su luz.

Este es el cumplimiento de la salvación de Dios para nosotros en Jesucristo. La luz y la salvación profetizadas por los últimos días han sido insertadas en medio de la historia para nosotros en Jesucristo. Así, pues, “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos “ (Is 9, 2). Cristo es Emanuel, Dios con nosotros, iluminándonos por dentro. Él es la Estrella de Jacob, profetizada por Balaam (Núm 24, 17), la aurora de lo alto (Lc 1, 78), profetizada por Zacarías, el Sol de justicia, profetizado por Malaquías (Mal 4, 2), y el cuerno de salvación (Lc 1, 69). Él es la epifanía de la gracia de Dios, nuestro Salvador, para todos los hombres (Tito 2, 11). Él nos apareció. Él ha venido a nosotros.

Hoy nos preparamos para celebrar mañana su venida. Por eso la liturgia dice: “Hoy sabréis que el Señor vendrá, y por la mañana veréis su gloria” (Invitatorio), y “Mañana la iniquidad del mundo será borrada, y el Salvador del mundo reinará sobre nosotros” (responsorio, oficio de lecturas).

Esta salvación está siempre con nosotros. Vivimos, pues, con Emanuel. En él, Dios resplandece sobre nosotros e ilumina nuestros corazones, dándonos su paz celestial. Este es el significado del nacimiento del Salvador, que celebraremos mañana. Saldremos mañana, y el Señor estará con nosotros. La salvación estará con nosotros mañana, porque Cristo nació.


LOS QUE ANDABAN EN TINIEBLAS VIERON UNA GRAN LUZ
P. Steven Scherrerr

 

LOS QUE ANDABAN EN TINIEBLAS
VIERON UNA GRAN LUZ

P. Steven Scherrer

Homilía para la fiesta de la Sagrada Familia, domingo, 27 de diciembre de 2009
Eclo 3, 3-7.14-17, Sal 127, Col 3, 12-21, Lc 2, 41-52

“Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lc 2, 10-11).

Ahora estamos en el bello tiempo de la Octava de Navidad. Jesucristo está presente en medio de nosotros, y nuestro mundo está transformado por su presencia. Dios está con nosotros. Nos regocijamos ahora en la alegría de su presencia entre nosotros y dentro de nosotros, transformándonos e iluminándonos por dentro. Nos calentamos estos días en el esplendor de su presencia entre nosotros. El reino de Dios, pues, está ahora en la tierra. El Mesías ha venido. Los días mesiánicos, los tiempos profetizados, han llegado. Ahora, pues, es el tiempo de cumplimiento, de alegría interior y paz celestial sobre toda la faz de la tierra. Una gran luz ha descendido hoy sobre la tierra, y los cielos destilan dulzura por todas partes. Los que se sentaban en la oscuridad han visto una gran luz. Esta luz es el reino del cielo aquí en la tierra en Jesucristo. Esta es la luz que renueva el corazón del hombre, llenándolo de amor y de paz celestial.

Todavía esperamos con alegre expectativa la gloriosa parusía de nuestro Señor Jesucristo sobre las nubes del cielo con todos sus santos en gran luz, pero este acontecimiento glorioso del futuro se ha revelado parcialmente ahora en medio de este mundo viejo en el nacimiento del Hijo de Dios en la tierra para nuestra salvación. Él nos transforma ahora en nuevas criaturas (2 Cor 5, 17), haciéndolo todo nuevo por su presencia por medio de nuestra fe (Apc 21, 5). En él, la salvación profetizada por los últimos días ha empezado de antemano, iluminando este mundo viejo. La edad nueva ya ha comenzado en él, en medio de esta edad vieja, para transformar a todos los que creen en él.

Como la Sagrada Familia de María y José se calentaba estos días santos en el esplendor del Hijo de Dios recién nacido, nosotros también nos juntamos con ellos en adoración silenciosa delante del pesebre. Adoramos con ellos al Hijo de Dios presente con nosotros, iluminándonos con su esplendor y resplandeciendo en nuestros corazones (2 Cor 4, 6). Él vino para que nosotros también resplandezcamos como luminares en el mundo, “en medio de una generación maligna y perversa” (Fil 2, 15), para mostrarle el camino de la salvación.

El misterio de la Octava de Navidad es el misterio de alegría callada e interior, de adoración silenciosa en la oscuridad de la noche con la Sagrada Familia en la cueva iluminada de Belén. Es el misterio de una vida de moderación y modestia, de simplicidad y meditación, de lectura santa y contemplación. La Octava de Navidad es el tiempo de adorar la luz del mundo en el silencio de la noche, como lo hacían María y José en las llanuras de Belén, al borde del desierto, solos, desconocidos por todos. Es el tiempo de calentarnos en el esplendor de Dios hecho hombre en Jesucristo.

Debemos, pues, vivir en el reino de los cielos en la tierra, el reino de la presencia de Dios entre los hombres, el reino en que experimentamos ahora los bienes del mundo futuro cuando el reino de Dios será manifestado en toda su gloria para toda carne juntamente. Estos bienes del mundo futuro son la salvación, el perdón de nuestros pecados, y la eliminación de nuestra culpabilidad, junto con la iluminación interior de nuestro corazón por la luz de Cristo resucitado (2 Cor 4, 6) y la renovación de nuestra mente en él (Rom 12, 2).

Si vivimos en su reino, calentándonos en su esplendor, y andando en su luz (Jn 8, 12), entonces obedeceremos su voluntad y así guardaremos la justicia que Cristo nos dio por medio de su muerte y resurrección. Así, pues, viviremos como la Sagrada Familia en “misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre, y paciencia”, viviendo como una familia, “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros” (Col 3, 12-13). Así viviremos en la paz de Dios, traída al mundo por Jesucristo cuando nació entre nosotros, llenándonos de luz, amor, y esplendor. Él, pues, nos transforma y nos hace misericordiosos, benignos, humildes, y mansos. Y estas calidades deben mostrarse en nuestra nueva vida de fe, sobre todo en nuestras familias o comunidades religiosas donde vivimos.

Dondequiera que vivimos debe ser nuestra familia ahora, y estas virtudes deben asistir nuestra familia o comunidad religiosa. Todos deben ver la nueva calidad de nuestra vida en Jesucristo. San Pablo nos dice que nuestra moderación debe ser conocida por todos los hombres (Fil 4, 5); es decir, nuestra nueva manera de comportarnos, después de ser iluminados por Jesucristo, debe enriquecer a todos. Así extendemos la luz de Cristo en el mundo, siendo nosotros mismos luminares en el mundo (Fil 2, 15) y la luz del mundo (Mt 5, 14-15).


CALENTÁNDONOS EN SU ESPLENDOR
P. Steven Scherrer

 

CALENTÁNDONOS EN SU ESPLENDOR

P. Steven Scherrer

Homilía del 21 de diciembre de 2009
Is 7, 10-14, Sal 23, Lc 1, 26-38
(Las lecturas son las del 20 de diciembre, omitidas ayer porque fue domingo.)

“Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

Este niño es el cumplimiento de la profecía de Isaías, de que “el Señor mismo os dará señal: He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is 7, 14). Este niño será concebido por el Espíritu Santo, no por varón, y por eso será el único Hijo de Dios. Él será el rey davídico prometido que traerá la nueva edad de paz al mundo, “y reinara sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33). “…el Señor Dios le dará el trono de David su padre” (Lc 1, 32). El será el Príncipe de Paz, profetizado por Isaías (Is 9, 6), y “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Is 9, 7). Este niño es el cumplimiento de la profecía a David de que Dios afirmará para siempre el reino y el trono de su hijo prometido. El profeta Natán dijo a David: “yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino … y yo afirmaré para siempre el trono de su reino … y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 Sam 7, 12.13.16).

Vivimos ahora en este reino eterno de paz que no tiene límite, este reino de justicia para siempre. Es el reino en la tierra del Mesías, el hijo prometido de David, el Hijo de Dios. Él vino para llenar nuestro mundo de paz celestial, cambiando los corazones de los hombres. Este es el reino de Dios, que empezó en el mundo con el nacimiento de Jesucristo.

Él nos trae la paz en nuestros corazones, perdonando nuestros pecados, y quitando nuestra culpabilidad. Él nos pone en paz con su padre celestial, dándonos a nosotros también una paz celestial en nuestros corazones. Él vino a morir para salvarnos del castigo por nuestros pecados, y el castigo más grande aquí es el sufrimiento interior de la culpabilidad. Él sufrió este en lugar de nosotros en su muerte en la cruz, sufriendo la ira de Dios en vez de nosotros. Entonces resucitó de la muerte para iluminarnos con el esplendor que dimana de su resurrección, para que andemos en esta luz, en la novedad de vida (Rom 6, 4). Así, él nos hace una nueva creación, porque todo el que “esta en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor 5, 17). Es este esplendor que celebramos en el nacimiento de Jesucristo, el esplendor del mundo nuevo que tenemos en él. Él es Emanuel, Dios con nosotros, Dios en medio de nosotros, Dios dentro de nosotros. El reino de Dios está dentro de nosotros y alrededor de nosotros si hacemos la voluntad de Dios. Sólo así andaremos en su paz celestial y nos calentaremos en su esplendor, porque “el Señor me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado” (Sal 17, 20). Por nuestra obediencia, guardamos la justicia que Cristo nos dio.


CÓMO DEBEMOS PREPARARNOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

CÓMO DEBEMOS PREPARARNOS
PARA LA VENIDA DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del 19 de diciembre de 2009
Jueves 13, 2-7.24-25, Sal 70, Lc 1, 5-25

“…será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lc 1, 15).

Juan el Bautista será un nazireo, dedicado a Dios desde el vientre de su madre, y su nazireato durará por toda su vida. Un nazireo no bebe vino ni nada fermentado, deja crecer su cabello, y no se acerca a un cadáver (Núm 6, 3-6). Un nazireo es completamente dedicado a Dios. Y vemos que Juan el Bautista añadió a esto que también vivía una vida solitaria en el desierto; se vistió de pelo de camello en vez de ropa normal; y comió no pan, vino, y comida normal sino langostas y miel silvestre (Mt 3, 4). Jesús nos dice que Juan “ni comía pan ni bebía vino” (Lc 7, 33).

Además, Juan fue lleno del Espíritu Santo “aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el Espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 15-17).

Juan el Bautista, este asceta del desierto, es nuestro modelo durante Adviento, que es el tiempo de preparación para la venida del Señor. Debemos, pues, prepararnos a nosotros mismos y a nuestro mundo como él se preparó a sí mismo y a su pueblo para recibir al Señor en su venida. Debemos, pues, vivir como si fuéramos en el desierto, viviendo simplemente, en austeridad y sencillez, reservando nuestro corazón para Cristo en silencio y soledad, en oración y ayuno, en moderación y amor, no dividiendo nuestro corazón con los placeres mundanos.

En el desierto, veremos la gloria del Señor si somos preparados. En el desierto, pues, preparamos el camino del Señor. ¡Cuántas cosas tenemos que rectificar para estar preparados! —cómo pasamos nuestro tiempo, por ejemplo—.
¿Estamos haciendo verdaderamente con nuestro tiempo lo que Dios quiere que hagamos? ¿Estamos usando nuestro tiempo bien en la lectura espiritual y el estudio de la palabra, o perdemos demasiado tiempo en los detalles de la vida, dejando a un lado la esencia de una vida dedicada a Dios, no pasando tiempo suficiente en la lectura espiritual, en el estudio de la palabra, y en la oración? Todo esto tenemos que rectificar si queremos tener paz con Dios y paz en nuestro corazón. Estas cosas son los montes que tenemos que bajar, y los valles que debemos alzar. Estas cosas son lo torcido que tenemos que enderezar, y lo áspero que debemos allanar, para que nos aparezca la gloria del Señor en el desierto (Is 40, 3-5), y para que seamos preparados para recibir al Señor en su venida a nosotros esta Navidad.

Entonces “Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la hermosura del Dios nuestro” (Is 35, 1-2).


EL RENUEVO JUSTO TRAE JUSTICIA A LA TIERRA
P. Steven Scherrer

 

EL RENUEVO JUSTO TRAE JUSTICIA A LA TIERRA

P. Steven Scherrer

Homilía del 18 de diciembre de 2009
Jer 23, 5-8, Sal 71, Mt 1, 18-24

“He aquí la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mt 1, 23; Is 7, 14).

Dios vino para habitar la tierra con nosotros y estar en medio de nosotros. Esta profecía que la virgen dará a luz un hijo y lo llamará Emanuel, Dios con nosotros, fue cumplida de una manera extraordinaria en el nacimiento de Jesucristo. En él, Dios está verdaderamente con nosotros, y por su sacramento de la eucaristía, está dentro de nosotros, en nuestro cuerpo y corazón, iluminándonos. Él resplandece en nuestros corazones por medio de nuestra fe (2 Cor 4, 6). Podemos andar y vivir con él. Él nos dirige y consuela. Sobre todo, él perdona nuestros pecados por su muerte vicaria en la cruz, por la cual nos redimió, sufriendo por nosotros nuestro castigo por nuestros pecados y dejándonos ir justificados y hechos verdaderamente justos. Todo esto es lo que Emanuel, Dios con nosotros, hizo y hace para nosotros. Vivimos íntimamente con Dios en nuestro corazón por medio de Emanuel. Es, pues, el Dios que viene. Vino y viene a nosotros, y ahora está con nosotros, haciendo su gloria resplandecer en medio de nosotros, en nuestro mundo, y en nuestros corazones.

Esta es la gloria de su reino, que él trajo a la tierra con su nacimiento. Emanuel es el renuevo justo de David y reina ahora sobre la tierra en paz en Jesucristo, haciendo juicio y justicia en la tierra. Él trae las riquezas de la salvación y la justicia de Dios a la tierra, estableciendo en el mundo un reino nuevo de paz y justicia. Él cumplió la profecía de Jeremías, que dijo: “He aquí que vienen días, dice el Señor, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra … y este será su nombre con el cual le llamarán: YAHVÉ NUESTRA JUSTICIA” (Jer 23, 5-6).

Jesucristo es Yahvé, nuestra justicia. Nuestra justicia está en él. Él es el Sol de justicia (Mal 4, 2), que resplandece sobre nosotros con su propia justicia, haciéndonos a nosotros también justos por nuestra fe. Así, pues, él es este renuevo justo, el nuevo David, que reinará como rey, un rey sagrado, haciendo juicio y justicia en la tierra (Jer 23, 5). Vivimos ahora, pues, en este reino de justicia sobre la tierra, porque Jesús es el Mesías, es este rey sagrado y dichoso. “Él juzgará a tu pueblo con justicia, y a tus afligidos con juicio. Los montes llevarán paz al pueblo, y los collados justicia. Juzgará a los afligidos del pueblo, salvará a los hijos del menesteroso” (Sal 71, 2-4).

Esta es la riqueza del reino de Dios, en que Dios vive con nosotros en la tierra. Su justicia, con que él nos justifica y hace verdaderamente justos, es su salvación. Debemos, pues, extender este reino en la tierra por todo lo que decimos y hacemos. Somos, pues, los agentes del reino de Dios en el mundo, los que estamos enviados por este renuevo justo de David.


LOS TIEMPOS DE ABUNDANCIA HAN VENIDO
P. Steven Scherrer

 

LOS TIEMPOS DE ABUNDANCIA HAN VENIDO

P. Steven Scherrer

Homilía del 17 de diciembre de 2009
Gen 49, 2.8-10, Sal 71, Mt 1, 1-17

“No se irá cetro de mano de Judá, bastón de mando de entre sus piernas, hasta que venga el que le pertenece, y al que harán homenaje los pueblos” (Gen 49, 10 BJ).

Esta es una profecía mesiánica de que no se irá el reino de Judá hasta que vendrá un gobernador a quien verdaderamente pertenece el bastón de mando y a quien los pueblos —no sólo Israel— harán homenaje. Este es el nuevo David que vendrá en los últimos días para inaugurar el reino nuevo y universal de paz sobre toda la tierra. El salmo de hoy habla de este hijo de David que vendrá. Dice que “Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal 71, 7-8). Será un tiempo de paz —“muchedumbre de paz, hasta que no haya luna”—. Será, pues, la edad de paz, la nueva edad de los últimos días, y su reino incluirá todo el mundo. “Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra”. Será un reinado universal y eterno —“hasta que no haya luna”. “Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las naciones le servirán” (Sal 71, 11). “Será su nombre para siempre. Se perpetuará su nombre mientras dure el sol. Bendito serán en él todas las naciones; lo llamarán bienaventurado” (Sal 71, 17).

Creemos que Jesucristo cumplió estas profecías e inauguró este reinado nuevo, universal, y eterno de paz sobre la tierra. Vivimos en este reino ahora si tenemos fe. Él nos bendice y nos hace justos, porque “Florecerá en sus días justicia” (Sal 71, 7). Él nos hace justos con su propia justicia, porque es el Sol de justicia (Mal 4, 2). Es el que tiene el bastón de mando y el cetro eterno. Le pertenecen verdaderamente. Y a él hacen homenaje los pueblos. Todas las naciones le sirven; todos los reyes se postran delante de él. No cada individuo, pero de todas las naciones le sirven.

Todo esto es verdad para los que creen en él, pero sólo en el futuro será realizado plena, abierta, y visiblemente. En sus días habrá gran abundancia. Él atará “a la vid su pollino” sin preocuparse de que comerá las uvas, porque habrá tanta abundancia de fruta en sus días que lavará “en el vino su vestido, y en la sangre de uvas su manto” (Gen 49, 11). ¡El vino será tan abundante como el agua en sus días, y la usará para lavar su ropa!

San Mateo nos da hoy “la genealogía de Jesucristo, hijo de David” (Mt 1, 1). Más que ser sólo el hijo de todas estas personas, san Mateo nota que es sobre todo el hijo de David. David es de la tribu de Judá. Jesús, pues, es este nuevo David, este último hijo de Judá, el que había de venir, a quien pertenece verdaderamente el bastón de mando.

Vivimos ahora, pues, en los tiempos mesiánicos, en estos días de gran abundancia y paz si tan sólo creemos en él y dedicamos nuestra vida a él. Entonces él reinará dentro de nuestros corazones con su reino misterioso y secreto de paz celestial.


SERÁ ENGRANDECIDOHASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA
P. Steven Scherrer

 

SERÁ ENGRANDECIDO
HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA

P. Steven Scherrer

Homilía del 4º domingo de Adviento, 20 de diciembre de 2009
Miq 5, 1-4; Sal 79; Heb 10, 5-10; Lc 1, 39-45

“En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la región montañosa, a una ciudad de Judá” (Lc 1, 39).

¡Qué gran gozo debería haber tenido María en este momento, dejando Nazaret y yendo una jornada de cuatro días a la región montañosa de Judá, y yendo de prisa para compartir con Isabel, su pariente, la buena nueva de que ella será la madre del Mesías! Y cuando llegó, la criatura saltó de alegría en el vientre de Isabel, porque Juan reconoció la presencia dentro de María del Mesías, del cual él será su precursor. E Isabel fue llena del Espíritu Santo, por cuya inspiración reconoció que María, en verdad, será la madre del Mesías, del Cristo, el Señor, y su Señor. María, pues, encontró un ambiente receptivo, un ambiente de fe, para recibir su buena nueva del nacimiento que ya se acerca del Mesías y Señor, y de que ella misma ha sido escogida entre todas las mujeres para ser su madre. Mejor nueva que esta no pudo existir en Israel.

Más tarde, María irá a Belén con su marido, José, y allí dará a luz el Salvador del mundo, Cristo, el Señor. Entonces será cumplida la profecía de Miqueas de que de Belén “saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad … y él estará y apacentará con poder del Señor, con grandeza del nombre del Señor su Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y éste será nuestra paz” (Miq 5, 2.4-5).

¡Qué bella esta profecía!, que el Salvador, el Mesías, “será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y éste será nuestra paz” (Miq 5, 4-5). Esta era la esperanza de Israel, la esperanza de los profetas, que un día vendrá el Mesías para regir sobre toda la tierra, hasta los confines de la tierra, y que su dominio será vasto, sin límites, un imperio universal de justicia y paz, que durará para siempre, y él será el Príncipe de Paz (Is 9, 6-7). Será un reino de paz, reconocido por todos, porque en sus días, será que “Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios” (Sal 97, 3). En aquel día, será que “El Señor ha hecho notoria su salvación; a vista de las naciones ha descubierto su justicia” (Sal 97, 2). En su día, este vástago del tronco de Jesé “juzgará con justicia a los pobres … Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura … [Y] Morará el lobo con el cordero” (Is 11, 1.4.5.6).

Todo esto es la buena nueva que María vino a anunciar a Isabel, e Isabel la aceptó y creyó. Pero hay más aún. Seguramente María vino también para anunciar la manera por la cual ella ha concebido esta criatura; es decir, que fue concebida por el Espíritu Santo, y no por varón. María, pues, lleva en su vientre al Hijo de Dios. Es decir, su hijo es el mismo Dios, siendo el único Hijo de Dios. Él será un rey sagrado sobre todo el mundo, heredará el trono de David, su padre, tendrá un reino eterno, y será en verdad el único Hijo divino de Dios. “…y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33). ¡Y María será su madre!

Este reino eterno y universal de paz celestial sobre toda la tierra empezó con el hijo de María. Todos nosotros podemos entrar y vivir en este reino, gozando de su paz celestial. Este reino de Dios en la tierra transforma nuestros corazones, porque Cristo ha sido engrandecido hasta los confines de la tierra. Y éste es nuestra paz. Vivimos en esta gran paz si creemos en él y vivimos para él con todo nuestro corazón.

Y ¿cómo vivimos en este reino? Vivimos en alegría, la misma alegría que María tenía al visitar a Isabel con esta buena nueva, la mejor nueva que el mundo jamás ha oído. Por eso dice san Pablo que un cristiano debe ser siempre gozoso —“Estad siempre gozosos”, dice (1 Ts 5, 16)—. “Regocijaos en el Señor siempre —dice—. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra moderación sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5).

¿Cómo, pues, debemos vivir? Debemos vivir en moderación y alegría callada, en gozo interior y secreto, guardando este gozo para no romper este encanto de paz celestial en que vivimos, la paz celestial que los ángeles deseaban al mundo en el nacimiento de Cristo. Debemos vivir “sobria, justa, y piadosamente”, siempre aguardando el regreso glorioso de nuestro Señor sobre las nubes del cielo (Tito 2, 12-13). Vivimos, pues, en el encanto de su reino actual y futuro. Su reino actual es un misterio, conocido sólo por los que creen en él, pero su reino futuro será conocido por todos, y todo ojo lo verá. Los creyentes ven su gloria ahora, reinando en sus corazones y se regocijan; pero el día de su regreso sobre las nubes del cielo con todos sus santos en gran luz, su gloria será vista por todos.

Su reino ha venido, pero en forma misteriosa. Si vivimos bien en el encanto de su reino ahora, seremos juzgados por dignos de reinar en gloria con él eternamente. Él es engrandecido ahora hasta los confines de la tierra para los que viven calladamente en el encanto de su reino; y un día esta gloria será manifiesta y visible a todos.


SERÁ ENGRANDECIDO HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA
P. Steven Scherrer

 

SERÁ ENGRANDECIDO
HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA

P. Steven Scherrer

Homilía del 4º domingo de Adviento, 20 de diciembre de 2009
Miq 5, 1-4; Sal 79; Heb 10, 5-10; Lc 1, 39-45

“En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la región montañosa, a una ciudad de Judá” (Lc 1, 39).
¡Qué gran gozo debería haber tenido María en este momento, dejando Nazaret y yendo una jornada de cuatro días a la región montañosa de Judá, y yendo de prisa para compartir con Isabel, su pariente, la buena nueva de que ella será la madre del Mesías! Y cuando llegó, la criatura saltó de alegría en el vientre de Isabel, porque Juan reconoció la presencia dentro de María del Mesías, del cual él será su precursor. E Isabel fue llena del Espíritu Santo, por cuya inspiración reconoció que María, en verdad, será la madre del Mesías, del Cristo, el Señor, y su Señor. María, pues, encontró un ambiente receptivo, un ambiente de fe, para recibir su buena nueva del nacimiento que ya se acerca del Mesías y Señor, y de que ella misma ha sido escogida entre todas las mujeres para ser su madre. Mejor nueva que esta no pudo existir en Israel.
Más tarde, María irá a Belén con su marido, José, y allí dará a luz el Salvador del mundo, Cristo, el Señor. Entonces será cumplida la profecía de Miqueas de que de Belén “saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad … y él estará y apacentará con poder del Señor, con grandeza del nombre del Señor su Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y éste será nuestra paz” (Miq 5, 2.4-5).
¡Qué bella esta profecía!, que el Salvador, el Mesías, “será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y éste será nuestra paz” (Miq 5, 4-5). Esta era la esperanza de Israel, la esperanza de los profetas, que un día vendrá el Mesías para regir sobre toda la tierra, hasta los confines de la tierra, y que su dominio será vasto, sin límites, un imperio universal de justicia y paz, que durará para siempre, y él será el Príncipe de Paz (Is 9, 6-7). Será un reino de paz, reconocido por todos, porque en sus días, será que “Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios” (Sal 97, 3). En aquel día, será que “El Señor ha hecho notoria su salvación; a vista de las naciones ha descubierto su justicia” (Sal 97, 2). En su día, este vástago del tronco de Jesé “juzgará con justicia a los pobres … Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura … [Y] Morará el lobo con el cordero” (Is 11, 1.4.5.6).
Todo esto es la buena nueva que María vino a anunciar a Isabel, e Isabel la aceptó y creyó. Pero hay más aún. Seguramente María vino también para anunciar la manera por la cual ella ha concebido esta criatura; es decir, que fue concebida por el Espíritu Santo, y no por varón. María, pues, lleva en su vientre al Hijo de Dios. Es decir, su hijo es el mismo Dios, siendo el único Hijo de Dios. Él será un rey sagrado sobre todo el mundo, heredará el trono de David, su padre, tendrá un reino eterno, y será en verdad el único Hijo divino de Dios. “…y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33). ¡Y María será su madre!
Este reino eterno y universal de paz celestial sobre toda la tierra empezó con el hijo de María. Todos nosotros podemos entrar y vivir en este reino, gozando de su paz celestial. Este reino de Dios en la tierra transforma nuestros corazones, porque Cristo ha sido engrandecido hasta los confines de la tierra. Y éste es nuestra paz. Vivimos en esta gran paz si creemos en él y vivimos para él con todo nuestro corazón.
Y ¿cómo vivimos en este reino? Vivimos en alegría, la misma alegría que María tenía al visitar a Isabel con esta buena nueva, la mejor nueva que el mundo jamás ha oído. Por eso dice san Pablo que un cristiano debe ser siempre gozoso —“Estad siempre gozosos”, dice (1 Ts 5, 16)—. “Regocijaos en el Señor siempre —dice—. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra moderación sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5).
¿Cómo, pues, debemos vivir? Debemos vivir en moderación y alegría callada, en gozo interior y secreto, guardando este gozo para no romper este encanto de paz celestial en que vivimos, la paz celestial que los ángeles deseaban al mundo en el nacimiento de Cristo. Debemos vivir “sobria, justa, y piadosamente”, siempre aguardando el regreso glorioso de nuestro Señor sobre las nubes del cielo (Tito 2, 12-13). Vivimos, pues, en el encanto de su reino actual y futuro. Su reino actual es un misterio, conocido sólo por los que creen en él, pero su reino futuro será conocido por todos, y todo ojo lo verá. Los creyentes ven su gloria ahora, reinando en sus corazones y se regocijan; pero el día de su regreso sobre las nubes del cielo con todos sus santos en gran luz, su gloria será vista por todos.
Su reino ha venido, pero en forma misteriosa. Si vivimos bien en el encanto de su reino ahora, seremos juzgados por dignos de reinar en gloria con él eternamente. Él es engrandecido ahora hasta los confines de la tierra para los que viven calladamente en el encanto de su reino; y un día esta gloria será manifiesta y visible a todos.


LA VALENTÍA DE IR CONTRA LA CORRIENTE
P. Steven Scherrer

 

LA VALENTÍA DE IR CONTRA LA CORRIENTE

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 3ª semana de Adviento, 14 de diciembre de 2009
Núm 24, 2-7.15-17, Sal 24, Mt 21, 23-27

“Entonces Balac dijo a Balaam: ¿Qué me has hecho? Te he traído para que maldigas a mis enemigos, y he aquí has proferido bendiciones” (Núm 23, 11).

Balaam era un profeta pagano del río cerca de Moab, y Balac, el rey de Moab, quiso que Balaam viniera para maldecirle a Israel, que fue acampado en Moab en su jornada a Canaán. Balaam fue, pero en vez de maldecir a Israel, lo bendijo. Cuando el rey, Balac, le preguntó por qué lo bendijo en vez de maldecirlo, Balaam contestó: “¿No cuidaré de decir lo que el Señor ponga en mi boca?” (Núm 23, 12).

Aquí, pues, vemos la valentía de Balaam a obedecer al Señor en vez de al rey, Balac. Balaam seguía bendiciendo a Israel, y al fin dijo al rey, Balac, “si Balac me diese su casa llena de plata y oro, yo no podré traspasar el dicho del Señor para hacer cosa buena ni mala de mi arbitrio, mas lo que hable el Señor, eso diré yo” (Núm 24, 13).

La liturgia nos presenta tres figuras hoy: Balaam, Juan el Bautista, y san Juan de la Cruz, cuya memoria celebramos hoy. Todas estas tres personas tienen una cosa en común: la valentía de ir contra la corriente, es decir, escogieron el camino angosto de los pocos y de la vida y la verdad en vez del camino ancho de los muchos, del mundo, que es el camino de la perdición.

Necesitamos la valentía de dejar de seguir la muchedumbre cuando su camino no es correcto y hacer lo recto aun si tenemos que hacerlo solos, sin comunidad alguna. Es difícil hacer esto, porque es siempre más fácil imitar los que están alrededor de nosotros, seguir la muchedumbre, y hacer lo mismo que nuestro grupo hace. Pero no debemos seguir el mundo y los caminos mundanos. Esto sería sólo un conformismo cobarde mientras que el cristiano está llamado a algo más alto. “No os conforméis a este siglo —dijo san Pablo— sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Rom 12, 2). Debemos dejar el conformismo cobarde al mundo y sus estilos y más bien ser transformados en Cristo y dar testimonio a los demás, mostrándoles el camino correcto y más perfecto. Y debemos hacer esto aun si somos los únicos en nuestro ambiente que lo hacemos, como hicieron Balaam, Juan el Bautista, san Juan de la Cruz, y el beato Franz Jägerstätter. Debemos vivir el misterio de la cruz, que es la puerta angosta, la puerta de los pocos, no la puerta de la mayoría, de la muchedumbre. Necesitamos la valentía de ir contra la corriente y no conformarnos al mundo. Así, pues, “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del padre no está en él” (1 Jn 2, 15). “¡Oh almas adúlteras! —dice Santiago— ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (St. 4, 4). Comunidad en cosas buenas es buena; comunidad en cosas mediocres es mediocre, y comunidad en cosas malas es mala. Tenemos que discernir bien y distinguir claramente entre comunidad buena, comunidad mediocre, y comunidad mala, y tener la valentía de ir contra la corriente cuando es necesario.

For a Longer version in English of Friday’s important sermon, “In the Desert, prepare the Way of the Lord,” please see my website www.DailyBiblicalSermons.com under English, then under Seasonal writings


ESPERANDO LA VENIDA DEL SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

ESPERANDO LA VENIDA DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 2ª semana de Adviento, 12 de diciembre de 2009
Eclo 48, 1-4.9-11; Sal 79; Mt 17, 10-13

“¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?” (Mt 17, 10).

Según la profecía de Malaquías, Elías debe venir otra vez a la tierra antes del día del Señor para preparar el pueblo para su venida. “He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día del Señor, grande y terrible —dijo Malaquías—. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” (Mal 4, 5-6).

Jesús nos dijo que Juan el Bautista era Elías que había de venir. Es decir, Juan desempeñó el papel de Elías de preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor. “Y si quieres recibirlo —dijo Jesús— él [Juan] es aquel Elías que había de venir” (Mt 11, 14). Y el ángel Gabriel dijo al padre de Juan que Juan “hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 16-17).

Este fue el papel de Juan el Bautista —preparar en el desierto camino al Señor—. Nosotros también estamos esperando la venida del Señor Jesucristo en su gloria sobre las nubes del cielo, acompañado por todos sus santos en gran luz (Mt 24, 30; 16, 27; Zac 14, 5-6; 1 Ts 4, 16). Es nuestro empeño ahora estar preparados para esta venida (1 Ts 3, 13). Esta es la alegría de Adviento, un tiempo de alegre expectativa y preparación gozosa para la venida del Señor. Juan el Bautista y la Virgen María son nuestros modelos para esta preparación para el Señor. Juan se preparó a sí mismo y preparó el pueblo en el desierto; y la Virgen María se preparó por nueve meses en una vida de santa moderación y modestia, guardando su corazón en toda pureza.

Nosotros también debemos prepararnos cada día más en el desierto al abstenernos de los placeres del mundo y así imitar la vida ascética y solitaria de Juan en el desierto. Debemos también vivir en moderación y alegría callada, una vida sencilla y austera, pacífica y recogida, como Juan el Bautista y la Virgen María, en nuestra preparación para recibir al Señor cuando venga. Adviento es, pues, un tiempo de regocijo callado y moderación. “Regocijaos en el Señor siempre —nos dice san Pablo—. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra moderación sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5). Debemos, pues, vivir en moderación pacífica y recogida, en simplicidad y alegría callada, “renunciando … a los deseos mundanos” y viviendo “sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Señor Jesucristo” (Tito 2, 12-13).


EN EL DESIERTO, PREPARAD CAMINO AL SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

EN EL DESIERTO, PREPARAD CAMINO AL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 2ª semana de Adviento, 11 de diciembre de 2009
Is 48, 17-19, Sal 1, Mt 11, 16-19

“…vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene” (Mt 11, 18).

Durante Adviento, Juan el Bautista es uno de nuestros modelos, junto con la Virgen María y el profeta Isaías. Juan, como vemos en este versículo, era un asceta, ni comía como los demás, ni bebía vino. Su comida era “langostas y miel silvestre” (Mt 3, 4). Y el ángel Gabriel dijo a Zacarías, su padre, que Juan “No beberá vino ni sidra” (Lc 1, 15). Y Juan vivía en el desierto desde su juventud. San Lucas nos dice que “el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Lc 1, 80). Estuvo en el desierto probablemente porque Isaías ha dicho: “Una voz clama: En el desierto abrid camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios” (Is 40, 3-4 BJ). Este texto fue importante para Juan. Cuando le preguntaron: “¿Qué dices de ti mismo? Dijo: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor” (Jn 1, 22-23).

Juan, pues, ya fue un asceta en el desierto cuando recibió su llamado para ser profeta. San Lucas nos dice que “vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 3, 2). Pero en realidad, él fue llamado antes de su concepción cuando el ángel Gabriel anunció su nacimiento a Zacarías, su padre, diciendo que Juan “irá delante de él [Dios] con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17).

Y ¿qué mejor lugar hay para un asceta que el desierto?, como los monjes de Egipto descubrieron tres siglos después. Allí preparó el camino del Señor, enderezando calzada en la soledad a nuestro Dios. Jesús también recomendó el ayuno aunque él mismo no ayunaba porque estaba inaugurando el reino de Dios y su vida era como el tiempo de las bodas; pero dijo que “vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán” (Mt 9, 15).

La vida, pues, de Juan en el desierto es nuestro modelo durante Adviento; y para los monjes, él es su modelo para todo el año y para toda su vida; y esto no es sólo para monjes, sino cada creyente está invitado a seguir el ejemplo de Juan y la enseñanza ascética de Jesús (Mt 13, 44-46; 19, 21; 6, 24.19-21) y de san Pablo (Gal 6, 14; Col 3, 1-2).

Juan esperaba la venida del Mesías y el reino de Dios en el desierto, en una vida de oración y ayuno, renunciando a los placeres del mundo para vivir sólo para Dios con todo su corazón, sin división, para estar preparado cuando el Mesías viniera; y predicó para preparar “al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17). Enseñó tanto por su vida y ejemplo como por su palabra. Siguiéndole, debemos volver al Señor con toda nuestra atención y corazón y vivir en silencio, soledad, y ayuno de los placeres del mundo para tener un corazón indiviso en nuestro amor por Dios, y así estar preparados para la venida del Señor.


EL MÁS PEQUEÑO EN EL REINO ES MAYOR QUE JUAN
P. Steven Scherrer

 

EL MÁS PEQUEÑO EN EL REINO
ES MAYOR QUE JUAN

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 2ª semana de Adviento, 10 de diciembre de 2009
Is 41, 13-20, Sal 144, Mt 11, 11-15

“De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él” (Mt 11, 11).

Una nueva era comienza después de Juan el Bautista, la era del reino de Dios. Desde Adán hasta Juan era el tiempo de preparación. “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado” (Lc 16, 16). Juan fue el último profeta. Después de él, es el tiempo de cumplimiento, el tiempo del reino de Dios, que comenzó en la tierra con la predicación de Jesús. Nosotros, pues, vivimos en este tiempo de cumplimiento, que es mucho más grande que el tiempo de preparación, tanto que aunque Juan era el más grande de los profetas, “el más pequeño en el reino de los cielos mayor es que él” (Mt 11, 11). Como una persona, Juan era muy grande espiritualmente, pero las ventajas y bendiciones del reino de Dios son tanto más grandes que aun un joven que vive en el reino de Dios es mayor que Juan.

Esta es la grandeza en que vivimos ahora en Jesucristo, en su reino de paz celestial y hermandad universal sobre toda la tierra (Is 9, 7; Lc 1, 23-33). Somos bendecidos en él, porque él nos justificó por su muerte vicaria y sacrificial, que cumplió nuestra sentencia de muerte por nuestros pecados por nosotros. Él nos ilumina (2 Cor 4, 6) y llena del Espíritu Santo (Jn 16, 7), haciéndonos resplandecientes delante de él.

Ahora es también un tiempo de violencia. “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). Este versículo tiene varios significados, uno de los cuales es que los violentos arrebatan el reino de Dios, en el sentido de que los que se dedican completamente al reino con todo su corazón son los que entran en ello. Y, de veras, la enseñanza de Jesús nos invite a este tipo de violencia santa a nosotros mismos, hasta que cortamos y renunciamos a todo lo demás para entrarlo con todo nuestro corazón, con un corazón indiviso. Cortamos nuestra mano y pie y sacamos nuestro ojo si ellos nos escandalizan (Mt 5, 29-30) —es decir, hacemos grandes sacrificios por el reino de Dios, hasta renunciar a nuestra familia (Lc 14, 26; 18, 29; 9, 59-62) y a todo lo que tenemos (Mt 13, 44-46; 19, 21; 14, 33) para servir sólo a Cristo como a nuestro único Señor (Mt 6, 24)—. Esta es violencia santa a nosotros mismos, y los que arrebatan el reino de Dios de esta manera, lo arrebatan violentamente —con violencia—. Y son ellos que entran en él verdaderamente y que son los verdaderos discípulos. ¡Cuánto más violentamente y radicalmente podemos hacer esto, tanto mejor!

Vivimos, pues, ahora en este reino de Dios. Benditos son nuestros ojos porque ven lo que ven (Mt 13, 16-17), porque Dios nos cumple las palabras de Isaías, abriéndonos en las alturas ríos, y fuentes en medio de los valles; abre en el desierto estanques de aguas y manantiales de aguas en la tierra seca. Y en el desierto, nos da cedros, cipreses, y pinos (Is 41, 18-19), símbolos de la riqueza en que vivimos ahora.

Para ver tres años pasados de mis sermones de Adviento y mis sermones y otros escritos corrientes de Adviento, en español e inglés, vean mi página de Web: www.DailyBiblicalSermons.com


EL SEÑOR ESTÁ CERCA
P. Steven Scherrer

 

EL SEÑOR ESTÁ CERCA

P. Steven Scherrer

Homilía del 3 domingo de Adviento, 13 de diciembre de 2009
Sof 3, 14-18, Is 12, Fil 4, 4-7, Lc 3, 10-18

“Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo” (Lc 3, 10-11).

Estas son las palabras de Juan el Bautista. Había gran expectación en aquel tiempo “…el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo” (Lc 3, 15). Juan era la “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor” (Lc 3, 4). Y todos salían para oírlo (Mt 3, 5), y les dijo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 3, 2). “Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre” (Mt 3, 4). Es decir, se vistió y vivió como un profeta, como Elías (2 Reyes 1, 8). Pero era más que un profeta. Predicaba que el reino de Dios se ha acercado, y que él estaba preparando el camino del Señor ahora. El pueblo, pues, “estaba en expectativa”, porque ha oído que el reino de Dios se ha acercado, es decir, que la nueva edad de salvación, la era mesiánica, iba a aparecer en cualquier momento. Y quisieron saber qué, entonces, deben hacer. ¿Cómo, pues, deben vivir en este reino que estaba al punto de aparecer? Y Juan les respondió, diciendo que deben vivir en adelante de una manera nueva. Deben dedicarse a los demás y practicar el amor al prójimo. Deben vivir justamente en el futuro, no haciendo extorsión a nadie, ni calumniando.

El reino de Dios ha venido como dijo Juan. Vino con el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, encarnado aquí en la tierra para su transformación. Cristo vino para cambiar al mundo en un reino universal de paz celestial y hermandad. En el reino de Dios, debemos, pues, vivir de una manera nueva, no como vivíamos anteriormente. Debemos vivir en justicia, paz, y amor por los demás, dedicándonos a su salvación y bienestar. Vemos la motivación y el interés de personas ordinarias —publicanos y soldados, personas prácticas y sencillas—. Están motivadas ahora —por la predicación de Juan— a cambiar su vida.

Así es el reino de Dios en que vivimos nosotros. Vemos que tenemos que cambiar nuestro estilo de vivir, viviendo en adelante de una manera justa y recta, dedicándonos a los demás, no viviendo para nosotros mismos, sino para Dios y para el servicio de nuestro prójimo por amor a Dios.

Dios nos transforma con su reino, traído al mundo por Jesucristo. Él pone su paz en nuestros corazones y nos ilumina. Él nos revela su esplendor y nos llena de este mismo esplendor, amor, y luz. Entonces debemos vivir conforme a esta nueva realidad que ha venido al mundo: en hermandad, dedicación, y amor a nuestro prójimo, dando gloria a Dios en las alturas y viviendo en la paz del cielo que Cristo, el Señor, trajo al mundo en su nacimiento.

Con Emanuel, Dios vive ahora con nosotros, entre nosotros, y dentro de nosotros. Por eso “Canta, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh Israel; gózate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén … el Señor es Rey de Israel en medio de ti … el Señor está en medio de ti” (Sof 3, 14.15.17). Esta profecía ha sido cumplida en Jesucristo y en nosotros, porque Jesucristo todavía está en medio de nosotros. Él vive con nosotros y dentro de nosotros. Él está en el mundo —en su reino— para la transformación del mundo y para nuestra transformación en hombres nuevos, una nueva creación, nuevas criaturas, con un nuevo estilo de vivir, no más buscando los placeres del mundo (Col 3, 1-2), no más dividiendo nuestro corazón por ellos, sino viviendo en justicia y simplicidad, en amor y paz, dando gloria a Dios en las alturas y viviendo en paz con nuestro prójimo, dedicándonos a su salvación y santificación.

Somos diferentes ahora, porque el reino de Dios está dentro de nosotros, y vivimos en este reino de paz universal en Jesucristo. “He aquí —dijo Jesús— el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 21). Está entre nosotros también; y si vivimos en el reino de Dios, vivimos en una nueva dimensión, y por eso vivimos de una manera nueva.

Y ¿cómo, más precisamente, debemos vivir ahora en el reino de Dios, predicado por Juan el Bautista en el desierto e inaugurado por Jesucristo? San Pablo nos da la respuesta: “Regocijaos en el Señor siempre —dice—. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra moderación sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5). Debemos, pues, vivir en alegría, moderación, y con un sentido de la cercanía del Señor —“El Señor está cerca”—. Debemos guardar la llama del amor divino quemando en nuestro corazón por medio de la moderación, viviendo “en este siglo sobria, justa, y piadosamente”, “renunciando a … los deseos mundanos”, y “aguardando la esperanza y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2, 12.13). Toda nuestra vida debe ser una de moderación, con atención a sus detalles, renunciando a los placeres del mundo, y preparándonos en todo tiempo para la venida de nuestro Señor Jesucristo en su gloria en las nubes del cielo con todos sus santos en gran luz.

For a longer version of Monday’s important sermon, “Days of Splendor Have Arrived,” please look my website (www.DailyBiblicalSermons.com), under ENGLISH, then under SEASONAL WRITINGS.

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DÍAS DE ESPLENDOR HAN LLEGADO
P. Steven Scherrer

 

DÍAS DE ESPLENDOR HAN LLEGADO

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 2ª semana de Adviento, 7 de diciembre de 2009
Is 35, 1-10, Sal 84, Lc 5, 17-26

“Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá” (Is 35, 1).

Esta bella profecía mesiánica nos da un buen sentido de cómo realmente es nuestra edad, la nueva edad de salvación, los últimos días del mundo, en que vivimos. Vivimos, pues, en los días del Mesías, los días mesiánicos, los días de cumplimiento. Con Jesucristo, el reino de Dios ha entrado en el mundo para nuestra salvación. Tenemos en él el perdón de nuestros pecados, y somos restaurados a la unión con Dios, lo cual nos da verdadera alegría en nuestros corazones y nos ilumina. Nos hace nuevos, renovándonos interiormente, haciéndonos una nueva creación. Jesucristo nos transforma, poniendo la vida divina en nosotros, y dándonos vida eterna con él ahora. Esto es una nueva calidad de vida, que nos eleva. Nos hace hombres nuevos (Ef 4, 22-24), buscando ahora las cosas de arriba y no más los placeres del mundo (Col 3, 1-2). El perdón y la justificación de Cristo nos dan verdadera alegría, que sólo Dios puede dar. Este nuevo poder entró en el mundo con el nacimiento de Jesucristo en Belén. Es un reino de paz sobre la tierra, el reino de Dios sobre los corazones de los hombres. Es una nueva edad, ya comenzada en medio de esta edad vieja, y los que aceptan a Jesucristo son nacidos de nuevo en él y ven el esplendor de este reino. Cristo resplandece en sus corazones (2 Cor 4, 6), iluminándolos por dentro, llenándolos de esplendor.

Isaías profetiza esta edad nueva en que vivimos ahora en Jesucristo. Y hoy Jesús prueba, demuestra, y confirma que sí, tiene poder en la tierra para perdonar pecados e introducirnos en su reino al curar a un paralítico después de decirle que sus pecados le son perdonados (Lc 5, 20.23-24). Isaías describe la era mesiánica en que vivimos con Jesús, el Mesías. Dice: “Florecerá [nuestro desierto] profusamente y también se alegrará y cantará con júbilo” (Is 35, 2). No hay alegría interior más grande que el perdón de nuestros pecados y la luz de Cristo resplandeciendo en nuestros corazones, haciéndonos resplandecientes delante de Dios. Entonces nuestro desierto florece, y cantamos con júbilo. “…la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la hermosura del Dios nuestro” (Is 35, 2). La gloria del Líbano es sus árboles: cedros, cipreses, y pinos (Is 60, 13). Crecerán en el desierto de Judá en los días mesiánicos. Vivimos, pues, entre estos árboles gloriosos ahora. Vivimos en la gloria del Líbano, porque nuestro Mesías ha venido y está con nosotros, renovándonos interiormente, llenándonos del amor de Dios y de su luz. Esto es manaderos de aguas en el sequedal, “porque, aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad” (Is 35, 6).

Así nos trata Dios en este tiempo presente de perdón y cumplimiento. Los tiempos mesiánicos son tiempos de esplendor, gloria, y luz. Regocijémonos, pues, en ellos, perdonados y justificados, vestidos del manto de justicia (Is 61, 10) y adornados de la diadema de la gloria de Dios (Bar 5, 2).


UN REINO DE LUZ Y ESPLENDOR
P. Steven Scherrer

 

UN REINO DE LUZ Y ESPLENDOR

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 1ª semana de Adviento, 5 de diciembre de 2009
Is 30, 19-21.23-26, Sal 146, Mt 9, 35-10, 1.6-8

“Y la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol siete veces mayor, como la luz de siete días” (Is 30, 26).

Seguimos hoy meditando sobre la salvación de Dios como el cumplimiento de profecía, para ver cómo vivimos ahora en el tiempo de cumplimiento, en los tiempos profetizados, los tiempos mesiánicos. El Mesías ya ha venido. Por eso las profecías mesiánicas son sobre nuestros días. Ahora bien, para los que tienen los ojos de fe, la luz de la luna es más brillante ahora, como la luz del sol, y la luz del sol es siete veces mayor ahora, como la luz de siete días (Is 30, 26). Vivimos, pues, en la luz. Somos iluminados por el Hijo de Dios. Él nos ilumina, y somos hechos resplandecientes en su luz. Vivimos en su luz y nos calentamos en su esplendor.

Todo esto es interior ahora, pero un día, será exterior también, y todo ojo lo verá. Pero lo que es interior para los que creen en Jesucristo es muy importante. Así es que en Jesucristo el reino de Dios vino antes del fin del mundo, en una forma muy humilde, como una semilla de mostaza. Pero esta semilla producirá un gran arbusto, que aparecerá en la segunda venida de Jesucristo (Mt 13, 31-32). Entonces el esplendor de su gran luz será visto por todos.

Cuando Jesús envió a sus doce apóstoles, les dijo: “id … y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado” (Mt 10, 6.7). Ellos fueron los agentes del reino de Dios en la tierra, de este reino de paz universal sobre toda la tierra, que ha venido con el llegado de Jesucristo en el mundo. Ellos deben invitar a muchos a entrar en este reino de paz celestial sobre toda la tierra, este reino de luz y esplendor, este espléndido reino de los cielos sobre la tierra, en que todos viven en paz con Dios, con la paz de Dios en sus corazones, y en paz con su prójimo por amor a Dios. Es el reino de los que aman a Dios con todo su corazón, con un corazón indiviso, reservado sólo para él. Es el reino en que todos derraman sus vidas para la salvación de su prójimo a causa del amor que tienen para Dios.

Podemos vivir en este reino ahora al aceptar a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y al resolver a vivir en adelante completamente para él en todo aspecto de nuestra vida, renunciando a los placeres del mundo y de esta vieja creación, y al derramarnos en servicio de nuestro prójimo. Entonces tenemos que extender este reino de luz y esplendor, de paz celestial y del amor divino, a todas partes del mundo, para la transformación del mundo, para que esté preparado para la segunda venida en gloria de nuestro Señor Jesucristo en las nubes del cielo.


VENGA TU REINO
P. Steven Scherrer

 

VENGA TU REINO

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 1ª semana de Adviento, 4 de diciembre de 2009
Is 29, 17-24, Sal 26, Mt 9, 27-31

“¡Entonces los humildes crecerán en alegría en el Señor, y aun los más pobres de los hombres se gozarán en el Santo de Israel!” (Is 29, 19).

Esta es una profecía mesiánica. Con la venida del Mesías al mundo, vivimos en el tiempo de cumplimiento de esta profecía. Los que creen en Jesucristo y son nacidos de nuevo en él viven ahora en esta alegría de Dios, presente en sus corazones y en la tierra, transformándola si tan sólo pueden obedecerlo continuamente y evitar cayendo en pecado e imperfecciones. Y aun si caen en imperfecciones y experimentan la ira de Dios, son salvos de esto por el sufrimiento vicario de Cristo, que sufrió el castigo de ellos por ellos en la cruz. Viven, pues, en el reino de Dios, que ya ha venido. Este reino, presente en Jesucristo, es la fuente de toda alegría humana. Es la verdadera alegría del espíritu que sólo Dios puede dar, y él la da por medio de su Hijo, hecho hombre, encarnado en el mundo para transformarlo y para traerle la paz celestial. Los que viven en él tienen el perdón de sus pecados, y la pena de su culpabilidad es quitada. Viven, pues, en el esplendor de su reino aquí en la tierra, en medio de este mundo viejo con todos sus problemas. Y en este reino de Dios, los humildes y los más pobres se gozan en su Mesías. Así es cumplida la antífona de entrada de hoy: “He aquí que el Señor vendrá con esplendor a visitar a su pueblo, para traerle la paz y la vida eterna”.

Esta antífona es también la expresión de nuestra esperanza para el futuro. Sobre todo durante Adviento, es nuestra alegría prepararnos para este bello futuro cuando veremos a Jesucristo, todo rodeado de luz, viniendo en su gloria con las nubes del cielo, acompañado de todos sus santos. Vivimos ahora, pues, en esta visión resplandeciente en medio de la oscuridad de la vida presente. Lo vemos ahora por la fe y en la alegría de nuestro corazón. Pero él está todavía velado de nosotros porque su reino todavía no ha sido consumado. Por eso vivimos en esperanza. Pero es una alegre esperanza, llena de actividad y preparación. Cada día, no importa cómo nos sentimos, seguimos preparándonos más para la venida de su reino en su plenitud aquí en la tierra —un reino universal de paz celestial sobre toda la tierra (Is 9, 6; Lc 1, 32-33)—. Tratamos de evitar el pecado y el desobedecer a Dios para no perder su paz. Ayudamos a nuestro prójimo, usando los dones que Dios nos dio para esto y nos dedicamos completamente al Señor en todo lo que hacemos. Esta es nuestra alegre preparación para la venida del Señor, para la transformación de la tierra. Esperamos con alegre expectativa el día en que “el Señor vendrá con esplendor a visitar a su pueblo, para traerle la paz y la vida eterna” (antífona de entrada). Cuando él vendrá con esplendor, él nos llenará del mismo esplendor y alegría de corazón. Esperamos este gran día de esplendor. Vivimos ahora, pues, por la fe, en espera de este gran día, y es nuestra alegría prepararnos para ello ahora. Lo hacemos por nuestra fe y obediencia perfecta a la voluntad de Dios y al despojarnos de todo lo demás para vivir sólo para él en este mundo con todo nuestro corazón, con un corazón indiviso en su amor por él.


EL CAMINO DE LA VIDA
P. Steven Scherrer

 

EL CAMINO DE LA VIDA

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 1ª semana de Adviento, 3 de diciembre de 2009
Is 26, 1-6, Sal 117, Mt 7, 21.24-27

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is 26, 3).

Hay dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. “…escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando al Señor tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días” (Dt 30, 19). El camino de la vida es el camino de la obediencia a la voluntad de Dios. El camino de la muerte es el camino de la desobediencia a su voluntad. Dios nos da el don de su paz, pero lo perderemos si no le obedecemos perfectamente. Pero si le obedecemos con exactitud, él nos perseverará en completa paz y alegría de espíritu. Para ser salvos, tenemos que creer en el Salvador, Jesucristo. Entonces Dios nos salvará. Perdonará nuestros pecados y desobediencia y pondrá su perfecta paz, su paz celestial, en nuestro corazón. Entonces nos regocijaremos en el Espíritu Santo y exultaremos en el nombre del Señor. Si continuamos en su voluntad, obedeciéndola perfectamente, seguiremos en este gran gozo y paz celestial, glorificando a Dios en nuestro corazón. Los que viven así son los justos. Justificados por Cristo, permanecen en su voluntad y se regocijan en su paz y gloria. “Estos alzarán su voz, cantarán gozosos por la grandeza del Señor; desde el mar darán voces” (Is 24, 14). “La senda del justo es recta; tú allanas la senda recta del justo” (Is 26, 7). En verdad, “Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios” (Sal 24, 10).

Pero si desobedecemos a Dios, perdemos toda esta paz y sufrimos angustia del espíritu y depresión, porque estamos entonces bajo de su ira, y él está disciplinándonos en su amor por nosotros para nuestro bien (Heb 12, 5-11). Es por esta razón que el profeta Isaías dice que el Señor “derribó a los que moraban en lugar sublime; humilló a la ciudad exaltada, la humilló hasta la tierra, la derribó hasta el polvo” (Is 26, 5). Es porque son desobedientes. En su soberbia, no siguen la voluntad de Dios. Han escogido, pues, el camino de la muerte, no de la vida. Han edificado la casa de su vida sobre la arena, y cayó; pero la casa del que edificó sobre la roca de la obediencia a la voluntad de Dios no cayó (Mt 7, 24-27). El punto es que tenemos que hacer más que sólo creer. Tenemos que hacer la voluntad de Dios como él nos la revela en nuestra vida, en nuestro corazón, en nuestra experiencia, y en su palabra. Así, pues, “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos —dijo Jesús—, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7, 21).

Si quieres tener paz en tu corazón y no vivir en el dolor de la culpabilidad y depresión, tienes que creer en Jesucristo para tu salvación y para el perdón de tus pecados y para el don de la alegría del Espíritu Santo y entonces hacer su voluntad con exactitud. Este es el camino de la vida.


VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO, PREPARAD EL CAMI
P. Steven Scherrer

 

VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO, PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del 2º domingo de Adviento, 6 de diciembre de 2009
Baruc 5, 1-9, Sal 125, Fil 1, 4-6.8-11, Lc 3, 1-6

“Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado” (Lc 3, 5).

Juan el Bautista era el cumplimiento de la profecía de Isaías. Era una voz clamando en el desierto, diciendo: “Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos allanados; y verá toda carne la salvación de Dios” (Lc 3, 4-6; Is 40, 3-5).

El tiempo de cumplimiento ha llegado, y la salvación de Dios está al punto de manifestarse. Por eso Juan vino al desierto para preparar allí el camino del Señor, para llamar a la nación al arrepentimiento para el perdón de sus pecados, para que esté preparada para recibir su Mesías y Salvador cuando aparezca. Todo tiene que estar preparado. El camino del Señor tiene que ser enderezado; por eso los montes tienen que bajarse, y los valles rellenarse. Es un nuevo camino de salvación para su pueblo y para toda carne, porque “verá toda carne la salvación de Dios” (Lc 3, 6).

El tiempo de la salvación ha llegado. Las profecías serán cumplidas en este tiempo presente. Este es el mensaje de Juan el Bautista. La nueva edad de salvación está al punto de comenzar, y el reino de Dios vendrá con esplendor y gloria. El tiempo de este esplendor ya ha llegado.

Y ¿dónde se va Juan para preparar para esto? Va al desierto, lejos de la distracción, ruido, música, entretenimiento, y conversaciones del mundo; lejos de su soberbia, de su manera de vestirse, de sus fiestas, banquetes, bailes, actividades culturales, diversiones, y tentaciones. Escogió vivir en la soledad y silencio con Dios, en la pureza, desprendido y despojado de todo lo demás, y desapegado de todo lo que divide el corazón de un amor puro e indiviso, sólo para el Señor. Él quiso preparar su corazón y los del pueblo para que sean indivisos, reservados únicamente para el Señor. ¿Y en qué mejor lugar pudiera vivir para hacer esto que el desierto? Allí pudo purificarse a sí mismo y purificar a un pueblo para el Señor.

Él se fue al desierto para ser uno de los benditos pobres del Señor. El reino de Dios es de ellos (Lc 6, 20). En esto, Juan es nuestro modelo durante Adviento. En el desierto, nuestro camino puede ser enderezado, nivelado, allanado, rellenado, y bajado —hecho una llanura—. Así nosotros también podemos vivir, sólo para el Señor con todo el amor de nuestro corazón, desprendidos de todo lo demás, desapegados de los apegos de este mundo, que dividen nuestro corazón. Al vivir así, podemos reservar nuestro corazón sólo para el Señor en todo aspecto de nuestra vida y así experimentar la alegría de su venida en la tierra.

El reino de Dios vino a la tierra en Jesucristo, y los que están preparados —los que preparan en el desierto el camino del Señor— disfrutan de su alegría y esplendor. La gran revelación de Jesucristo es que este espléndido reino vino ya de antemano, en medio de la historia, en Jesucristo, en vez de sólo al fin del mundo, como los judíos esperaban. Por eso ellos no reconocían su venida en Jesús, porque pensaban que el mundo tuvo que terminar primero y que el esplendor de Dios habría de manifestarse abiertamente antes de que el reino de Dios se estableciera en el mundo. Pero el gran secreto de Dios es que este reino de Dios vino a la tierra en el nacimiento de Jesucristo, y que todos los que creen en él pueden vivir en este reino ahora, disfrutando de su paz celestial y de sus bendiciones. Tienen el perdón de sus pecados y la cancelación de su culpabilidad ahora por medio de Jesucristo y su muerte sacrificial en la cruz.

Para experimentar esta alegría, tenemos que ir con Juan al desierto y vivir allí, despojados de todo lo de este mundo, de todos sus placeres. Entonces su luz nos iluminará, y veremos su esplendor dentro de nosotros.

¿Y cómo debemos vivir en el desierto? Debemos vivir allí en alegre expectativa para la consumación completa del reino de Dios cuando Cristo volverá en toda su gloria por segunda vez sobre las nubes del cielo. Es por eso que esperamos y nos preparamos para la parusía durante Adviento, sabiendo que el que comenzó en nosotros una buena obra, “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil 1, 6). Debemos vivir en el cumplimiento actual de las profecías, esperando y preparándonos para su consumación final, para que seamos “sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia” (Fil 1, l0-11). Debemos vivir como estuviéramos en un desierto, desprendidos y despojados de las cosas del mundo, para que nuestros corazones sean “irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (1 Ts 3, 13).

Así podremos vivir en la alegría del perdón de nuestros pecados y en la paz celestial del reino de Dios, preparando el camino del Señor en nuestro corazón y en el mundo, para que todos estén preparados cuando nuestro Señor Jesucristo vendrá en toda su gloria sobre las nubes del cielo con todos sus santos en gran luz.

Queridos amigos,

Si les han gustado mis sermones, por favor vean mi página de Web (www.DailyBiblicalSermons.com) y lean mi artículo, “Advent – 2009”, bajo de SEASONAL WRITINGS, y vean mis otros escritos sobre Adviento y Navidad en español e inglés (en español bajo de NAVIDAD). Los en inglés son diferentes de los en español.

También vean mis tres años de sermones anteriores sobre Adviento (bajo HOMILÍAS ANTERIORES) para lectura espiritual de Adviento y para ayuda en escribir homilías. Son en español e inglés.

¡Feliz lectura, feliz Adviento, y feliz Navidad!

Sinceramente,

P. Steven Scherrer
Ossining, Nueva York



VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO: PREPARAD EL CAMI
P. Steven Scherrer

 

VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO: PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del 2º domingo de Adviento, 6 de diciembre de 2009
Baruc 5, 1-9, Sal 125, Fil 1, 4-6.8-11, Lc 3, 1-6

“Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado” (Lc 3, 5).

Juan el Bautista era el cumplimiento de la profecía de Isaías. Era una voz clamando en el desierto, diciendo: “Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos allanados; y verá toda carne la salvación de Dios” (Lc 3, 4-6; Is 40, 3-5).

El tiempo de cumplimiento ha llegado, y la salvación de Dios está al punto de manifestarse. Por eso Juan vino al desierto para preparar allí el camino del Señor, para llamar a la nación al arrepentimiento para el perdón de sus pecados, para que esté preparada para recibir su Mesías y Salvador cuando aparezca. Todo tiene que estar preparado. El camino del Señor tiene que ser enderezado; por eso los montes tienen que bajarse, y los valles rellenarse. Es un nuevo camino de salvación para su pueblo y para toda carne, porque “verá toda carne la salvación de Dios” (Lc 3, 6).

El tiempo de la salvación ha llegado. Las profecías serán cumplidas en este tiempo presente. Este es el mensaje de Juan el Bautista. La nueva edad de salvación está al punto de comenzar, y el reino de Dios vendrá con esplendor y gloria. El tiempo de este esplendor ya ha llegado.

Y ¿dónde se va Juan para preparar para esto? Va al desierto, lejos de la distracción, ruido, música, entretenimiento, y conversaciones del mundo; lejos de su soberbia, de su manera de vestirse, de sus fiestas, banquetes, bailes, actividades culturales, diversiones, y tentaciones. Escogió vivir en la soledad y silencio con Dios, en la pureza, desprendido y despojado de todo lo demás, y desapegado de todo lo que divide el corazón de un amor puro e indiviso, sólo para el Señor. Él quiso preparar su corazón y los del pueblo para que sean indivisos, reservados únicamente para el Señor. ¿Y en qué mejor lugar pudiera vivir para hacer esto que el desierto? Allí pudo purificarse a sí mismo y purificar a un pueblo para el Señor.

Él se fue al desierto para ser uno de los benditos pobres del Señor. El reino de Dios es de ellos (Lc 6, 20). En esto, Juan es nuestro modelo durante Adviento. En el desierto, nuestro camino puede ser enderezado, nivelado, allanado, rellenado, y bajado —hecho una llanura—. Así nosotros también podemos vivir, sólo para el Señor con todo el amor de nuestro corazón, desprendidos de todo lo demás, desapegados de los apegos de este mundo, que dividen nuestro corazón. Al vivir así, podemos reservar nuestro corazón sólo para el Señor en todo aspecto de nuestra vida y así experimentar la alegría de su venida en la tierra.

El reino de Dios vino a la tierra en Jesucristo, y los que están preparados —los que preparan en el desierto el camino del Señor— disfrutan de su alegría y esplendor. La gran revelación de Jesucristo es que este espléndido reino vino ya de antemano, en medio de la historia, en Jesucristo, en vez de sólo al fin del mundo, como los judíos esperaban. Por eso ellos no reconocían su venida en Jesús, porque pensaban que el mundo tuvo que terminar primero y que el esplendor de Dios habría de manifestarse abiertamente antes de que el reino de Dios se estableciera en el mundo. Pero el gran secreto de Dios es que este reino de Dios vino a la tierra en el nacimiento de Jesucristo, y que todos los que creen en él pueden vivir en este reino ahora, disfrutando de su paz celestial y de sus bendiciones. Tienen el perdón de sus pecados y la cancelación de su culpabilidad ahora por medio de Jesucristo y su muerte sacrificial en la cruz.

Para experimentar esta alegría, tenemos que ir con Juan al desierto y vivir allí, despojados de todo lo de este mundo, de todos sus placeres. Entonces su luz nos iluminará, y veremos su esplendor dentro de nosotros.

¿Y cómo debemos vivir en el desierto? Debemos vivir allí en alegre expectativa para la consumación completa del reino de Dios cuando Cristo volverá en toda su gloria por segunda vez sobre las nubes del cielo. Es por eso que esperamos y nos preparamos para la parusía durante Adviento, sabiendo que el que comenzó en nosotros una buena obra, “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil 1, 6). Debemos vivir en el cumplimiento actual de las profecías, esperando y preparándonos para su consumación final, para que seamos “sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia” (Fil 1, l0-11). Debemos vivir como estuviéramos en un desierto, desprendidos y despojados de las cosas del mundo, para que nuestros corazones sean “irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (1 Ts 3, 13).

Así podremos vivir en la alegría del perdón de nuestros pecados y en la paz celestial del reino de Dios, preparando el camino del Señor en nuestro corazón y en el mundo, para que todos estén preparados cuando nuestro Señor Jesucristo vendrá en toda su gloria sobre las nubes del cielo con todos sus santos en gran luz.


Dear Friends,

If you have enjoyed my sermons, please see my website (www.DailyBiblicalSermons.com) to read my article, “Advent—2009,” under SEASONAL WRITINGS and my other Advent and Christmas writings in English and Spanish (in Spanish under NAVIDAD). The Spanish ones are different from the English ones.

Also see my three years of previous Advent sermons (under PREVIOUS HOMILIES) for Advent spiritual reading and homily helps. They are in both English and Spanish.

Happy reading and happy Advent and Christmas season!

Sincerely yours in Christ,

Fr. Steven Scherrer
Ossining, New York

LLAMADOS A EVANGELIZAR
P. Steven Scherrer

 

LLAMADOS A EVANGELIZAR

P. Steven Scherrer

Homilía para la fiesta de san Andrés, 30 de noviembre de 2009
Rom 10, 9-18, Sal 18, Mt 4, 18-22

“Y les dijo: Venid en pos de mí, y yo os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron” (Mt 4, 19-20).

Hoy celebramos la fiesta de san Andrés, hermano de san Pedro. Era a Andrés y a Pedro que Jesús dirigió este llamado, prometiendo a hacerles pescadores de hombres. La respuesta inmediata, radical, y completa de ellos a este llamado es el tipo de respuesta que Jesús quiere ver en los que él llama a entrar en su reino y ser apóstoles y misioneros para predicar el reino de Dios y la salvación en Jesucristo al mundo. Ellos, pues, son modelos para nosotros, mostrándonos el tipo de respuesta que nosotros también debemos dar al llamado de Jesús.

San Pablo habla hoy de la belleza de la vocación misionera, citando las palabras de Isaías: “¡Cuán hermosos sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación!” (Is 52, 7; Rom 10, 15). Es verdad que todos los que invocan con fe a Jesús como Señor serán salvos, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Rom 10, 13). Es así, porque “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Rom 10, 9-10).

Pero el trabajo del misionero —como lo fue san Andrés— es anunciar el evangelio a los que todavía no lo han oído, para que ellos también tengan la oportunidad de creer en Jesucristo y ser salvos. ¿Cómo, pues, pueden creer si no han oído de él? Alguien tiene que ir y predicar para que puedan oír, creer, y ser salvos. Esta es nuestra vocación como cristianos. Pero algunos son llamados específicamente y particularmente como misioneros, enviados a otros pueblos para predicarles la salvación en Jesucristo. Podemos predicar con la boca o al escribir, y hoy podemos usar medios nuevos de comunicación para hacer esto. Pero la cosa importante es dar testimonio público de nuestra fe e invitar a los demás a creer en Jesucristo para su salvación; es decir, para su libración del pecado y de la culpabilidad. Tenemos que hacer más que sólo dar asistencia social. Los invitamos a entrar en el reino de Dios, que es un reino de paz celestial y universal sobre toda la tierra. Es un don milagroso de Dios para nuestra iluminación y transformación.

Jesucristo nos revela a Dios. Por medio de él, entramos en comunión con Dios. Entramos en su reino ahora en medio de este mundo viejo para su transformación y renovación. Y al entrar en el reino de Dios, vivimos de una manera nueva y diferente, porque vivimos ahora sólo para Dios y su servicio en todo aspecto de nuestra vida. Vivimos una vida de renuncia a todo por él, para amarlo con todo nuestro corazón, con un corazón indiviso. Creer en Jesucristo, pues, es ser salvo y predicar su salvación a los demás.


NO DEBEMOS VIVIR SEGÚN LA CARNE
P. Steven Scherrer

 

NO DEBEMOS VIVIR SEGÚN LA CARNE

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, última semana del año, 28 de noviembre de 2009
Dan 7, 15-27, Dan 3, Lc 21, 34-36

“Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” (Lc 21, 34).

El vivir en los últimos tiempos, esperando la venida del Señor y estando siempre sobre aviso quiere decir vivir de una cierta manera, no según la carne y sus deseos para placer, que dividen el corazón de un amor puro, reservado sólo para el Señor, sino según el Espíritu en toda pureza, sencillez, y simplicidad. Estar preparados para la venida del Señor quiere decir vivir desprendidos de los placeres mundanos, despojados, y desapegados de ellos, porque son como los espinos que ahogan la semilla para que no lleve fruto (Lc 8, 14). Más bien debemos servir sólo a un Señor, Dios, no a dos señores —a Dios y también a las riquezas y placeres del mundo (Mt 6, 24)—. Es imposible servir a dos señores, aunque muchos tratan de hacerlo. Esto sólo divide el corazón. Debemos, pues, tener sólo un tesoro, y este en el cielo (Mt 6, 19-21), porque donde está nuestro tesoro, allí también estará nuestro corazón (Mt 6, 21). Esta es la razón por la cual es tan difícil para un rico entrar en el reino de Dios. “De cierto os digo —dijo Jesús—, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mt 19, 23-24). Los ricos normalmente son rodeados de placeres y divididos por ellos. Los que tratan de salvar su vida de esta manera mundana, llenándose de los deleites del mundo, pierden su vida para con Dios. Es, al contrario, el que pierde su vida en este mundo, sacrificándolo todo por Cristo, que salvará su vida verdaderamente para con Dios (Mc 8, 35). Así, pues, “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Jn 12, 25). Perdemos nuestra vida en este mundo, aborreciéndola, para salvarla para con Dios al vivir sólo para Jesucristo, renunciando a todo lo demás, sacrificándolo por amor a él.

Los que se sienten seguros en este mundo, rodeados de sus placeres mundanos, en realidad están en gran peligro, porque “cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como dolores a la mujer, y no escaparán” (1 Ts 5, 3). Los, pues, “que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Rom 8, 8). Todos estamos en la carne en el sentido de que tenemos cuerpos, pero el significado de san Pablo es que debemos vivir en el Espíritu y no en la carne, es decir, debemos seguir la dirección del Espíritu de Dios y no los deseos de la carne para placer innecesario que sólo dividen el corazón. “…porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis” (Rom 8, 13).

“¡Ay de los que se levanten de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende! Y en sus banquetes hay arpas, vihuelas, tamboriles, flautas y vino, y no miran la obra del Señor, ni consideran la obra de sus manos. Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento” (Is 5, 11-13). Esto es estar en la carne, o vivir según la carne, y san Pablo dice claramente: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí … Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos … Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gal 5, 16-17.25; 6, 8). Las palabras de la Biblia son claras para los que las leen con un corazón puro y una mente abierta y quieren seguirlas. Es claro que la vida según la carne significa más que sólo el adulterio, la fornicación, y la glotonería, pero el intento anti-ascético de excluir estos significados de las palabras de san Pablo es seguramente mal guiado.

Hay, pues, dos maneras de vivir: la vida según la carne, y la vida según el Espíritu. Somos invitados a la vida según el Espíritu y a crucificarnos al mundo. “…lejos esté de mí gloriarme —dijo san Pablo—, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal 6, 14). Debemos, pues, morir con Cristo a esta vida del hombre viejo y resucitar con él a la vida del hombre nuevo, a la vida en el Espíritu (Ef 4, 22-24; Rom 6, 4). Así estaremos preparados para la venida del Hijo del Hombre. Así viviremos de una manera digna de estos últimos días, esperando la venida del Señor.


LA CERCANÍA DE LA VENIDA DEL SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

LA CERCANÍA DE LA VENIDA DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, última semana del año, 27 de noviembre de 2009
Dan 7, 2-14, Dan 3, Lc 21, 29-33

“Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios” (Lc 21, 31).

El reino de Dios, que ya está aquí (Lc 17, 20-21; Mt 12, 28), vendrá con poder y plena gloria cuando el Hijo del Hombre volverá sobre las nubes del cielo. Antes de esto, habrá señales prodigiosas en el cielo y en la tierra, indicando la proximidad de su venida. Cuando vemos que muchas de estas señales ya hayan venido, sabremos que el Señor está cerca, al punto de venir. Dijo pues: “cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios” (Lc 21, 31).

Entonces Jesús dice: “De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca” (Lc 21, 32). Parece que quiere decir por “todo esto” que todas estas señales prodigiosas (que indicarán la proximidad del reino de Dios en poder) acontecerán antes de que su generación pasara. Parece que esto es lo que quiso decir, porque en el versículo anterior, dijo que estas cosas que sucederán serán las señales de la proximidad de su venida, y por eso no incluyen su venida. Dijo: “…cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios” (Lc 21, 31). Y en verdad la señal más grande —la destrucción de Jerusalén y de la nación de los judíos— aconteció cuando muchos de sus oyentes todavía vivían.

El punto para nosotros es que puesto que muchas de estas señales ya han acontecido, la venida del reino de Dios en poder y gran gloria ya está muy cerca. Debemos entender, pues, que vivimos ahora en los últimos días. Con Dios, mil años son como un día (2 Pd 3, 8; Sal 89, 4). Así, pues, con Dios, sólo dos días han pasado desde que Jesús habló estas palabras. El significado es que el cristiano, el hombre de fe, debe entender que, de veras, él está viviendo en los últimos días, y que el Hijo del Hombre pueda aparecer en cualquier momento. Por eso debemos vivir conforme a esta perspectiva escatológica y estar siempre preparados, siempre vigilantes.

Jesús no nos dijo estas cosas con más precisión porque él mismo no supo cuándo él vendría en su gloria (Mc 13, 32). Este conocimiento fue escondido de él, y el Padre no quiso que sea revelado a nosotros, para que estemos siempre preparados y siempre preparándonos. Él mismo dijo abiertamente: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Mc 13, 32).

La conclusión es que el estado en que un cristiano debe siempre vivir es un estado de preparación y alegre expectativa. Debemos estar sobre aviso en todo tiempo para la venida del Señor en su gloria. Así debemos vivir, siempre preparados y vigilantes, no negligentes. Así nos enseña Jesús. “Velad, pues —dice—, porque no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad” (Mc 13, 35-37).


LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE
P. Steven Scherrer

 

LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, última semana del año, 26 de noviembre de 2009
Dan 6, 12-28, Dan 3, Lc 21, 20-28

“Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria” (Lc 21, 27).

Este es el gran día que todos esperamos y anhelamos, en que el Hijo del Hombre vendrá con las nubes del cielo con poder y gran gloria. Vendrá con todos sus santos, y en aquel día habrá gran luz (Zac 14, 5,7). Esta venida de Cristo en gloria será como un relámpago en el cielo de noche. “Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día” (Lc 17, 24). Habrá también tribulación, guerras, y sufrimiento, pero es esta gran esperanza que nos fortalece y capacita para soportar todo lo que sobrevendrá en la tierra. Los judíos ya han visto la destrucción de Jerusalén y su nación por los romanos en el año 70, pero habrá más sufrimiento en el futuro, hasta que aun las estrellas caerán del cielo, porque en los últimos días, “habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas” (Lc 21, 25-26).

En este día, “el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo … Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo … y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24, 29-31).

Meditamos al fin del año sobre las últimas cosas, el fin del mundo y el fin de esta edad. Y Jesucristo nos dice que debemos prepararnos ahora para todo esto, porque nadie —incluso él mismo— sabe cuándo sucederá. Esto es el secreto del Padre, no revelado a nosotros, para que estemos siempre preparados y siempre preparándonos. Debemos, pues, vivir en un estado constante de vigilancia y preparación, velando y orando siempre, y viviendo una vida digna de este gran día. “Mirad, velad y orad —dice Jesús—; porque no sabéis cuándo será el tiempo … lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad” (Mc 13, 33,37).

Debemos, pues, vivir en esperanza. Los cristianos son un pueblo de esperanza. Anhelan el futuro, la consumación del reino de Dios, que ya ha empezado, y en que ya viven, disfrutando de antemano de las bendiciones del reino de Dios en la tierra. La presencia actual del reino de Dios en medio de nosotros y dentro de nosotros (Lc 17, 20-21) nos motiva a prepararnos con alegre expectativa para su consumación en gloria en el último día. “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt 16, 27). ¡Que nuestras obras sean buenas, pues, para este gran día de recompensa, y que estemos preparados!


LOS DÍAS DE SALVACIÓN HAN LLEGADO
P. Steven Scherrer

 

LOS DÍAS DE SALVACIÓN HAN LLEGADO

P. Steven Scherrer

Homilía del 1 domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2009
Jer 33, 14-16;, Sal 24, 1 Ts 3, 12-4, 2, Lc 21, 25-28.34-36

“…sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (1 Ts 3, 13).

Esta es nuestra esperanza como empezamos otra vez este año la bella temporada de Adviento. Es un tiempo de espera y preparación para la venida del Señor en nuestra tierra, en nuestra vida, y en nuestro corazón. Es el tiempo para meditar las profecías del Antiguo Testamento para ver la esperanza de Israel para los días mesiánicos, en que habrá paz en toda la tierra, una paz celestial, no de este mundo, no de esta edad. Anhelamos durante Adviento la consumación de estas profecías. Es por eso que durante Adviento esperamos con gozosa expectativa la parusía de nuestro Señor Jesucristo, porque en su segunda venida con poder y gran gloria en las nubes del cielo, acompañado de todos sus santos en gran luz, serán consumadas todas las profecías. Habrá entonces nuevos cielos y una nueva tierra (Is 65, 17), y seremos transformados con la paz del cielo en nuestros corazones, y la alegría del Señor en nuestra vida.

Durante Adviento, nos preparamos también para la alegre celebración de la natividad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En él, son cumplidas las profecías. En él, vino la paz celestial a la tierra para renovar los corazones de los hombres, haciéndonos una nueva creación, hombres nuevos, llenos del Espíritu Santo y de la alegría del Señor. En el nacimiento de Jesucristo, la salvación profetizada se realizó, y el reino de Dios empezó en la tierra. Los que creen en él son nacidos de nuevo en él y ven y viven ahora en el reino de Dios sobre toda la tierra. Las meditaciones del Adviento y Navidad nos renuevan, y el reino de Dios transforma nuestro mundo. Navidad y la venida de Jesucristo a la tierra es cuando la paz y la salvación vistas por los profetas se realizan en la tierra para nuestra transformación e iluminación. Lo que los profetas profetizaban para el fin del siglo vino en Jesucristo en medio del siglo, en vez de sólo a su fin, como los judíos esperaban. Nadie esperaba esto, es decir, que las cosas profetizadas por el fin del mundo empezarían ahora en el presente en Jesús, el Mesías, en medio de la historia. Pero esto es precisamente lo que pasó. El cumplimiento de las profecías llegó a la tierra en el nacimiento de Jesucristo, y este cumplimiento todavía está con nosotros, renovándonos y llenando nuestros corazones de la alegría del Señor.

Durante Adviento, pues, entramos en este misterio bello del cumplimiento de las profecías en Jesucristo, y nos preparamos ahora para su consumación final en gloria manifiesta en el último día con la parusía de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos en gran luz. Nos preparamos ahora para esto al creer en Cristo como nuestro Señor y Salvador, al nacer de nuevo en él, y al vivir ahora en su reino, dando gloria a Dios en las alturas, y en la tierra viviendo en su paz con nuestro prójimo. Y esta paz no es nuestra, sino el don que Jesús trajo a la tierra en su nacimiento cuando los ángeles cantaron, deseando “en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lc 2, 14).

El deseo de san Pablo hoy es que “sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (1 Ts 3, 13). Queremos, pues, estar preparados para este gran día de salvación. Nos acercamos a este día ahora. Nos levantamos del sueño, porque la hora está avanzada, y el tiempo de salvación está más cerca ahora que cuando empezamos a creer, y nosotros también debemos estar más preparados ahora que cuando empezamos. Debemos, pues, estar en un estado constante de preparación, crecimiento, y santificación. “La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz” (Rom 13, 12). Debemos limpiar nuestra vida. “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías … sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” que nos derriban (Rom 13, 13-14).

Jesús nos dice la misma cosa hoy. “Mirad también por vosotros mismos —dice—, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo, vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc 2, 34-36).

Si hiciéramos esto, estaríamos en un estado constante de preparación y vigilancia. Y esto es precisamente lo que debemos hacer —estar constantemente preparándonos para esta hora final al vivir ahora en el cumplimiento de las profecías en Jesucristo—. Estos son los últimos días. Vivimos ahora, pues, en los tiempos mesiánicos, los tiempos del cumplimiento de las profecías. En Jesucristo tenemos la paz celestial, y debemos dar gloria a Dios en las alturas y en la tierra vivir en esta paz de Cristo con nuestro prójimo.

Para ver una versión mucho más larga en inglés de este sermón importante, haga clic www.DailyBiblicalSermons.com , entonces en: ENGLISH, entonces en: SEASONAL WRITINGS, entonces en: Advent 2009.



ELLA ECHÓ TODO LO QUE TENÍA
P. Steven Scherrer

 

ELLA ECHÓ TODO LO QUE TENÍA

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, última semana del año, 23 de noviembre de 2009
Dan 1, 1-6.8-20, Dan 3, Lc 21, 1-4

“En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lc 21, 3-4).

Hemos llegado a la última semana del año y esta semana meditaremos sobre las señales que acompañarán el fin de esta edad y la parousia del Hijo del Hombre en las nubes del cielo para introducir la nueva edad, que ya ha comenzado en su primera venida al mundo. Este gran discurso sobre el fin tuvo lugar en el monte de los Olivos, frente al templo (Mc 13, 3), pero primero Jesús estaba con sus discípulos en el templo mirando cómo los ricos echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Entonces vio a “esta viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas” (Lc 21, 2) y notó que ella “echó más que todos”, porque “de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lc 21, 3-4).

Mientras esperamos el fin de la edad y la consumación de la nueva edad, que ya ha comenzado en medio de esta edad vieja con el nacimiento de Jesucristo, debemos imitar a esta viuda pobre y ofrecer todo lo que tenemos a Dios, sacrificando todo lo demás por él. Es decir, como esta viuda pobre vivía sólo para Dios, nosotros también debemos vivir únicamente para Dios en esta edad vieja, porque hemos nacido de nuevo en Jesucristo y ya pertenecemos a la nueva edad, que ya ha comenzado en medio de la historia, en medio de esta edad vieja. Puesto que el reino de Dios ya ha comenzado para nosotros que estamos en Jesucristo, debemos vivir de una manera radicalmente diferente de los demás que todavía son hijos de este siglo viejo, dominado por Satanás y el pecado. La diferencia consiste en —siguiendo el ejemplo de esta viuda pobre— renunciar a todo lo demás por el amor de Dios y hacerlo a él la única alegría de nuestra vida. Debemos, pues, hacernos pobres por amor a él, eliminado de nuestro corazón todos nuestros deseos por los placeres de este mundo viejo, para ser hombres nuevos, una nueva creación, personas de la nueva edad, viviendo ahora de antemano en el reino de Dios que ya ha comenzado para nosotros.

El hombre nuevo es como esta viuda pobre. Vive sólo para Dios. No tiene nada más que Dios. Tiene sólo un tesoro, sólo un Señor. Ha vendido todo lo demás para obtener la perla preciosa, que es el reino de Dios. Así él vive en la paz celestial que descendió al mundo en el nacimiento de Cristo. Esta es la paz universal, dada por Dios a toda la tierra, en que viven los que creen en Cristo. Por eso ellos tienen un corazón indiviso en su amor por él y, como esta viuda, echan todo su sustento en el arca de las ofrendas. No quieren dividir su corazón con los placeres de este mundo. Más bien quieren reservarlo sólo para el Señor, el único esposo de su corazón. Así pueden regocijarse en el Señor, teniendo una relación nupcial, exclusiva con él. Viven ya de antemano en la nueva edad, que será consumida cuando el Hijo del Hombre regrese con las nubes del cielo con poder y gran gloria.


EL CELIBATO, UNA BENDICIÓN DEL SIGLO VENIDERO
P. Steven Scherrer

 

EL CELIBATO,
UNA BENDICIÓN DEL SIGLO VENIDERO

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 33ª semana del año, 21 de noviembre de 2009
1 Mac 6, 1-13; Sal 9; Lc 20, 27-40

“Los hijos de este siglo se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento” (Lc 20, 34-35).

Este es el caso de la mujer que tuvo siete esposos, uno tras otro, todos hermanos. Jesús nos enseña aquí que en la edad de la resurrección, no habrá problema alguno en saber quién será su esposo, porque en la edad de la resurrección no se casarán, sino serán como los ángeles. Dice que el casarse es sólo de este siglo presente, no de la edad nueva de la resurrección. “…los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos —dice—, ni se casan, ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Lc 20, 35-36).

Así, pues, será en la nueva edad de la resurrección. Y esta nueva edad ya ha comenzado con la resurrección de Jesucristo y en la vida de todos los que ya han resucitado en él (Col 3, 1-2). Por nuestra fe en Cristo, vivimos ya de antemano en las bendiciones de la edad que viene. Si somos en Jesucristo, gustamos ahora, en medio de esta edad vieja, un anticipo de estas bendiciones del futuro.

Es por eso que hay célibes ahora. Ellos viven ya en este siglo viejo la forma de vida de la nueva edad. Son, pues, signos escatológicos, signos en medio de esta edad vieja de la vida de la edad nueva. Ellos tratan de vivir ahora de antemano la vida angélica. La llamo la vida angélica porque es la forma de vida de los ángeles, que no se casan, y porque Jesús dice que todos los que alcanzan la edad nueva serán “iguales a los ángeles” al no casarse (Lc 20, 36).

Todos los que alcanzarán aquella nueva edad tendrán un corazón completamente indiviso, reservado únicamente para Dios, y esto excluirá el casarse, porque su corazón tendrá sólo un esposo, Cristo, y su amor por él no será dividido ni siquiera por el amor de un esposo humano. Los que son célibes ahora en esta vieja edad son, pues, un espejo mostrando a toda la Iglesia su forma de vida en el nuevo siglo, porque allá, todos serán célibes.

Los que ya son célibes deben tratar de vivir esta vida escatológica y angélica ahora con pureza e indivisión de corazón, no dividiendo su corazón al enamorarse de nadie, sino reservándolo únicamente y exclusivamente para el Señor con todo su amor. No deben tampoco dividir su corazón entre los placeres del mundo ni de la mesa si quieren vivir esta vida angélica y dar testimonio en este siglo del siglo que viene. Y su testimonio es el testimonio de un corazón indiviso. Es el testimonio de la vida angélica del futuro, anticipada ya en medio de esta edad vieja, porque Jesucristo trae a la tierra ahora las bendiciones del siglo venidero, las bendiciones del reino de Dios. Y los que viven en Jesucristo viven ya de antemano en este reino.


TÚ ERES TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO
P. Steven Scherrer

 

TÚ ERES TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 33ª semana del año, 20 de noviembre de 2009
1 Mac 4, 36-37.52-59; 1 Cro 29; Lc 19, 45-48

“Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Lc 19, 45-46).

Hoy tenemos dos lecturas sobre la purificación del templo. El templo es un lugar sagrado, y debemos comportarnos en el templo de una manera diferente de en otros lugares. Nuestra iglesia es nuestro templo. Es un lugar de silencio y respeto, no un lugar para saludar a nuestros amigos y conversar con ellos, como hacen muchos hoy.

San Pablo nos dice que nosotros somos templos de Dios, y nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Dice: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor 3, 16-17). Y “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” (1 Cor 6, 19).

Si somos templos de Dios y por eso somos santos y si nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, entonces es importante cómo vivimos. No debemos, pues, vivir de cualquier manera. No debemos imitar los estilos seglares de vida que vemos alrededor de nosotros por todas partes. Como debemos comportarnos de una manera especial y diferente dentro de una iglesia donde el sagrario está presente, así también debemos comportarnos todo el tiempo de una manera especial ahora que hemos sido comprados y redimidos por Jesucristo y hechos templos del Espíritu Santo. Cada aspecto de nuestra vida debe ser cambiado por este hecho: nuestra manera de comer —qué comemos—; nuestro tiempo —cómo lo usamos—; nuestro horario —cuándo nos levantamos, qué hacemos en la mañana, y cómo usamos nuestro tiempo libre—; nuestra manera de vestirnos —que sea modesta y simple, y si somos sacerdotes o religiosos, que sea apropiada a nuestro estado de vida y no un disfraz mundano en imitación del mundo seglar alrededor de nosotros, que tanto necesita nuestro testimonio—. Nuestro nuevo estilo de vida incluye también nuestros viajes, sabiendo que pasearse sin motivo serio y necesario no sólo es una pérdida de tiempo sino que también una gran distracción de nuestro espíritu. Es por eso que los contemplativos viven dentro de una clausura; es decir, para concentrarse en la única cosa necesaria. Por esta razón viven en el desierto, en un monte, o en un monasterio, para reducir las distracciones del mundo, para poder enfocarse en Dios y amarlo con un corazón íntegro, no dividido, y menos distraído. Si somos templo de Dios y del Espíritu Santo, necesitamos también tiempos y lugares de silencio, no hablando en cualquier tiempo y lugar, sino reservando ciertos tiempos y lugares para guardar el silencio. Los monjes son un buen ejemplo de esto. Tienen tiempos y lugares en que no hablan, y con razón. En la comida, otra vez, el ayuno también es importante. Nuestra comida debe ser sencilla, simple, y sin adorno, no guisada para el placer, sino sólo sana y saludable, para poder enfocarnos en Dios con un corazón indiviso, y no estar distraídos y divididos por los placeres del mundo.


RECHACEMOS EL CONFORMISMO COBARDE
P. Steven Scherrer

 

RECHACEMOS EL CONFORMISMO COBARDE

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 33ª semana del año, 19 de noviembre de 2009
1 Mac 2, 15-29; Sal 49; Lc 19, 41-44

“No obedeceremos las órdenes del rey ni nos desviaremos un ápice de nuestro culto” (1 Mac 2, 22).

Los días eran malos. Había en Israel una gran persecución. El rey quiso que todos sus súbditos acaten su nueva ley que cada uno abandone su religión y sus propias leyes religiosas y sigan ahora la religión pagana del rey. Muchos judíos le obedecieron, pero Matatías y sus hijos rehusaron obedecer al rey. Matatías dijo: “Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres. El Cielo nos guarde de abandonar la ley y los preceptos. No obedeceremos las órdenes del rey ni nos desviaremos un ápice de nuestro culto” (1 Mac 2, 19-22). Después de decir esto, Matatías, según la ley (Dt 13, 9), degolló a un judío que ofrecía sacrificio pagano, y huyó con sus hijos a las montañas (1 Mac 2, 28). Uno de sus hijos, Judas, llamado Macabeo, “formó un grupo de unos diez y se retiró al desierto. Llevaba con sus compañeros, en las montañas, vida de fieras salvajes, sin comer más alimento que hierbas, para no contaminarse de impureza” (2 Mac 5, 27).

Vemos, pues, hoy que la vida de fe y fidelidad a la revelación y voluntad de Dios es, en este mundo, una guerra, un asunto de persecución, de dar testimonio, y de luchar contra los enemigos de la fe. No debemos más usar fuerza física contra nuestros persecutores; pero sí, debemos tratar de convertirlos con la espada de la palabra como hizo Jesús y san Pablo. Estamos, pues, en medio de una guerra espiritual contra las fuerzas de maldad, las fuerzas secularizantes, que están tratando de destruir la Iglesia y la fe cristiana. No debemos acatar sus costumbres mundanas y destructivas. Debemos más bien siempre obedecer la voluntad de Dios aun si esto nos causa ser perseguidos. Siempre podemos refugiarnos en el desierto, como Matatías, o en otra ciudad. Jesús nos preparó para esto, diciendo: “seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre” (Mt 10, 22-23).

Imitando el ejemplo de Matatías y sus hijos, no debemos conformarnos a este siglo. San Pablo nos dice: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Rom 12, 2). No debemos seguir las costumbres secularizadas del mundo alrededor de nosotros, costumbres de un mundo centrado en su propio placer. Sería mejor huir completamente del mundo y vivir en el desierto, como hacen los monjes, y como hicieron Matatías y sus hijos. No debemos conformarnos a este siglo, sino ser transformados y darle el testimonio de nuestra fe. Debemos rechazar un conformismo cobarde e imitar más bien la valentía de los Macabeos.


EL REY QUE VINO Y VENDRÁ
P. Steven Scherrer

 

EL REY QUE VINO Y VENDRÁ

P. Steven Scherrer

Homilía para la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo,
Último domingo del año, 22 de noviembre de 2009
Dan 7, 13-14; Sal 92; Apc 1, 5-8; Jn 18, 33-37

“Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo” (Jn 18, 37).

Hoy es la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, y es el último domingo del año. Más que todo, hoy recordamos que en el último día, al fin del mundo, Jesucristo volverá otra vez en toda su gloria en las nubes del cielo como rey del universo. Será el día del juicio final de los vivos y de los muertos (Hch 10, 42; Mt 25, 31-33). “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” (Apc 1, 7). Vivimos ahora para este gran día; será el cumplimiento de todos nuestros deseos. Entonces nuestra salvación será cumplida. Nuestra muerte será el principio para nosotros de este gran día; porque entonces, si somos salvos, veremos a Dios tal como él es (1 Jn 3, 2). Vivimos incluso ahora en la luz reflejada de este día de gloria. La luz de este día nos ilumina aun ahora en este mundo viejo. Debemos, pues, anhelar este gran día y prepararnos para ello ahora al vivir sólo para Dios y su servicio y el amor de nuestro prójimo por amor de él.

Si hacemos esto, viviremos en el reino de Dios ahora, con Jesucristo como nuestro rey, porque al vivir así, seremos los verdaderos pobres en espíritu, los bienaventurados pobres de Yahvé que no tienen nada en este mundo sino sólo Dios. Así, pues, Jesús ha dicho: “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6, 20). Son los pobres, que sólo tienen Dios en este mundo, que viven sólo y únicamente para él, que entran en el reino de Dios ahora, y que después verán al rey en su gloria. Pero para los que no abrazan la pobreza evangélica, los que no viven sólo para Dios, los que no se han hecho pobres en este mundo para vivir sólo para él con un corazón indiviso, será muy difícil entrar en el reino de Dios. Así, pues, dijo Jesús: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” (Mc 10, 23), y “Mas fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mc 10, 25). Si queremos vivir en el reino de Dios ahora, tenemos que abrazar la pobreza evangélica y vivir sólo para Dios con todo nuestro corazón, dedicándonos a sus alabanzas y a la salvación de nuestro prójimo.

El reino de Dios entró en el mundo con el nacimiento de Jesucristo en Belén cuando los ángeles cantaban: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc 2, 14). Jesús dijo: “si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28). Sus exorcismos indican que el reino de Dios ya ha llegado en él. Él dijo además: “El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 20-21). No podemos calcular el día en que vendrá el reino de Dios en su cumplimiento, y, de hecho, el reino de Dios ya está aquí en medio de nosotros y dentro de los que creen en Jesucristo. Algo nuevo comenzó en el mundo con la venida de Jesucristo. “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado” (Lc 16, 16). Los que reciben a Jesucristo reciben el reino de Dios y a Cristo como su rey. Es una cosa más grande estar en el reino de Dios que ser el más grande de los profetas del Antiguo Testamento. Así nos dijo Jesús, diciendo: “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se han levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios, mayor es que él” (Mt 11, 11). ¡Qué cosa grande es, pues, pertenecer al reino de Dios y vivir en ello ahora! Es el Padre que “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col 1, 13).

En Jesucristo las profecías son cumplidas —profecías sobre un reino de paz sobre toda la tierra—. Si vivimos en Jesucristo, podemos vivir en este reino de paz universal ahora. Él nos perdona de nuestros pecados y nos pone en paz con su Padre. Él destruye la guerra en la tierra y es humilde y pobre. Dice el profeta Zacarías: “he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgado sobre un asno … de Efraín destruiré los carros, y los caballos de Jerusalén, y los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra” (Zac 9, 9-10).

Vivimos, pues, en este tiempo del cumplimiento de las profecías. Podemos vivir en el reino de Dios, el reino de paz con Dios y con nuestro prójimo, la paz celestial y universal que Jesucristo trajo a la tierra. Esperamos también su cumplimiento final en el último día cuando “aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y … verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24, 30-31).

Debemos vivir ahora en preparación constante para este día cuando Jesucristo volverá en forma manifiesta como rey del universo. Nos preparamos para este día de gloria al vivir ahora en el reino de Dios, dando gloria a Dios en las alturas y llevando paz en la tierra a nuestro prójimo. Así viviremos en la paz que Jesucristo trajo al mundo. Viviremos sólo para él como los pobres de su reino, porque de ellos es el reino de Dios.


PODEMOS VIVIR AHORA EN EL REINO DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

PODEMOS VIVIR AHORA EN EL REINO DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 33ª semana del año, 16 de noviembre de 2009
1 Macc 1, 10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lc 18, 35-43

“Entonces dio voces, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí” (Lc 18, 38).

Hoy Jesús sana a un ciego, que lo llama por un título mesiánico, “Hijo de David”. Era la esperanza de Israel que un día vendrá un nuevo David, uno de su linaje, que traerá el reino de Dios a la tierra. Este será el reino del último día, que destruirá todo otro reino, llenará toda la tierra, y permanecerá para siempre (Dan 2, 35). Y “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Is 9, 7). Cuando este rey vendrá, abrirá los ojos de los ciegos (Is 35, 5; 61, 1). El mismo Jesús notaba que su cura de los ciegos indica que este reino de Dios ya ha llegado a la tierra en él. En la sinagoga de Nazaret, leyó el texto de Isaías 61.1, que habla de aquel gran día de salvación: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres … a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos” (Lc 4, 18). Entonces dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc 4, 21). Cuando Juan el Bautista envió a mensajeros para preguntarle: “¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?”, Jesús estaba sanando a muchos ciegos (Lc 7, 20-21), y les dijo: “Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan … y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí” (Lc 7, 22-23).

Jesús curaba a los ciegos, indicando así que él es el que había de venir. Bienaventurado es aquel, como dijo, que no se escandaliza en que el esperado reino de Dios ha venido a la tierra en una forma tan humilde. Es como una semilla de mostaza, pequeña, pero será muy grande después.

En Jesucristo, el reino de Dios, esperado por los últimos días, ya ha llegado, ha invadido este mundo viejo, y los que nacen de nuevo en él viven ahora en este reino de perdón de los pecados y paz celestial sobre la tierra. Pero este reino vino antes del fin del mundo. De hecho, vino en medio de la historia, en medio del mundo viejo, para renovarlo. Ningún judío había esperado una cosa así. Ellos esperaban el reino de Dios en el último día, al fin del mundo. Pero Dios nos lo ha enviado ahora. Somos invitados, pues, a vivir en el reino de Dios ahora. Por eso el ángel Gabriel dijo a María: “el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33). El reino de Dios está aquí ahora en Jesucristo y en los conectados con él. Debemos, pues, vivir en ello ahora, dando gloria a Dios en las alturas y viviendo en la paz celestial que él trajo a la tierra en su nacimiento (Lc 2, 14).


CUANDO UN SILENCIO APACIBLE LO ENVOLVÍA TODO
P. Steven Scherrer

 

CUANDO UN SILENCIO APACIBLE
LO ENVOLVÍA TODO

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 32ª semana del año, 14 de noviembre de 2009
Sabiduría 18, 14-16; 19, 6-9; Sal 104; Lc 18, 1-8

“Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde los cielos, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre la tierra condenada” (Sabiduría 18, 14-15).

Este versículo hermoso habla de la salvación que Dios obra por su pueblo por medio de su palabra. En primer lugar, Dios salvó a su pueblo de su esclavitud en Egipto por medio de la plaga de mortandad, hiriendo a todos los primogénitos de los egipcios, haciéndolos así dejar ir los hijos de Israel de entre ellos. Y Dios cumplió esta salvación en la plenitud del tiempo, “cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera” (Sab 18, 14), en la oscuridad de la noche, en las llanuras de Belén, al borde del desierto, su palabra se hizo carne de la Virgen María, nació, fue puesta en un pesebre, y adorada por pastores y Magos. Entonces la “palabra omnipotente se lanzó desde los cielos, desde el trono real sobre la tierra condenada” (Sab 18, 15). Vino esta vez no para exterminar a los primogénitos de los pecadores, sino para salvar “la tierra condenada” por sus pecados.

Los egipcios fueron condenados por su pecado en no permitir a los israelitas salir de su tierra; pero en la plenitud del tiempo, la palabra de Dios se hizo carne no para matar a los primogénitos de los pecadores sino para salvarlos. Esta vez, “tu palabra omnipotente”, oh Dios “se lanzó desde los cielos, desde el trono real … sobre la tierra condenada” (Sab 18, 15) para traer al mundo el reino de Dios, en que todos alabarán a Dios en las alturas y vivirán con su prójimo en la paz celestial que la palabra de Dios hecha carne vino a la tierra para traernos. En Cristo ahora, nuestros pecados son perdonados, nuestra paz con Dios es restaurada, y podemos vivir en su reino sobre la tierra, alabándole y amando a nuestro prójimo con el amor de Cristo.

En el evangelio de hoy, Jesús nos pregunta: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” (Lc 18, 7). Si te sientes lejos ahora de esta justicia, de este perdón, de esta paz celestial, sigue pidiendo y clamando a Dios día y noche, y te lo dará sin tardarse más. Es para esto que la palabra de Dios “se lanzó desde los cielos, desde el trono real … sobre la tierra condenada” (Sab 18, 15). Vino para traernos esta paz del cielo, esta paz con Dios, su gran paz en nuestro corazón. Este es el significado de vivir ahora en el reino de Dios, que llegó a la tierra en el nacimiento de Jesucristo “cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera” (Sab 18, 14). A su nacimiento, cantaron los ángeles sobre las llanuras de Belén: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc 2, 14), porque en él, este reino de paz celestial llegó a la tierra.


CÓMO ESPERAR LA VENIDA DEL SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

CÓMO ESPERAR LA VENIDA DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 32ª semana del año, 13 de noviembre de 2009
Sabiduría 13, 1-9; Sal 18; Lc 17, 26-37

“Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lc 17, 26-27).

Hemos llegado ahora a los últimos días del año litúrgico, en que meditamos en el fin del mundo y la segunda venida de Jesucristo en las nubes del cielo con gran poder y gloria. Será un día en que todo ojo verá su gloria en forma manifiesta. Es verdad que para los que creen en Jesucristo, el reino de Dios ya ha venido, y ellos ya viven en ello, pero aun así, esperamos su consumación final para que este reino, que ahora es invisible y escondido en este mundo viejo, sea visible sobre toda la faz de la tierra, y el pecado, que continúa hiriendo y abrumando aun a los hijos de la luz, sea completamente destruido y eliminado. Esta es nuestra esperanza ahora en este valle de lágrimas donde Satanás, aunque vencido por Cristo, continúa hiriendo a los hijos del reino de Dios y llenándolos de ansiedad y tristeza. Cuando no cumplimos perfectamente la voluntad de Dios, cuando lo desobedecemos en algo, cayendo así en pecado o en una imperfección, nuestro corazón cae dentro de nosotros, y somos tristes y deprimidos. Nuestra conciencia nos ataca, y no estamos más en paz con Dios. Por eso anhelamos su paz y perdón, su justificación y salvación. Confesamos nuestras imperfecciones y esperamos la vida gloriosa que viene después de esta vida presente.

Los días de la segunda venida de Jesucristo serán como los días de Noé. ¿Qué estaban haciendo en aquellos días de Noé? Comían, bebían, se casaban, etc., y al fin, “vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lc 17, 27). Han olvidado a Dios. Vivían una vida puramente seglar, una vida pagana.

¿Cuántos viven así ahora? Imitan el estilo del mundo en su manera de vivir, aunque quizás tratan de servir a Dios también; pero sirven a dos señores, al señor del placer, que es el dios de este mundo, y también tratan de servir al verdadero Dios. Pero, como Jesús nos enseña, esto es imposible. No se puede servir a dos señores así (Mt 6, 24). El servicio al uno cancela el al otro, y quedamos con nada más que un sentido de futilidad y fracaso, que nos da ansiedad; y no somos más en paz con Dios en nuestro corazón.

¿Y qué es la cura para esta enfermedad? Es confesar nuestros pecados e imperfecciones y esperar hasta que nos sintamos perdonados por los méritos de Jesucristo en la cruz. Entonces, tenemos que cambiar nuestro modo de vivir. Es decir, tenemos que dejar de vivir una vida mundana con un estilo mundano en general —que es una vida de placer— y empezar un nuevo modo de vivir que abraza la pobreza evangélica, la simplicidad, y la austeridad. Esta será una vida vivida sólo para Dios, una vida que renuncia a los placeres del mundo, y que obedece a Dios y su voluntad en todo aspecto de nuestra vida. Entonces estaremos preparados para recibir a Cristo bien cuando venga, y seremos en paz con Dios en nuestro corazón ahora.


EL REINO DE DIOS ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS
P. Steven Scherrer

 

EL REINO DE DIOS ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 32ª semana del año, 12 de noviembre de 2009
Sabiduría 7, 22-8, 1; Sal 118; Lc 17, 20-25

“Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 20-21).

Este es el gran texto donde Jesús dice que el reino de Dios ya está aquí, dentro de nosotros. Aunque su consumación final será en el futuro cuando Jesucristo vendrá con gran poder y gloria sobre las nubes del cielo, aun así este reino de Dios, que los judíos esperaban al fin del mundo y al fin de la historia, ya ha invadido este mundo viejo, en medio de la historia, en la persona de Jesucristo. Ahora, pues, podemos entrar en el reino de Dios y experimentar sus bendiciones en medio de la historia. Aunque el mundo viejo todavía existe, el nuevo mundo del reino de Dios ya ha comenzado con el nacimiento de Jesucristo. El reino y el poder de Satanás han sido decisivamente vencidos en medio de la historia en Jesucristo y en los que son nacidos de nuevo en él, perdonados de todos sus pecados, justificados, y hechos resplandecientes delante de Dios. Son transformados, pues, y hechos hombres nuevos, una nueva creación, e iluminados por él.

Aunque todavía viven en medio de este mundo viejo y en medio de los hijos de este siglo, los nacidos de nuevo en Jesucristo son hechos ahora hijos de la luz e hijos del día (1 Ts 5, 5). Como la cizaña crece junto con el trigo hasta la siega, así viven los hijos del reino de Dios mezclados entre los hijos de esta edad, hasta que el Hijo del Hombre regrese en su gloria, en forma manifiesta, visible a todo ojo (Mt 13, 24-30).

La presencia del reino de Dios ahora es invisible a los hijos de este siglo. Es para ellos como levadura escondida en la harina. No se ve, pero está transformando toda la harina. El reino de Dios no es una abstracción teológica, sino un acontecimiento y una experiencia. Vino con la venida de Jesucristo en el mundo. Da una vida nueva a los que lo entran. Ellos experimentan el perdón radical y completo de todos sus pecados por medio de la muerte vicaria y sacrificial de Jesucristo en la cruz, y resucitan con él a una vida nueva y resucitada para andar en la luz que dimana de su resurrección.

Al vivir así en el reino de Dios, el reino de paz con Dios, dando gloria a Dios en la alturas y amando a su prójimo, los hijos del reino viven en espera ansiosa para la segunda venida de Jesucristo y la plena manifestación del reino de Dios en poder y gloria, que todo ojo verá. Este día final cumplirá todos sus anhelos. Entonces verán “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre”. Verán y oirán, pues, las cosas “que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2, 9). Entonces Cristo vendrá en forma gloriosa, “Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día” (Lc 17, 24). Pero nosotros vivimos ahora en las bendiciones de aquel gran día de gloria. Vivimos en el reino de Dios que está dentro de nosotros y entre nosotros, y anhelamos la plena manifestación de toda esta gloria en la parusía de Jesucristo en las nubes del cielo.


LA TROMPETA FINAL
P. Steven Scherrer

 

TODOS SEREMOS TRANSFORMADOS
A LA TROMPETA FINAL

P. Steven Scherrer

Homilía del 33 domingo del año, 15 de noviembre de 2009
Dan 12, 1-3; Sal 15; Heb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32

“Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor” (Mc 13, 24).

Hoy es el trigésimo-tercer domingo del año, el día en que recordamos el fin del mundo y la segunda venida de Jesucristo con gran poder y gloria en las nubes del cielo para consumar todas las cosas y llevar el reino de Dios a su última gloria en una forma manifiesta, que todo ojo verá. Será la culminación de toda la creación y el último acto de la salvación de Dios. Entraremos en los principios de esta gloria en nuestra muerte, porque entonces veremos a Dios tal como él es y a Jesucristo en su gloria, sentado a la diestra del Padre (1 Jn 3, 2). Pero su parusía al fin del mundo reunirá a todas las personas que jamás han vivido sobre la faz de la tierra, y resucitaremos todos los electos con cuerpos glorificados como el de Jesucristo después de su resurrección. Entonces la gloria que veremos y en que participaremos será sin fin e incomparable.

Así, pues, debemos estar vigilantes ahora, porque no sabemos ni el día ni la hora de su venida. Tenemos que estar siempre preparados, siempre vigilando, siempre orando y purificándonos para este gran día del regreso del Hijo del Hombre con el son de la trompeta final. Si meditamos en este esplendor ahora, nos ayudará a vivir en un estado constante de vigilancia y estar siempre preparados.

Este es el punto de este discurso de Jesús, sentado en el monte de los Olivos, frente al templo —es para exhortarnos a un estado continuo de vigilancia—. “Mirad, velad y orad —dice—; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Mc 13, 33). Debemos estar como siervos esperando el regreso de su señor. “Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad” (Mc 13, 35-37).

¿Cómo, pues, vivirá una persona vigilante, una persona enamorada de la venida del Señor? Vivirá como un hijo del reino de Dios. Vivirá en el reino de Dios ahora, perdonado por Jesucristo de todos sus pecados y en paz con Dios en su corazón. Será muy cuidadoso de siempre hacer la voluntad de Dios, no importa cuán difícil sea. Sabe que vive ahora en el tiempo mesiánico, en los tiempos profetizados de la salvación. Sabe que vive en la nueva era de salvación, en la época del cumplimiento de las profecías. Por eso vivirá la vida del hombre nuevo, del hombre regenerado por Jesucristo. Vive en su gloria, en su gracia, amando a Dios con todo su corazón, y dedicándose a la conversión, renovación, y salvación de su prójimo. Da gloria a Dios en las alturas y vive en la tierra con su prójimo en la paz que Jesucristo trajo al mundo a su nacimiento.

Pero hay aun más. Él esperará su propia muerte con alegría, sabiendo que será para él el portal para entrar en la plenitud de la vida. Y más aún, él vivirá en un estado perpetuo de preparación y alegre expectativa para la consumación final del reino Dios, en que él vive ahora de antemano. Él sabe, además, que la gloria en que él vive ahora es un anticipo de la gloria final del fin del mundo y de la segunda venida de Jesucristo en las nubes del cielo. Al vivir en este anticipo de la gloria final, él anhela esta manifestación final de esplendor de la venida del Señor y quiere estar preparado y no ser hallado durmiendo cuando venga. Por eso vigila siempre, vive una vida de oración y ayuno, de simplicidad y austeridad, enfocándose así sólo en Dios, evitando las distracciones mundanas, que rompen este bello encanto del reino de Dios en que vive.

Entonces, en aquel gran día, “las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo” (Mc 13, 25-27).

En aquel gran día del Hijo del Hombre, “todo el ejército de los cielos se disolverá y se enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae de la higuera” (Is 34, 4).

En aquel gran día, será así: “he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento. Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar” (Apc 6, 12-14).

Entonces, oiremos la trompeta final, y “todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Cor 15, 51-52).


DEBEMOS RESPETAR NUESTRO CUERPO
P. Steven Scherrer

 

DEBEMOS RESPETAR NUESTRO CUERPO

P. Steven Scherrer

Homilía para la Dedicación de la Basílica de Letrán, 9 de noviembre de 2009
1 Cor 3, 9-11.16-17; Sal 45; Jn 2, 13-22

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor 3, 16-17).

Hoy celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, el catedral del Papa. La Biblia dice que nosotros somos el templo de Dios y del Espíritu Santo. Si nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, debemos respetar nuestro cuerpo y no usarlo de una manera mala y sin respeto. La glotonería, la borrachera, y la fornicación son ejemplos de usar mal el cuerpo. Estos pecados destruyen el templo de Dios, lo profanan; y si destruimos el templo de Dios así, Dios nos destruirá a nosotros, como dice san Pablo: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor 3, 17). Así él nos castigará por haber profanado su morada, su templo. No sólo nuestra alma es santa, sino también nuestro cuerpo, y tenemos que guardarlo bien y no usarlo simplemente como un recipiente de los placeres mundanos, de los placeres de la mesa y de los otros placeres del mundo que nos distraen de Dios. Como un templo, debemos respetar nuestro cuerpo y guardarlo puro y limpio, libre de pecado, libere de la mundanalidad, como algo santo, reservado para Dios.

Debemos, pues, aun vestirnos con dignidad, no de una manera inmodesta. Si somos sacerdotes o religiosos, debemos comportarnos así, aun hasta nuestra manera de vestirnos, no avergonzándonos de ser sacerdotes o religiosos, no tratando de disfrazarnos e ir de incógnito, anónimos, sino ser lo que somos y parecer como lo que somos. Esto nos ayuda a nosotros mismos tanto como a los que nos ven. Nuestros vestidos expresan exteriormente lo que somos y a la vez nos ayudan a ser lo que Dios quiere que seamos si nos vestimos como él quiere que nos vistamos. Es también un modo de dar testimonio de nuestra fe en un mundo cada día más secularizado. No debemos ser partícipes de esta tendencia de secularización. Debemos más bien resistir esta tendencia, esta vergüenza de ser conocidos por lo que somos, este deseo de ser anónimos, de huir de dar testimonio de Jesucristo en medio de un mundo tan olvidadizo de Dios y de la fe cristiana.

Como templos de Dios en el mundo, debemos parecer como templos y ser bien adornados por medio una vida santa, y no desfigurados por una vida según la carne. Debemos vivir más bien en el Espíritu una vida de sencillez, simplicidad, y santidad, una vida austera que abraza la pobreza evangélica, comiendo cosas sencillas, básicas, y saludables, no delicadezas o comida extravagante, y debemos comer con moderación, respetando nuestro cuerpo como un templo santo de Dios. Así, pues, como dice san Pablo, “vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Rom 8, 9).


LA VIDA ASCÉTICA-MÍSTICA
P. Steven Scherrer

 

LA VIDA ASCÉTICA-MÍSTICA

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 31ª semana del año, 7 de noviembre de 2009
Rom 16, 3-9.16.22-27; Sal 144; Lc 16, 9-15

“Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lc 16, 13).

¿Cuáles son los dos señores que la mayoría trata de servir? Son las riquezas y placeres del mundo por una parte, y Dios por otra parte. Esta es la razón por la cual pocos conocen bien a Dios, y pocos se unen íntimamente con él. Es porque son divididos entre sus placeres y Dios. Ellos siguen los deseos de la carne, y creen que pueden también seguir la dirección del Espíritu. Desafortunadamente por ellos, esto no es posible. El mismo Jesucristo nos enseña esto hoy; es decir, que no podemos servir a dos señores, a Dios por una parte, y a las riquezas y los placeres del mundo por otra parte. Las riquezas incluyen los deseos innecesarios de la carne por los placeres del mundo que nos dividen y disipan nuestra energía afectiva en dos direcciones, la de Dios, y la del mundo. Al ser divididos así, despilfarremos mucha energía afectiva en los deseos de la carne, y por eso poca energía afectiva queda para llegar a Dios. Estamos, en efecto, peleando contra nosotros mismos, lo mundano cancelando lo bueno, y quedamos donde empezamos, sin hacer progreso en nuestra jornada hacia Dios. Por eso Jesús nos enseña que “cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33).

Tenemos que vivir, pues, una vida de renuncia al mundo para ser un verdadero discípulo. Tenemos que gloriarnos en la cruz y en la vida crucificada al mundo, en el sentido de renunciar al mundo y a sus placeres, si queremos servir sólo a un Señor, Dios. Con san Pablo, tenemos que gloriarnos sólo en la cruz de Jesucristo, “por la cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal 6, 14). Tenemos que ser crucificados al mundo si queremos unirnos con Dios y crecer en la santidad y en una vida contemplativa. No podemos tener los dos —el mundo por una parte, y Dios por otra parte—. No podemos dividirnos así entre el mundo y Dios, tratando de servir a los dos, a dos señores. Es imposible aunque la mayoría sigue tratando de hacerlo, y por eso nunca llega a su meta, la santidad y una vida contemplativa. Es verdad que el que ama su vida en este mundo, la perderá; “y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Jn 12, 25). El que ama su vida en este mundo, siguiendo los placeres de la carne, está tratando de servir a dos señores, y no tendrá éxito.

Esta es la vida ascética-mística. Es la ascética que lleva a la mística. Es la renuncia al mundo y a los deseos de la carne que lleva a una vida de intimidad con Dios. Una vida que sirve sólo a Dios, sólo a un Señor, es una vida que renuncia a los deseos innecesarios de la carne y vive en el Espíritu. Es una vida ascética que nos lleva a nuestra meta, la vida mística.


EL USO CORRECTO DE LAS RIQUEZAS
P. Steven Scherrer

 

EL USO CORRECTO DE LAS RIQUEZAS

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 31ª semana del año, 6 de noviembre de 2009
Rom 15, 14-21; Sal 97; Lc 16, 1-8

“Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz” (Lc 16, 8).

Esta es la parábola del mayordomo infiel que llamaba a los deudores de su amo y al primero le dijo: “¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta” (Lc 16, 6). Hizo esto para hacerse amigos entre los deudores de su amo para que cuando será quitado de su mayordomía, ellos lo recibirán en sus casas. Su amo ya ha decidido quitarlo de su mayordomía por haber disipado sus bienes anteriormente. El mismo amo, que fue defraudado de sus bienes por esta última transacción, aun así tuvo que alabar a su mayordomo por su sagacidad en usar bien estos bienes para hacerse amigos que le ayudarán después.

No podemos seguir todos los detalles de la parábola, sino sólo el punto central de usar bien los bienes materiales para hacernos amigos que nos ayudarán después. Esta es la moraleja que Jesús saca de esta parábola para nosotros, diciendo: “Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas faltan, os reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 9). Los otros detalles no tienen ninguna moraleja. Sólo este punto central es la enseñanza de la parábola; es decir, que debemos usar sagazmente las riquezas injustas —como Jesús las llama— para ganarnos amigos que nos recibirán en el cielo y nos ayudarán espiritualmente.

Si la diferencia que el mayordomo cortó de las cuentas de los deudores de su amo fue su propio interés, entonces la moraleja es aun más impresionante; porque en este caso, el mayordomo se privó a sí mismo de su propio interés para ayudar con su propio dinero a los demás, ganándose así amigos que le ayudarán después.

El punto de la parábola es que nosotros debemos hacer lo mismo con nuestro dinero y nuestros bienes materiales. Debemos usarlos para el bien de los demás. Los hijos de la luz deben dedicar su vida a los demás para iluminarlos, convertirlos, y salvarlos. En hacer esto, deben usar su dinero y sus bienes materiales, además de sus palabras y buen ejemplo. Así, usaremos bien las riquezas injustas. Debemos hacer así, más bien que usar nuestro dinero para nuestro propio placer, vacaciones, entretenimientos, diversiones, delicadezas, y cosas semejantes, como ropa elegante, comida suculenta y extravagante, paseos para el placer, etc. Como los hijos de la luz, nuestro dinero no debe ser usado así, ni tampoco debe ser amontonado en el banco, sino usado para el bien espiritual de los demás, o para el bien material de los pobres. Así, pues, deben vivir los hijos de la luz con respecto de los bienes materiales.


SED GENEROSOS Y DAD
P. Steven Scherrer

 

SED GENEROSOS Y DAD

P. Steven Scherrer

Homilía del 32º domingo del año, 8 de noviembre de 2009
1 Reyes 17, 10-16; Sal 145; Heb 9, 24-28; Mc 12, 38-44

“Y vino una viuda pobre y echó dos blancas, o sea un cuandrante” (Mc 12, 42).

Jesús alaba hoy a esta viuda pobre que echó “dos blancas”, es decir, dos monedas del mínimo valor de todos, porque era “todo lo que tenía, todo su sustento” (Mc 12, 44). En este sentido, él dice que ella echó más que todos los demás, “y muchos ricos echaban mucho” (Mc 12, 41). La virtud de esta viuda pobre es que dio todo lo que tenía a Dios al echar todo su dinero en el arca de ofrenda del templo. Y Jesús llamó a sus discípulos y les dijo esto, alabándola delante de ellos como un buen ejemplo a seguir, un modelo de generosidad y despojo de sí mismo, un modelo de uno que se dio completamente a Dios. Así, pues, deben sus discípulos también hacer, porque, como dijo en otra ocasión: “cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33).

Generosidad en dar limosnas es una cosa, pero lo que hizo esta viuda pobre es completamente otra cosa. Ella dio todo, es decir, se dio a sí misma a Dios al echar estas dos blancas en el arca. Esto es lo que Jesús alabó. Este es el ejemplo que él quiere que sus discípulos sigan. Esto es lo que nosotros debemos hacer —ofrecernos a nosotros mismos completamente a Dios—.

La Biblia habla mucho de este tipo de generosidad. “El que siembra escasamente —dice san Pablo—, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Cor 9, 6). “Dios ama al dador alegre” (2 Cor 9, 7). “Dad, y se os dará —dijo Jesús—; medida buena, apretada, remecida y rebosante darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lc 6, 38). Proverbios dice: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado” (Pro 11, 25). Lo que debemos hacer, pues, es dar y servir a los demás con nuestros talentos y dinero. “El impío toma prestado, y no paga; mas el justo tiene misericordia y da” (Sal 36, 21). Y el profeta Isaías dice: “si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía” (Is 58, 10).

Estamos aquí en la tierra para amar a Dios con todo nuestro corazón y servir a nuestro prójimo con nuestros talentos y dinero. Pero podemos tener miedo de hacer esto. Podemos temer que seremos demasiado despojados si hacemos esto, o no queremos usar nuestro dinero para nuestro prójimo. Pero Jesús alaba a los que son generosos y liberales con su dinero. Nuestro dinero no es para quedar guardado en el banco, sino para usar para el bien de los demás, para iluminarlos, para convertirlos a Cristo y a una vida nueva y santa. Dios nos dio nuestros recursos, incluyendo nuestro dinero, para usar en nuestro apostolado para los demás. La esposa del famoso predicador inglés del siglo diecinueve, Charles Spurgeon, imprimió individualmente muchos de los sermones de su esposo y los envió —usando su propio dinero— a pastores y misionarios pobres en todas partes del mundo, y así fueron usados muchas veces en todas partes, y con mucho éxito. Ella gastó mucho dinero en esto, pero enriqueció la fe y la vida de muchos. Debemos, pues, usar nuestro propio dinero para extender nuestro apostolado, y no debemos sembrar escasamente. La generosidad debe ser nuestro ideal. No estamos aquí para ganar dinero o para aumentar nuestra cuenta de ahorro, sino para usar nuestro dinero para el bien del mundo, para la iluminación de nuestro prójimo.

Todos pueden vivir así, aun una viuda pobre que sólo tiene dos blancas. El ejemplo de una verdadera viuda puede inspirar a todos. ¿Has conocido a este tipo de persona? Conozco a un monje que me contó lo que aprendió de su abuela, que era una viuda anciana. La describió como una persona que se ocupaba siempre de libros de oración, y siempre que él la visitaba, ella le mostraba sus libros de oración y le notaba varios puntos que la conmovían. Yo imagino que ella era una persona completamente dedicada a Dios en todo aspecto de su vida. Dejada sola en este mundo, vivía sólo para Dios con todo su tiempo, corazón, e interés.

Imagino que era como la viuda Ana que vio al niño Jesús cuando fue presentado en el templo. “…era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones” (Lc 2, 37). Ella fue una de las pocas personas que reconocieron a Jesucristo como el Mesías en su infancia. Y “Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lc 2, 38). Ella “no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones” (Lc 2, 37). Vivía una vida de oración y ayuno, una vida contemplativa, separada del mundo, dentro del templo. Ella se dio completamente a Dios y vivía sólo para él. No vivía para los placeres del mundo.

Así, pues, debemos vivir todos nosotros, desprendidos de todo lo demás, viviendo sólo para Dios de día y de noche, usando nuestro dinero para el bien y la iluminación de los demás.


LA GRAN CENA DEL SEÑOR
P. Steven Scherrer

 

LA GRAN CENA DEL SEÑOR

P. Steven Scherrer

Homilía del martes, 31ª semana del año, 3 de noviembre de 2009
Rom 12, 5-16; Sal 130; Lc 14, 15-24

“Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos” (Lc 14, 16).

Así, pues, es el reino de Dios. Es como una gran cena con muchos convidados. La hora de la cena ya ha llegado. La cena está ahora, en el presente. “…ya todo está preparado”, dice el siervo (Lc 14, 17). En la versión de san Mateo, el rey, que hizo esta fiesta de bodas a su hijo, envió a sus siervos a decir: “He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas” (Mt 22, 4). Esta gran cena, que en el Antiguo Testamento era la imagen del reino de Dios del último día (Is 25, 6-12) es, en la enseñanza de Jesús, algo teniendo lugar en medio de la historia en su propio ministerio. Pero los convidados no quieren ir porque se han enredado en las cosas del mundo. Así, no tienen interés en el gran banquete, ofrecido gratuitamente a ellos.

Esta es una parábola sobre el reino de Dios. Con la presencia de Jesucristo en el mundo, hay algo nuevo aquí, que es muy pequeño, como la semilla de mostaza, de que muchos no hacen caso, pero es el reino de Dios, que está transformando al mundo y cambiando los corazones de los hombres, llenándolos del amor de Dios y perdonándoles sus pecados. Es un reino de paz celestial que vendrá sobre toda la tierra, hasta los confines de la tierra, en que todos dan gloria a Dios en las alturas y viven en paz con los demás. Es un reino en que todos tienen un corazón limpio, íntegro, e indiviso para amar a Dios con todo su ser —con todo su corazón, mente, alma, y fuerzas (Mc 12, 30)—. Además, todos los que aceptan este reino se dedican al servicio de su prójimo en amor, y viven en paz con los demás. Por tanto el reino de Dios en la tierra aunque ahora no parece como cosa grande, es, sin embargo, una realidad milagrosa y transformante en el mundo a causa de la presencia de Jesucristo y un día será muy grande, como la semilla de mostaza que viene a ser un gran arbusto.

Nosotros somos los convidados. Cristo nos ha convidado a su reino, a su gran cena, a su gran banquete de boda, pero ¿cuántos no tienen interés en esto? ¿Cuántos están enredados en las cosas del mundo, en los placeres mundanos, en sus negocios y su búsqueda de placer, dinero, honor, poder, y prestigio y por eso no quieren ir a la gran cena? ¿Cuántos no quieren entrar en el reino de Dios y ser transformados y vivir en adelante sólo para Dios con todo el amor de su corazón, dejando todo lo demás para amar a Dios con un corazón indiviso, reservado sólo para él, y no dividido entre otras cosas?

Los que aceptan esta invitación serán transformados, justificados, hechos resplandecientes delante de Dios, y un día entrarán en la plenitud de esta gran cena —sea el día de su muerte, o en la parusía del Señor sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria—. Participemos, pues, en su cena ahora, para ser contados por dignos de gustar su gran banquete en la plenitud de su reino.


LA CONSUMACIÓN DEL REINO DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

LA CONSUMACIÓN DEL REINO DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía para Todos los Fieles Difuntos, 2 de noviembre de 2009
Is 25, 6.7-9; Sal 26; Rom 5, 5-11; Mc 15, 33-39; 16, 1-6

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn 11, 25-26).

No vivimos sólo para esta vida presente. Somos creados para más que sólo esta vida terrestre en este mundo viejo, en esta edad presente. Somos creados para el reino de Dios, para entrar en este reino aun ahora en medio de esta edad presente y vieja. Para esto, vino Jesucristo al mundo. Vino para traernos el reino de Dios, para traer al mundo la edad mesiánica, el tiempo del cumplimiento de las profecías. En el nacimiento de Jesucristo, el reino de Dios empezó, y todos los que creen en él entran en este reino de paz con Dios y reconciliación con su prójimo. En este reino, Dios renueva nuestra mente y espíritu, perdona nuestros pecados, y nos justifica, vistiéndonos del esplendor del mismo Jesucristo, de su justicia, haciéndonos justos y nuevos.

Los que viven en el reino de Dios no mueren, sino viven eternamente con Dios. Cristo venció nuestra muerte. Su muerte canceló la muerte de nuestro espíritu por haber pecado, nos reconcilió con Dios, pagando nuestra deuda de muerte, y cambió nuestra muerte física en un portal hacia la vida eternal con él en el cielo. “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Rom 5, 10). Hemos sido reconciliados con Dios y perdonados por la muerte de Cristo, y ahora somos renovados y justificados por su vida. Somos salvos por su vida que está viviendo en nosotros, llenándonos de las bendiciones del reino de Dios aquí en la tierra en medio de la historia, en medio de este mundo viejo. Somos hechos, pues, una nueva creación en medio de esta creación vieja.

Hoy recordamos que por medio de Jesucristo somos destinados a una vida en el cielo y que en el último día veremos a nuestro Señor Jesucristo viniendo en las nubes del cielo con gran poder y gloria cuando regrese con todos sus santos. Nuestra muerte física es, en efecto, el comienzo para nosotros de esta gloria, porque seremos como Dios y lo veremos tal como él es (1 Jn 3, 2). Hoy, pues, oramos por todos los fieles difuntos, para que puedan ser purificados de sus pecados y entrar en la gloria del cielo con Dios y todos los ángeles y santos.

Vivimos ahora en el reino de Dios, en los últimos tiempos, los tiempos mesiánicos, reconciliados con Dios y perdonados de nuestros pecados. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo … y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom 5, 1-2). Nos gloriamos hoy en esta esperanza. Al vivir ahora en la nueva creación del reino de Dios por la muerte y resurrección de Jesucristo, somos llenos de esperanza para la consumación de esta gloria en la parusía, y en la hora de nuestra muerte.


LA ÉTICA DEL REINO DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

LA ÉTICA DEL REINO DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 30ª semana del año, 31 de octubre de 2009
Rom 11, 1-2.11-12.25-29; Sal 93; Lc 14,1.7-11

“Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa” (Lc 14, 10).

Esta es la nueva ética del reino de Dios. Es lo opuesto de la ética del mundo. En el mundo, uno trata de promoverse a sí mismo para ser famoso para su propia gloria, honor, y prestigio. Pero en el reino de Dios, uno trata de decir la verdad que el mundo necesita oír, pero no quiere oír. De esta manera, uno se humilla a sí mismo, diciendo y escribiendo cosas que no son populares, cosas que el mundo desprecia y desdeña, pero que son verdaderas e importantes, porque vienen de la revelación de Dios para la salvación del mundo.

En el reino de Dios, uno se presenta humildemente, vestido con simplicidad y sencillez, no prestigiosamente, siguiendo la moda del mundo. Si uno es sacerdote o religioso, se vestirá con toda humildad y simplicidad como un sacerdote o religioso, algo que es desdeñado por el mundo, porque la ropa religiosa significa la renuncia a los placeres del mundo y de la vida humana por el reino de Dios y la nueva creación.

En el reino de Dios, uno come sencillamente, sin adorno, sólo para sostener la vida, no para la indulgencia en los placeres del mundo. Se come austeramente y ascéticamente, renunciando a los deleites mundanos, para que el Señor sea el único placer de nuestra vida, y para que nuestro corazón sea indiviso en su amor por él. En el mundo, todo es lo opuesto a esto, y allí, uno vive para el placer, el honor, el prestigio, la popularidad, y el poder.

En el reino de Dios, es la pobreza evangélica que es honrada, y uno quiere vivir en silencio y soledad, una vida de oración y ayuno, no una vida de gala y ostentación. Uno trata de ser honesto, fiel, creyente en Dios y en Jesucristo, haciendo la voluntad de Dios, y dedicándose a la conversión y la salvación del mundo.

En el mundo, todo es al revés. Allí, uno quiere ser popular, quiere agradar a la mayoría, y decir lo que el mundo quiere oír, y así ser amado por el mundo. Puesto que los hijos del reino de Dios no se comportan así, son aborrecidos por el mundo, como lo fue Cristo, san Pablo, y los profetas. “Si fuerais del mundo —dijo Jesús—, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn 15, 19). En el mundo, uno se enaltece, y por eso será humillado por Dios. En el reino de Dios, uno confiesa sus pecados e imperfecciones y depende de la justificación y perdón de Dios por medio de la muerte de Jesucristo en la cruz, y por eso es enaltecido por Dios. “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lc 14, 11). Vivamos, pues, la vida del hombre nuevo, según la ética del reino de Dios.


EL REINO DE DIOS ESTÁ AQUÍ
P. Steven Scherrer

 

EL REINO DE DIOS ESTÁ AQUÍ

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 30ª semana del año, 30 de octubre de 2009
Rom 9, 1-5; Sal 147; Lc 14,1-6

“¿Quién de vosotros, si su asno o su buey cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente, aunque sea en día de reposo?” (Lc 14, 5).

El reino de Dios, que estaba por tanto tiempo anhelado por los judíos, al fin llegó a la tierra en el nacimiento de Jesucristo, trayendo la paz del cielo a la tierra para los que creen en él. Todos sus milagros y curaciones son signos, indicando el llegado del reino de Dios en la tierra. Hoy, Jesús sana a un enfermo en el día de reposo. ¿Qué mejor día hay que el día de sábado para hacer esto? Es el día dedicado a Dios.

El reino de Dios en Jesucristo es la respuesta a todas nuestras necesidades. Nos trae la curación de nuestro corazón, tan dolido por nuestros pecados e imperfecciones. Nadie se considera que necesitaba más esta curación que los grandes santos, que se experimentaron como grandes pecadores. Jesucristo calma la turbulencia en nuestro corazón, sana nuestra culpabilidad, y nos da la paz que tanto anhelamos y necesitamos en este mundo viejo, tan lleno de pozos en que caemos por nuestra falta de atención. ¡Tantas veces caemos en estos pozos en nuestro camino por inadvertencia, aun sin saberlo al momento! Pero después, reconocemos que hemos fallado otra vez, y entonces nos sentimos otra vez culpables y lejos de la paz de Dios en nuestro corazón, que queremos y buscamos. Así, pues, vemos nuestra necesidad de la salvación de Dios que él ha enviado al mundo en su Hijo, Jesucristo.

Es Cristo que nos saca del pozo de nuestra depresión. Es él que sana el dolor en nuestro corazón y nos da la paz con Dios que tanto queremos. Es él, en pocas palabras, que nos hace felices otra vez con la felicidad de Dios. Es él que nos invita a entrar y a vivir en el reino de Dios, en el encanto de su amor, con él iluminando nuestro corazón, resplandeciendo en nosotros. Es él, y sólo él, que perdona nuestras imperfecciones. Nada de este mundo puede satisfacer nuestro corazón, sino sólo él y la alegría de su reino. Él quiere que entremos en su reino y vivamos allí, perdonados y reconciliados con Dios.

Es su muerte en la cruz que obra nuestra reconciliación con Dios, porque en la cruz, él sufrió toda esta alienación de Dios que nosotros sufrimos cuando fallamos en cumplir la voluntad de Dios. Y él la sufrió para librarnos de este sufrimiento de corazón, porque él sufrió lo que nosotros deberíamos haber sufrido por nuestros pecados.

Así, pues, podemos vivir en el reino de Dios, perdonados, limpiados, y reconciliados con Dios, y podemos compartir con nuestro prójimo esta salvación, esta sabiduría, predicándole a Cristo, y mostrándole el camino de la vida. Viviremos, pues, en la paz del reino de Dios en la tierra, dando gloria a Dios en las alturas. Toda nuestra vida entonces debe ser dedicada en adelante a llevar la paz del reino de Dios a los demás, compartiendo con ellos las riquezas que nosotros hemos descubierto en Cristo.


CRISTO INTERCEDE POR NOSOTROS ANTE EL PADRE
P. Steven Scherrer

 

CRISTO INTERCEDE POR NOSOTROS
ANTE EL PADRE

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 30ª semana del año, 29 de octubre de 2009
Rom 8, 31-35,37-39; Sal 108; Lc 13, 31-35

“Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros … ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Rom 8, 31-32.34).

Tenemos muchos enemigos en este mundo y en esta vida, que son contra nosotros, que nos perturban. Pero nuestro enemigo más grande de todos es nuestro propio pecado, que nos hace sentir culpables y nos roba nuestra paz. Pero contra todo esto, la Biblia nos dice hoy que Cristo es por nosotros, y Dios es por nosotros. De hecho, Dios incluso “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom 8, 32). Él murió y resucitó por nosotros; y además está ahora “a la diestra de Dios” e “intercede por nosotros” (Rom 8, 34).

Por eso nada puede separarnos del amor de Cristo. Él vence aun el pecado, nuestro enemigo más grande de todo. Él vence nuestra culpabilidad que entenebrece y entristece nuestro espíritu. Sólo tenemos que invocarlo con fe. Para esto, Cristo vino al mundo. “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras”, dice san Pablo (1 Cor 15, 3). Él murió en vez de nosotros y en lugar de nosotros, para rescatarnos de la muerte de nuestro espíritu por haber pecado. Por tanto, “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8, 31). Aun si tenemos que sufrir un poco los ataques o perturbaciones de otras personas o nuestra propia culpabilidad por haber pecado o caído en una imperfección que nos roba nuestra paz; si confiamos en la salvación de Jesucristo, él nos restaurará nuestra paz, e incluso la aumentará aun más que antes.

Por medio de su sacrificio en la cruz, Cristo propició la ira justa de Dios contra nosotros por nuestros pecados y ahora intercede por nosotros ante el Padre. Y todo esto fue la iniciativa del mismo Padre. La carta a los hebreos dice que Cristo “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb 7, 25). Y en Romanos 8, 34, san Pablo dice que él “intercede por nosotros”. Y otra vez en Hebreos 9, 24, el autor dice lo mismo, diciendo: “no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”.

Tenemos un intercesor, presentándose constantemente por nosotros ante el Padre, intercediendo por nosotros. Y ¡cuánto lo necesitamos! Jesucristo es nuestro gran Salvador y esperanza en nuestra necesidad, en nuestra angustia. En él, tenemos un abogado para con Dios para ayudarnos, como afirma san Juan, diciendo: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación (hilasmos) por nuestros pecados” (1 Jn 2, 1-2). Con él, tenemos confianza para con Dios y podemos vivir en esperanza.


TODOS LOS SANTOS
P. Steven Scherrer

 

LOS SANTOS
SON LOS OBEDIENTES Y LOS PERSEGUIDOS
EN ESTE MUNDO

P. Steven Scherrer

Homilía para Todos los Santos, 1 de noviembre de 2009
Apc 7, 2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12

“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos” (Apc 7, 9).

Esta es la gran multitud de los santos de todas las naciones, que están ahora en el cielo regocijándose delante del trono de Dios. “Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Apc 7, 14) “…han salido de la gran tribulación” de la persecución aquí en la tierra, la cual los purificó para entrar en la presencia de Dios. El mundo no los conoció, porque no le conoció a Cristo (1 Jn 3, 1). Así, pues, es la vida de los santos. No son del mundo, como tampoco Cristo fue del mundo (Jn 17, 14.16), y por eso el mundo no los reconoció ni los aceptó. “Si fuerais del mundo —dijo Jesús—, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn 15, 19). Pero “Yo les he dado tu palabra —oró Jesús a su Padre—; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17, 14).

Nosotros queremos seguir e imitar a los santos y compartir su galardón en el cielo. Si así es contigo, así será tu vida también. No serás aceptado por el mundo porque tu vida seguirá con fidelidad la dirección del Espíritu Santo, y el Espíritu te dirigirá en caminos nuevos y extraños para el mundo. Así los del mundo dirán de ti: “Es un reproche contra nuestras convicciones y su sola aparición nos resulta insoportable, pues lleva una vida distinta a los demás y va por caminos diferentes” (Sab 2, 14-15). Esta será tu vocación si quieres ser uno de los santos de Dios en este mundo. De hecho, vendrá un tiempo en que “seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre —dijo Jesús—; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt 10, 22). “Os expulsarán de las sinagogas —dijo Jesús—; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí” (Jn 16, 2-3). Así, pues, será tu vida en este mundo. Así fue la vida de los santos. Así fue la vida del mismo Jesucristo; y san Pablo, su seguidor fiel, tuvo la misma experiencia.

El mundo no puede entender la vida de un santo. Pero esta persecución es lo que le santificará más aún, para que tenga una recompensa espléndida en el cielo, vestido de ropas blancas, con una palma en su mano. Esta es la cruz diaria del santo de Dios; y Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9, 23).

La vida de un santo es así porque él renuncia al mundo. Él escoge el camino de la pobreza evangélica, renunciando a los placeres del mundo como el hombre que encontró un tesoro escondido vendió todo lo que tenía para poder comprar el campo donde el tesoro estaba escondido, y así obtener el tesoro. El tesoro, pues, es el reino de Dios, para el cual tenemos que renunciar a todo lo demás para obtenerlo.

Renunciamos, pues, a una vida de indulgencia y placer para obtener el reino de Dios. Y el mundo no puede ni entender ni aceptar esto. Nos mira como si fuéramos locos. Renunciamos además a muchas de las costumbres mundanas, para vivir en mucho silencio y oración, y el mundo tampoco puede aceptar esto. Abrazamos las bienaventuranzas, sobre todo la pobreza, sacrificando los placeres mundanos, y el mundo no entiende ni acepta esto. Por eso el santo es perseguido en este mundo. Es rechazado. Pero está haciendo la voluntad de Dios, y por tanto san Pedro nos pregunta: “¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia —añade—, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis” (1 Pd 3, 13-14).

Así Dios ha probado a sus santos, “y los halló dignos de sí; los probó como oro en crisol y los aceptó como sacrificio de holocausto. En el día del juicio resplandecerán y se propagarán como el fuego en un rastrojo” (Sabiduría 3, 5-7). “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43). Los santos son los entendidos —y “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dan 12, 3).

Es para este resplandor que vivimos ahora, cuando seremos semejantes a Dios y le veremos tal como él es; y por eso nos purificamos ahora, porque él es puro (1 Jn 3, 2-3). Por eso somos los pobres y los pobres en espíritu ahora, “porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3). Pero a los del mundo que viven vidas de indulgencia y placer, se les dirá que ya han tenido su consuelo (Lc 6, 24; 16, 25). El camino de la pobreza evangélica, pues, es el camino de los santos en este mundo, y también el camino de la obediencia fiel a la voluntad de Dios, aun si esto les causa ser perseguidos en este mundo, porque bienaventurados son “los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, l0).


MORTIFICAD LAS OBRAS DEL CUERPO
P. Steven Scherrer

 

MORTIFICAD LAS OBRAS DEL CUERPO

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 30ª semana del año, 26 de octubre de 2009
Rom 8, 12-17; Sal 67; Lc 13, 10-17

“Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis” (Rom 8, 12-13).

Jesucristo nos desata, librándonos de nuestra enfermedad, para que podamos enderezarnos como hizo a la mujer en el evangelio de hoy (Lc 13, 11-13). Él nos da el don del Espíritu Santo, el Espíritu de adopción, haciéndonos hijos adoptivos de Dios en Jesucristo, el único Hijo de Dios, y dándonos el poder de llamar a Dios: “Abba, Padre” (Rom 8, 15). Esta es la salvación de Dios que Jesucristo nos trajo, haciéndonos hijos de Dios, teniendo una vida nueva, la vida divina, en nosotros. Así, pues, entramos en el reino de Dios aquí en la tierra, el reino de paz celestial sobre toda la faz de la tierra. Vivimos, pues, en una nueva dimensión, salvados por Dios. Vivimos en intimidad con Dios y en amor por nuestro prójimo. El reino de Dios empieza ahora para los que están en Jesucristo, salvados y justificados por él por medio de su fe. Viven ya de antemano en la nueva creación, y son nuevas criaturas, hombres nuevos, que han dejado de vivir conforme al hombre viejo. Se han despojado de su hombre viejo y se han renovado en el espíritu de su mente, vistiéndose del hombre nuevo (Ef 4, 22-24).

Hechos nuevos así, Dios nos ha dado un nuevo modo de vivir en el mundo como ciudadanos del nuevo mundo, de la nueva creación, como hombres nuevos. Es no vivir más por los placeres de la carne, sino más bien mortificar las obras del cuerpo, “porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo viviréis” (Rom 8, 13).

¿Qué, pues, son las obras del cuerpo que tenemos que mortificar? ¡Son muchas! Primero, son nuestras pasiones y deseos engañosos. Segundo, son nuestros deseos para placer innecesario en cosas mundanas que dividen nuestro corazón y despilfarran nuestro tiempo y energía, para que no tengamos más un corazón indiviso en nuestro amor por Dios. Así, pues, “el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gal 6, 8). Y “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gal 5, 24). “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí” (Gal 5, 16-17). Así, pues, “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gal 5, 25). Por tanto, “vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Rom 13, 14).

Así, pues, un cristiano vivirá una vida austera y ascética, sólo para el Señor, y renunciará a los placeres del mundo. Será feliz vivir así, porque es la vida del hombre nuevo, de la nueva creación, donde todo el amor de su corazón se enfoca sólo en Dios y el servicio del prójimo. Es vivir ya de antemano en la paz celestial del reino de Dios en la tierra, dando gloria a Dios en las alturas (Lc 2, 14).


LOS TIEMPOS MESIÁNICOS HAN LLEGADO
P. Steven Scherrer

 

LOS TIEMPOS MESIÁNICOS HAN LLEGADO

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 29ª semana del año, 23 de octubre de 2009
Rom 7, 18-25; Sal 118; Lc 12, 54-59

“¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?” (Lc 12, 56).

Aun en el Antiguo Testamento, Israel empezaba a anhelar y a esperar algo más que sólo una salvación política y temporal. Anhelaba una revelación definitiva del cielo que salvará a Israel y renovará el mundo entero (Is 65, 17). Ahora, pues, este tiempo mesiánico ha llegado con la venida de Jesucristo en el mundo. Él era el Mesías y trajo el reino de Dios a la tierra. Sus exorcismos y milagros de curación fueron los signos del llegado de este reino. “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios —dijo Jesús—, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28). Vivimos, pues, ahora en el tiempo del cumplimiento de las profecías que un reino de paz se extenderá sobre toda la tierra. Vivimos en esta paz que ha descendido sobre la tierra en el nacimiento de Jesucristo. Este reino de Dios da gloria a Dios en las alturas y en la tierra trae paz y buena voluntad para con los hombres, como cantaron los ángeles en el nacimiento de Cristo (Lc 2, 14). Vivimos ahora en este reino y por eso debemos reconocer sus signos, como dice Jesús hoy, diciendo: “Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?” (Lc 12, 56).

Los signos fueron sus exorcismos y curaciones, como dijo Jesús con referencia a Juan el Bautista, que le preguntó: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mt 11, 3-6).

El reino de Dios en el mundo ha comenzado con la presencia en el mundo de Jesucristo, y será cumplido en su segunda venida en gloria sobre las nubes del cielo. Vivimos ahora entre estas dos venidas, esperando la segunda venida con alegre expectativa y ansiosa preparación. Él nos justifica por su muerte y nos ilumina por su resurrección para que andemos en su luz y esplendor, dando gloria a Dios en las alturas y extendiendo su paz en la tierra a nuestro prójimo (Lc 2, 14). Vivimos en el reino de Dios; y el reino de Dios —su reinado— está dentro de nosotros y en medio de nosotros. Así, pues, “El reino de Dios no vendrá con advertencia —dijo—, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lc 17, 20-21). Es un reino de paz celestial sobre toda la tierra, que nos transforma y que transforma la tierra en la nueva creación, que coexiste ahora junto a la vieja creación hasta el día de su venida, “Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día” (Lc 17, 24). Ahora, pues, es nuestro tiempo de vivir un nuevo tipo de vida en el mundo, en espera de su venida en gloria. Debemos, pues, vivir como hombres nuevos, justificados por Jesucristo, resplandeciendo con su luz, como lumbreras para los demás.


EL VIVIR EN EL REINO DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

EL VIVIR EN EL REINO DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 29ª semana del año, 22 de octubre de 2009
Rom 6, 19-23; Sal 1; Lc 12, 49-53

“Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Rom 6, 19).

Somos llamados a una nueva forma de vivir en este mundo. Vivimos ahora —a causa de nuestra fe en Jesucristo— para el reino de Dios. Las profecías de paz y unidad son cumplidas en Jesucristo; y por fe, vivimos ahora en el reino de Dios, el reino del amor de Dios, el reinado de la paz del cielo que ha descendido a la tierra en Jesucristo. Es un reino de paz universal sobre toda la tierra, instituida por el mismo Dios en la venida de su Hijo al mundo para renovarlo. Jesucristo predicó y trajo el reino de Dios —su reinado— a la tierra. Este reino está en medio de nosotros y dentro de nosotros si creemos en Cristo. Cristo nos justifica y renueva, resplandeciendo en nuestros corazones, poniendo en nosotros el gran deseo de andar en su esplendor y en la magnificencia de su paz celestial sobre toda la tierra. Para hacer esto, una vez justificados por él, tenemos que resucitar con él a una vida nueva y resucitada, para vivir de un modo nuevo en este mundo, viviendo en la santidad, en la luz, andando en su esplendor, sirviendo a Dios en la justicia.

Debemos, pues, dejar atrás una vida de pecado y evitar aun nuestras imperfecciones, que nos pusieron en las tinieblas; y en cada aspecto de nuestra vida, presentar nuestros miembros para servir a la justicia y para amar y servir a nuestro prójimo. Así, “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación … Pues no nos ha llamado Dios a la inmundicia, sino a santificación” (1 Ts 4, 3.7). Somos llamados a la santificación. Esto es lo que debemos hacer ahora, santificarnos en Jesucristo, en su justicia, andando en su luz, evitando todo pecado, y creciendo día tras día en su gran amor. Debemos, pues, vivir en su paz y difundir su amor en la tierra.

Esto es vivir en el reino de Dios en la tierra. Es vivir con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas (Lc 12, 35), esperando el regreso de nuestro Señor, Jesucristo. Vivir en el reino de Dios en la tierra es vivir en la paz de Dios, en su esplendor, en la luz que dimana de su resurrección, en espera de su regreso en gloria con todos sus santos. Si vivimos en espera y alegre expectativa de esto, santificándonos más cada día, haciendo su voluntad, y evitando todo pecado, vivimos en su reino. Esto es vivir en otra dimensión, en el encanto de su venida, en la paz universal de su reino. Es vivir en un mundo nuevo, en una nueva creación, como hombres nuevos, con la paz de Dios en nuestro corazón. Es vivir para la gloria de Dios y la transformación de la tierra en el reino de su paz y luz.


JESÚS, HIJO DE DAVID
P. Steven Scherrer

 

JESÚS, HIJO DE DAVID,
TEN MISERICORDIA DE MÍ

P. Steven Scherrer

Homilía del 30º domingo del año, 25 de octubre de 2009
Jer 31, 7-9; Sal 125; Heb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

“Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mc 10, 47).

Este mendigo ciego, Bartimeo, que está pidiendo que Jesús tenga misericordia de él, es un ejemplo de todos nosotros. Somos este mendigo ciego, pidiendo la ayuda de Jesucristo. Sabemos interiormente, como él lo supo, que Jesús es la respuesta de todas nuestras necesidades, que él es la solución de nuestro problema. Sabemos que él, y sólo él, puede solucionar nuestro gran problema. Podemos tener varios problemas, pero tenemos un problema central en nuestra vida, más importante y más serio que todo otro problema, y sabemos que Jesús, y sólo Jesús, puede solucionarlo. Sabemos, además, que él quiere solucionarlo, y que lo solucionará si le pedimos. Por eso estamos ahora sentados junto al camino; y oyendo que Jesús nazareno está ya cerca, clamamos a él de nuestra desesperación y necesidad. Y él nos oye y nos da lo que le pedimos.

¿Qué es nuestro problema, y qué es la solución que Jesús nos da? Nuestro problema es la ceguedad de nuestro espíritu, es decir, que tantas veces no podemos ver con claridad la luz del día y la belleza del mundo y de la vida. No podemos ver siempre la bondad de Dios, y no sentimos su amor, su luz, su paz, y su alegría en nuestro espíritu. ¡Cuántas veces perdemos nuestra paz, nuestra alegría, nuestro gozo de vivir! Muchas veces. Y ¿por qué perdemos nuestra paz y alegría tantas veces? Es a causa de nuestras imperfecciones, cosas que sabemos que Dios quiere de nosotros, pero cuanto más tratamos, de todos modos, seguimos fallando en cumplir perfectamente la voluntad de Dios para con nosotros. Jesús nos llama a ser perfectos (Mt 5, 48; 19, 21), y nosotros fallamos repetidamente, aun cuando estamos concientes de lo que él está pidiendo de nosotros y estamos concentrando en esto, tratando con toda nuestra fuerza de hacerlo. Fallamos tantas veces, y por eso perdemos nuestra alegría y paz.

El resultado es que caemos en un tipo de ceguera de espíritu, en una depresión de espíritu. Caemos en un tipo de desesperación. Desesperamos de que podamos cumplir la voluntad de Dios. Vemos que no tenemos el poder para hacerla con éxito.

Pero mientras crecemos espiritualmente, vemos que nuestras imperfecciones son más y más pequeñas. No son cosas grandes ahora en que fallamos, sino imperfecciones muy pequeñas—no pecados mortales o cosas serias—, pero aun así, nos abruman y roban nuestra paz, poniéndonos en una depresión, porque ya somos más sensibles que antes, y cosas más pequeñas nos atormentan más ahora.

Sabemos que estamos progresando, pero sabemos también que estas imperfecciones pequeñas, que la mayoría ni siquiera reconoce como imperfecciones, nos abruman y nos ponen en una depresión, incluso a veces casi en un estado de desesperación, porque no vemos cómo pudiéramos salir de esta situación de fallar repetidamente en lo que sabemos que Dios espera de nosotros. No logramos ser perfectos, aunque Jesús dice: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt 5, 48).

¿Qué, pues, debemos hacer? ¿Qué es la solución de este problema de tristeza, ceguera, y depresión? Somos, pues, reducidos a ser como Bartimeo, sentados junto al camino, gritando con él: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mc 10, 47).

Y ¿qué hizo Jesús? Le llamó, al frente de todos, y le dio lo que le pidió. ¿Y qué hará para nosotros? Hará lo mismo. ¿Y cómo sabemos esto? Sabemos porque está escrito así en la Biblia, la palabra inspirada de Dios. Y sabemos esto también porque en el pasado, Jesús nos trató así cada vez que le habíamos pedido. No nos curaba siempre inmediatamente, porque es bueno, en su plan para con nosotros, que sufrimos un poco esta ceguera para nuestra purificación y crecimiento espiritual. Pero si somos cristianos, sabemos que él nos curó cada vez que le pedimos.

Así, pues, hacemos lo que hizo Bartimeo, y vemos que Jesús nos cura por medio de nuestra fe en él. Él cura nuestra alma. Él abre nuestros ojos. Él sana nuestra ceguedad de espíritu, perdona nuestros pecados e imperfecciones, y restaura nuestra paz y alegría de espíritu. Otra vez podemos ver la belleza de su amor y de la vida, con él morando en nuestro corazón, iluminándolo (2 Cor 4, 6), llenándonos de su luz y esplendor. Andamos, pues, en su luz y en la novedad de vida (Rom 6, 4), en la luz de su resurrección. Vivimos, pues, una vida resucitada con Cristo resucitado. Nuestros pecados e imperfecciones son perdonados por medio de su muerte en la cruz, donde él sufrió esta depresión por nuestros pecados para salvarnos de esto. Él nos da alegría de corazón. En verdad, “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal 125, 5).


MUERTO POR NUESTROS PECADOS
P. Steven Scherrer

 

MUERTO POR NUESTROS PECADOS,
Y RESUCITADO PARA NUESTRA JUSTIFICACIÓN

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 29ª semana del año, 19 de octubre de 2009
Rom 4, 19-25; Lc 1; Lc 12, 13-21

“…el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4, 25).

Este versículo expresa la esencia del evangelio, la proclamación de la salvación de Dios para el hombre en Jesucristo. En su muerte está nuestra vida nueva, librada del pecado y de la pena de la culpabilidad. Su muerte es la medicina para curar nuestra mala conciencia, para librarla y darle alegría. Esta es la salvación que Dios envió al hombre después de su pecado, que lo separó de Dios y lo puso en la oscuridad, tristeza, y depresión, de las cuales no pudo librarse a sí mismo. Jesucristo es el Salvador a quien Dios envió al hombre para librarlo de este pozo, en que había caído y se perdió. Jesucristo, pues, murió “por nuestras transgresiones” (Rom 4, 25), para que no permanezcamos en ellas, para que no quedemos perdidos, hundidos en la culpabilidad, y deprimidos. Él nos salva de estas transgresiones y de este mal estado de espíritu por medio de su muerte en la cruz, en que él aceptó nuestro sufrimiento de alienación de Dios y lo sufrió él mismo en la cruz, abandonado por su Padre. Cristo murió sintiéndose abandonado y alienado de su Padre, gritando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mc 15, 34). Así él llevó nuestros pecados y nos libró de ellos en su muerte. Él, pues, sufrió vicariamente por nosotros, librando así a los que creen en él de sus pecados, porque él pagó nuestra deuda de sufrimiento por ellos. Así nos justificó, es decir, así él nos hizo justos y santos.

Entonces, Cristo resucitó de la muerte para vivir una vida nueva y glorificada, en su humanidad glorificada, sentado a la diestra de su Padre. Pero siendo resucitado, él permanece también con nosotros para que resucitemos con él para andar en la novedad de vida (Rom 6, 4). Andamos, pues, en su luz, en la luz y esplendor que dimanan de su cuerpo resucitado. La luz de su resurrección nos ilumina. Resucitamos, pues, con él para una vida nueva y resucitada en medio de este mundo viejo, para que seamos testigos de la nueva creación en Jesucristo, muerto y resucitado; y para que seamos lumbreras “en medio de una generación maligna y perversa” (Fil 2, 15).


Nuestra justificación viene de la muerte vicaria de Jesucristo en la cruz; y su resurrección es el signo del éxito de su muerte; es decir, que su muerte fue aceptada por el Padre, en vez de nuestra muerte, como el castigo de nuestros pecados. En este sentido, su resurrección manifiesta que somos justificados por su muerte. Su resurrección muestra que su muerte nos salvó y justificó, y por eso podemos decir con san Pablo que él resucitó para nuestra justificación (Rom 4, 25).


SOIS LUMINARES EN EL MUNDO, NO OS AVERGONCÉIS
P. Steven Scherrer

 

SOIS LUMINARES EN EL MUNDO,
NO OS AVERGONCÉIS

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 28ª semana del año, 17 de octubre de 2009
Rom 4, 13.16-18; Sal 104; Lc 12, 8-12

“Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios” (Lc 12, 8-9).

¡Qué importante es que confesemos a Jesucristo en el mundo y no nos avergoncemos de él y de nuestra fe en él en el mundo y delante de los hombres y los no creyentes! Dios nos puso en el mundo para esto, para ser sus testigos. Cristo nos envió a proclamar su evangelio y dar testimonio de él delante de los hombres. “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo”, dijo Jesús sobre sus apóstoles en oración a su Padre (Jn 17, 18). Y a sus discípulos dijo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Jn 20, 21). Durante su ministerio, Jesús “los envió [a sus discípulos] a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Lc 9, 2).

Proclamamos el evangelio y predicamos a Cristo por nuestras palabras y por nuestra manera de vivir y comportarnos en el mundo, delante de los hombres que nos observan. Pero hay muchos que, más que nada, quieren mezclarse con la multitud y vivir como todo el mundo, siendo como los demás. No quieren ser diferentes ni destacarse de ninguna manera. Tienen miedo de ser diferentes de la mayoría y no quieren nadar contra corriente. Muchas veces ellos tienen vergüenza de su fe y no quieren ser conocidos como cristianos o como sacerdotes o como religiosos. Quieren ser anónimos. Se disfrazan, si son sacerdotes, en lugares públicos y se visten como personas seglares para no dar testimonio de su fe y su consagración a Dios. Tienen vergüenza de ser conocidos como sacerdotes de Cristo o personas consagradas a él. Pero “el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mc 8, 38).

No es sólo con nuestras palabras o sermones que damos testimonio a Cristo. Nuestra vida, nuestro tipo de consagración a Dios, y nuestra manera de vivirla siempre serán nuestro primer y más importante sermón y nuestro mejor testimonio. No debemos poner nuestra luz “debajo de un almud, sino sobre el candelero” para alumbrar a todos los que están en la casa (Mt 5, 15).

Debemos vivir como el Espíritu Santo nos dirige; y si esto nos hace diferentes de los demás, no debemos avergonzarnos de esto ni rehusar seguir la dirección del Espíritu Santo. Nuestra diferencia será nuestro testimonio propio y particular que Dios nos ha dado para la edificación de los demás. Nuestro ideal no debe ser mezclarnos con los demás y no destacarnos entre ellos de modo alguno, sino dar testimonio de Jesucristo. Así, pues, seréis “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil 2, 15). Esta es tu vocación —ser luminares en el mundo—. No te avergüences de ella.


LA JUSTIFICACIÓN NOS RENUEVA INTERIORMENTE
P. Steven Scherrer

 

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE
NOS RENUEVA INTERIORMENTE

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 28ª semana del año, 16 de octubre de 2009
Rom 4, 1-8; Sal 31; Lc 12, 1-7

“Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom 4, 3).

Aquí vemos que la justificación por la fe y no por nuestras obras según la ley era el método de salvación aun antes del nacimiento de Jesucristo, porque Abraham fue justificado no por sus obras, sino por su fe; es decir, por su fe en Dios y en su promesa. “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom 4, 3; Gen 15, 6).

Así, pues, podemos jactarnos sólo de Jesucristo y no de nuestras propias obras en este asunto de ser justificados, porque la justificación viene de él y no de nosotros. Esta justificación nos cambia interiormente y transforma, perdonando nuestros pecados y vistiéndonos de la gloria de Cristo. Nos da paz con Dios, paz en nuestra conciencia. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 5, 1). Es una renovación interior que nos hace una nueva creación (2 Cor 5, 17).

La justificación viene de la muerte y resurrección de Jesucristo y se aplica a nosotros cuando creemos en él. Viene sobre todo por medio de los sacramentos (el bautismo y la penitencia). Nos da una liberación interior del pecado y de nuestra culpabilidad y borra nuestro gran sufrimiento de la culpabilidad por nuestros pecados e imperfecciones. Y porque continuamos a caer en imperfecciones, tenemos que repetirla, aun diariamente, pidiendo siempre de nuevo el perdón de Dios por nuestras nuevas imperfecciones, y usando los sacramentos que Cristo nos dejó para este propósito.

Cuando Dios nos justifica por los méritos de Jesucristo, nuestra culpabilidad está transferida a Cristo, mientras que su justicia está imputada a nosotros. Su gracia está infundida en nosotros. En su justificación, Dios no pone a un lado la ley, sino declara que sus requisitos son cumplidos por nosotros en la muerte de Cristo, quien pagó por nosotros nuestra deuda. Y así podemos ir absueltos y libres de todo pecado y todo sentido de culpabilidad.

Nuestra fe es el medio por el cual recibimos el don de la justificación. Tenemos que confesar nuestros pecados y pedir este don por medio de los méritos de Jesucristo en la cruz, sobre todo en el sacramento de la penitencia. Son los méritos de Cristo que nos justifican, no la virtud de nuestra fe. Nuestra fe es sólo el medio de recibir y aceptar lo que los méritos de Cristo ganaron por nosotros.

La justificación una vez recibida, podemos crecer más en ella por medio de nuestras obras buenas según la ley. Este es el proceso de la santificación, y en el último día seremos juzgados conforme a nuestras obras (Mt 16, 27).

Por medio de la justificación por la fe, podemos andar en el esplendor de la justicia de Jesucristo, en paz con Dios en nuestro corazón, como una nueva criatura, un hombre nuevo, alguien que ha nacido de nuevo.


UNA PROPICIACIÓN EN SU SANGRE
P. Steven Scherrer

 

UNA PROPICIACIÓN EN SU SANGRE

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 28ª semana del año, 15 de octubre de 2009
Rom 3, 21-30; Sal 129; Lc 11, 47-54

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios (Rom 3, 21) … la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (Rom 3, 22) … por cuanto todos pecaron (Rom 3, 23) … siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Rom 3, 24), a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Rom 3, 25), con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea justo, y el que justifica al que tiene fe en Jesús (Rom 3, 26) … Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Rom 3, 28) … Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión y por medio de la fe a los de la incircuncisión (Rom 3, 30). ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (Rom 3, 31).

Estas sentencias de la primera lectura, traducidas aquí literalmente, son las sentencias más importantes teológicamente que jamás han sido escrito. San Pablo nos enseña aquí que ahora la justicia que nos hace justos se ha manifestado aparte de la ley (Rom 3, 21) y aparte de nuestras obras buenas según la ley (Rom 3, 28). Esta justicia justificante de Dios viene “por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen en él” (Rom 3, 22). Dios nos envía esta justificación porque todos han pecado (Rom 3, 23) y han fallado en venir a ser justos por sus propias obras según la ley. Por eso Dios nos justifica ahora “gratuitamente por su gracia”, rescatándonos por medio de Jesucristo (Rom 3, 24).

Jesucristo es el medio que Dios usó para esto, siendo quien propició a Dios por medio de su sangre. Es decir, Cristo fue un sacrificio propiciatorio para aplacar la ira justa de Dios contra nuestros pecados. Es la misma Trinidad que, en su amor por nosotros, inició este medio de propiciar su propia ira justa contra nuestros pecados.

Él propició a Dios en que él sufrió, en lugar de nosotros y por nosotros, el castigo justo por nuestros pecados. Es el mismo Dios, la misma Trinidad, que inició esto, y así Jesucristo manifestó que Dios es verdaderamente justo aunque había “pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” del Antiguo Testamento (Rom 3, 25) sin castigarlos adecuadamente. Pero ahora es claro que Dios era justo en pasar por alto los pecados del Antiguo Testamento, porque ahora él los expía justamente en la muerte de Cristo en la cruz. Es decir, Dios pasó por alto los pecados pasados “con la mira [o la intención] de manifestar en este tiempo su justicia” (Rom 3, 26) en el sacrificio propiciatorio y expiatorio de Jesucristo en la cruz. Así, pues, Jesucristo manifiesta que Dios es “justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús” (Rom 3, 26). Todos son justificados así, tanto los gentiles como los judíos (Rom 3, 30). Así, pues, la ley no es destruida, sino confirmada (Rom 3, 31), porque el castigo justo de la ley por el pecado fue pagado por Jesucristo en su muerte en la cruz.

Vemos, pues, que somos hechos verdaderamente justos por Dios por medio de nuestra fe, es decir, no somos sólo declarados justos sino hechos justos, porque es Dios que nos justifica. Somos, pues, regenerados, nacidos de nuevo, y hechos una nueva creación (2 Cor 5, 17) por el sacrificio propiciatorio de Jesucristo en la cruz.

Dios es la persona primaria a ser reconciliada y propiciada por este sacrificio, que se ofreció a él. Dios es siempre un Dios de Amor. Es la Trinidad que, por amor, propuso este método de rescatarnos. Pero aun así, su amor no cancela su justicia, que tuvo que ser propiciada de esta manera.


ÉL DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS
P. Steven Scherrer

 

ÉL DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS

P. Steven Scherrer

Homilía del 29º domingo del año, 18 de octubre de 2009
Is 53, 10-11; Sal 32; Heb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

“…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

Aquí tenemos el gran texto que presenta a Jesucristo como el rescate por muchos. La primera lectura habla de esto también. Dice: “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje … por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Is 53, 10-11). Para esto, Dios se encarnó en el mundo; es decir, el Hijo de Dios, igual en divinidad con su Padre, asumió una naturaleza humana para poder sufrir “la paga del pecado”, que es la muerte (Rom 6, 23). Dios dijo a Adán, “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gen 2, 17). De verás, “la paga del pecado es muerte” (Rom 6, 23). Es precisamente esta muerte que Dios se encarnó en Jesucristo para morir por nosotros —él murió esta muerte—, para rescatarnos de esta muerte, que es el obstáculo que nos divide de Dios. Es una muerte espiritual y física —la separación del alma de Dios—. Sería también una muerte eterna si Dios, en la persona de su Hijo, no la hubiera muerto por nosotros y en lugar de nosotros, librándonos de la muerte eterna del infierno.

Porque nosotros fuimos envueltos en la muerte a causa de nuestros pecados y a causa del pecado de Adán, por esta razón Dios, en Jesucristo, su Hijo, la murió por nosotros La muerte (física, espiritual, y eterna) es el castigo del pecado (el de Adán y los de nosotros). El mismo Dios, en Jesucristo, murió nuestra muerte, que nos divide de él, capacitándonos a entrar en comunión con él —el gran obstáculo (la muerte) habiendo sido quitado—. Así, fue para esto que Jesucristo entró en el mundo. “…no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

El Padre tuvo contentamiento en su Hijo amado haciendo esto en la cruz (Is 42, 1). El Hijo llevó nuestro castigo, murió nuestra muerte, y así nos libró de la muerte y del pecado, dándonos la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 23). Así, pues, él puso “su vida en expiación por el pecado” (Is 53, 10). Él expió nuestros pecados en la cruz al aceptar responsabilidad por ellos y al pagar su deuda, es decir, su castigo, que es morir por ellos.

Nosotros, pues, ahora debemos vivir una vida nueva —no solamente perdonada, sino también cambiada y transformada—, una vida que renuncia al pecado y vive en el amor de Dios. Por la muerte de Jesucristo, el Padre nos justifica, es decir, nos hace justos, personas regeneradas, nacidas de nuevo por medio de nuestra fe en él. Resucitamos, pues, en su resurrección para andar en la luz que dimana de Cristo resucitado y andamos en la novedad de la vida (Rom 6, 4). Su muerte sustituyó ante el Padre por nuestra muerte, que habríamos muerto si él no la hubiera muerto por nosotros; y su resurrección nos dio una vida nueva en la luz (Jn 8, 12; 1 Pd 2, 9).

Jesucristo es también el rescate por nosotros en que murió sin tener que morir, porque él era sin pecado, y la muerte es sólo para pecadores y los que llevan el pecado original en sus almas, como los infantes, que no tienen pecados personales, pero aun así, mueren porque tienen el pecado original. Cristo no tuvo ni el pecado original ni pecados personales, pero sin embargo murió. Es decir, murió injustamente. No debería haber muerto. Satanás no tuvo derecho alguno sobre él para ponerlo en el Hades, la morada de los muertos, y por eso cuando descendió al Hades, lo reventó y libró a todos sus cautivos, conduciéndolos al cielo con él (Ef 4, 8.9; 1 Pd 3, 19). Él fue, pues, el rescate que Dios dio a Satanás para reventar al Seol al llegar allí. Él es, entonces, el vencedor de Satanás, de la muerte, y de la morada de los muertos. Él es Christus Victor.

La cruz de Jesucristo es, además, para nosotros que fuimos rescatados por ella el modelo para nuestra nueva manera de vivir, muertos y resucitados en Jesucristo. Debemos, pues, vivir el misterio de la cruz, ofreciéndonos a nosotros mismos al Padre con Jesucristo por el sacrificio de nosotros mismos. Así, pues, “el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45). Debemos, pues, vivir íntimamente unidos con él, aun en la pauta de su vida, que es una vida crucificada al mundo y sacrificada al Padre en amor, una vida derramada en amor. Hacemos esto normalmente al ofrecernos al servicio de los demás, siendo, pues, los siervos y esclavos de todos.


LOS COLLADOS FLUIRÁN LECHE
P. Steven Scherrer

 

LOS COLLADOS FLUIRÁN LECHE

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 27ª semana del año, 10 de octubre de 2009
Joel 3, 12-21; Sal 96; Lc 11, 27-28

“Sucederá en aquel tiempo, que los montes destilarán mosto, y los collados fluirán leche” (Joel 3, 18).

Es para estos días que esperamos ahora, y aun hemos empezado a disfrutar de algo de ellos ahora, de antemano, por la vida de fe. La vida de fe se muestra en obras externas, en la manera en que vivimos. Es una vida de obediencia a la voluntad de Dios en todo aspecto de nuestra vida, conforme a la dirección del Espíritu Santo. Cada persona tiene su vocación personal, distinta a los demás, y si uno obedece esta dirección personal con exactitud, será bendito. Para él, aun los montes destilan mosto, y los collados fluyen leche, porque vive en la bendición de Dios.

Jesús dice hoy: “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lc 11, 28). Esta fue su respuesta a la mujer que le dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste” (Lc 11, 27). Mejor aun que ser su madre es guardar la palabra de Dios. Dijo la misma cosa cuando le dijeron: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Él entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen” (Lc 8, 20-21). Somos, pues, como su madre y sus hermanos si oímos y hacemos la palabra de Dios, porque “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21). “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace —dice—, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mt 7, 24).

Es difícil, a veces, hacer la voluntad de Dios, porque puede ser que yo soy el único que la hago en algún asunto en mi ambiente, y la presión social está en contra de mí, y tengo que nadar contra la corriente. Pero así daremos nuestro testimonio, que es muy importante para nuestros contemporáneos. Cuando damos este testimonio requerido de nosotros por Dios, él nos recompensa interiormente, y los montes destilan mosto y los collados fluyen leche para nosotros (Joel 3, 18).

Dios nos recompensa por nuestra justicia, como dice el salmista: “El Señor me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos del Señor, y no me aparté impíamente de mi Dios … Limpio te mostrarás para con el limpio” (Sal 17, 20-21.26). La salvación y la gloria de Dios están cerca de los que le temen y hacen su voluntad. Ellos viven en el encanto de su presencia, porque “Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen, para que habite la gloria en nuestra tierra” (Sal 84, 9).

Pero todavía esperamos la revelación de esta gloria de Dios mientras nos acercamos cada día más al día del Señor. Queremos, pues, guardar su “mandamiento sin macula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo”, como dice san Pablo en el oficio de las lecturas hoy (1 Tim 6, 14).


EL REINO DE DIOS ESTÁ ENTRE NOSOTROS
P. Steven Scherrer

 

EL REINO DE DIOS ESTÁ ENTRE NOSOTROS

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 27ª semana del año, 9 de octubre de 2009
Joel 1, 13-15; 2, 1-2; Sal 9; Lc 11, 15-26

“Mas si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 20).

Jesucristo es el vencedor de Satanás y su reino. Sus exorcismos demuestran esto. Él echa fuera los demonios, los secuaces de Satanás, y trae a la tierra el reino de Dios. En él, con su aparición y actividad en el mundo, el reino de Dios aparece en el mundo para la salvación del hombre. Es por el poder de Dios que Cristo echa fuera los demonios, no del Beelzebul, porque en este caso Satanás sería dividido contra sí mismo. Cristo es el Mesías, trayendo el reino de Dios al mundo. El reino de Dios es un nuevo estado de paz en el mundo, en que Dios, victorioso en Cristo sobre los poderes de Satanás, reina en los corazones de los hombres. Cristo introduce un reino de luz en la tierra y destruye el reino de pecado y condenación.

Cristo nos libra de la condenación de la ley al cumplir la ley por nosotros en su vida obediente y al sufrir en su muerte el castigo justo de la ley por nuestros pecados, condenando el pecado en su propia carne (Rom 8, 3). Habiendo cumplido la ley por nosotros, somos librados de la condenación de la ley, para vivir en adelante en la libertad de los hijos de Dios, en paz con Dios, andando en la nueva luz de Cristo (Jn 8, 12). Él sufrió nuestra condenación, y “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8, 1). Ahora, pues, andamos según el Espíritu y no más según la carne. Ahora, justificados por nuestra fe en Jesucristo, guardamos la ley moral para nuestra santificación, porque seremos juzgados conforme a nuestras obras (Mt 16, 27; Rom 2, 6).

Así, pues, Jesucristo nos redimió para que andemos en su luz, en paz con Dios, librados de los ataques de nuestra conciencia. Él vence a Satanás y al pecado. Su muerte destruye el reino de Satanás, porque Satanás no pudo agarrarlo, siendo Cristo sin pecado y por tanto sin necesidad de morir, porque la muerte es el castigo del pecado (Gen 2, 17). Cristo, pues, echa fuera Satanás, reventando su morada de los muertos, y nos libra de su poder, para que vivamos una vida nueva en él, habiendo resucitado en el poder de su resurrección. Su muerte destruyó nuestra muerte y pagó nuestro castigo de pecado, justificándonos. En su resurrección, él nos vistió de su justicia y esplendor, restaurando nuestra vida e iluminándonos de la luz que dimana de su resurrección. Así, pues, por la fe en él, librados de la culpabilidad, andamos en la luz (Jn 8, 12). Estamos, pues, en el reino de Dios al estar en Jesucristo, porque “el reino de Dios está entre vosotros” (Lc 17, 21). “El reino de Dios no vendrá con advertencia” (Lc 17, 20). Está en medio de nosotros.


NACERÁ EL SOL DE JUSTICIA
P. Steven Scherrer

 

NACERÁ EL SOL DE JUSTICIA

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 27ª semana del año, 8 de octubre de 2009
Mal 3, 13-4, 2; Sal 1; Lc 11, 5-13

“Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada” (Mal 4, 2).

Esta es una profecía mesiánica. En los días del Mesías, los que temen al Señor e invocan su nombre con fe recibirán lo que piden. El Sol de justicia nacerá para ellos, y “en sus alas traerá salvación; y saldréis y saltaréis como becerros de la manada” (Mal 4, 2). Jesús nos dice algo semejante hoy, diciendo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11, 13). Cristo es el Mesías que nace para nosotros como el Sol de justicia, y en sus alas está la curación y la salvación de nuestras almas.

¿Pero de qué necesitamos ser curados? De la culpabilidad y tristeza de espíritu, causadas por haber fallado en hacer nuestra obligación y todo lo que Dios quiere de nosotros. Cristo vino, pues, para curar esta enfermedad que lisia nuestro espíritu. Él vino para destruir el reino de Satanás para librarnos de su poder. San Marcos nos dice que Jesús “predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios” (Mc 1, 39). Y “Volvieron los sesenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y él les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 17-18). Cristo es el hombre más fuerte que vence al hombre fuerte y armado (Satanás) que guardaba su palacio, y le quitó todas sus armas en que confiaba, y repartió el botín (Lc 11, 21-22). Jesús interpretó su acción exorcista, diciendo: “si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 20).

Cristo es el vencedor sobre el poder del diablo, y nos dará la curación de nuestro espíritu que anhelamos y necesitamos. Nos la da por medio de su muerte y resurrección cuando se la pidamos. Murió en nuestra naturaleza vieja para que, unidos íntimamente con él, resucitemos con él en una naturaleza renovada, en el esplendor de su resurrección, para andar en la novedad de vida (Rom 6, 4) y vivir con él una vida resucitada (Col 3, 1-2) en la alegría del Espíritu Santo. Su muerte, además, pagó nuestra deuda de sufrimiento en castigo por nuestros pecados, porque él sufrió la alienación de Dios en la cruz por nosotros para librarnos de este sufrimiento de alienación cuando le pedimos con fe. Él nos dará este don cuando se lo pedimos por medio de los méritos de su muerte por nosotros en la cruz. Entonces saldremos, saltando de alegría y júbilo de espíritu como becerros de la manada. Así, pues, nacerá para nosotros “el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación” (Mal 4, 2). Sólo tenemos que arrepentirnos, cambiar nuestra vida, y pedir con fe; y entonces esperar con paciencia su respuesta, que él nos dará en su debido tiempo.


LAS VOCACIONES RELIGIOSAS
P. Steven Scherrer

 

LA MUNDANALIDAD
DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA
Y LAS VOCACIONES RELIGIOSAS

P. Steven Scherrer

Homilía del 28º domingo del año, 11 de octubre de 2009
Sabiduría 7, 7-11; Sal 89; Heb 4, 12-13; Mc 10, 17-30

“Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Mc 10, 21).

Aquí está el llamado a la perfección. No hay nadie que pueda disculparse y decir que esto no me aplica a mí. Este texto, en cierto sentido, es para todos. Todos son llamados a dejarlo todo y seguir a Jesús si quieren ser perfectos (Mt 19, 21). Pero es verdad que no todos son llamados a hacer esto de la misma manera. Pero sí, hay algunos que son llamados a seguir a Jesucristo así de una manera más literal y más radical. Entre ellos son los sacerdotes y religiosos, y sobre todo los monjes. Hay también muchos que no viven en monasterios ni son ordenados sacerdotes, ni han echado votos religiosos formales, pero que aun así se sienten llamados a un seguimiento más radical de Jesucristo de esta manera. Así, pues, de un modo u otro, este texto se dirige a todos, a cada persona que quiere seguir a Jesucristo, pero especialmente se dirige a los sacerdotes y religiosos, a los monjes, y a los que se sienten llamados a una vida de seguimiento radical, a una vida de despojo y desprendimiento de sí mismos por amor a Jesucristo.

Hoy, en varios países, hay muchas menos vocaciones sacerdotales y religiosas que antes. ¿Por qué? Puede ser porque somos más prósperos económicamente ahora y más acostumbrados a una vida lujosa, llena de placeres y delicadezas. Y esto ha estropeado a muchos. Son, pues, mimados, y han olvidado las virtudes de una vida austera, sencilla, y frugal. Han olvidado la belleza y la importancia espiritual del sacrificio, unido al sacrificio de Cristo. Muchos han olvidado la cruz y su centralidad en la vida cristiana. Han olvidado que al morir, vivimos; al morir a este mundo, viviremos para con Dios. Muchos han olvidado también la belleza de una vida dedicada a Dios, la belleza de un corazón reservado únicamente para el Señor, sin ser dividido entre otros amores, cosas, y placeres. Muchos, pues, han venido a ser mundanos, personas del mundo, hombres del mundo, conocedores de la dulce vida, personas cuyas vidas son llenas de diversiones, vacaciones, entretenimientos, y recreaciones. Muchos, pues, han venido a ser como vagabundos, andando vagando por el mundo y sus deleites y placeres, perdiendo tiempo, no haciendo nada de significado ni de valor a los ojos de Dios. Quieren distraerse continuamente. Prender la televisión es la primera cosa que hacen en la mañana en vez de orar, meditar, leer la Biblia, y rezar el oficio divino.

Si este es nuestra cultura hoy, una cultura de placer, ¿estamos sorprendidos a ver que, en varios países, entre nuestros jóvenes no hay vocaciones sacerdotales ni religiosas? En un sentido, es un castigo de Dios por la mundanalidad de nuestra cultura contemporánea. Es también el resultado normal, natural, y esperado de esta orientación de la cultura.

Pero en medio de todo esto, se oye la voz del evangelio, llamándonos a algo más, llamándonos otra vez a la perfección (Mt 19, 21). “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!”, dice Jesucristo hoy (Mc 10, 23). “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja —continúa diciendo— que entrar un rico en el reino de Dios” (Mc 10, 25). El rico es el hombre rodeado de placeres y olvidadizo de Dios. Pero los que dejan el mundo por Cristo recibirán cien veces más, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna (Mc 10, 30). Los primeros de este mundo, en su vida moderna y próspera, llena de placeres, serán los últimos para con Dios; mientras que los sencillos que han renunciado a todo por causa de Cristo serán los primeros para con Dios (Mc 10, 31; 8, 35; Jn 12, 25).

¡Qué bello es este ideal que tantos han olvidado! —el ideal de la vida de perfección, el ideal de dejarlo todo de este mundo por causa de Cristo—. Los que viven así, que viven verdaderamente el ideal del sacerdocio y de la vida religiosa o monástica, conocen la belleza espiritual de este tipo de vida, reservando sus corazones sólo para el Señor, renunciando a los placeres innecesarios de este mundo. Han dejado una vida de ir vagando por el mundo buscando entretenimientos y diversiones, y han descubierto la importancia de la estabilidad y de una vida quieta de oración, ayuno, silencio, concentración, soledad, lectura y estudio espiritual, y trabajo silencioso y orante. Sirven sólo a un Señor (Mt 6, 24) y tienen sólo un tesoro, el Señor (Mt 6, 19-21). Tratan de entrar por la puerta estrecha y difícil de los pocos, no por la puerta ancha y cómoda de los muchos (Mt 7, 13-14). Pierden su vida en este mundo para hallarla verdaderamente con Dios (Mc 8, 35; Jn 12, 25). Renuncian a los placeres, entretenimientos, y delicadezas de este mundo para obtener el tesoro escondido y la perla preciosa (Mt 13, 44-46). Son los benditos pobres y pobres en espíritu que heredarán el reino de Dios (Lc 6, 20; Mt 5, 3), no los ricos que ya han tenido su consuelo (Lc 6, 24; 16, 25)

Si pudiéramos descubrir otra vez estos valores evangélicos, verdaderos y vivirlos, creo que habremos descubierto también la solución de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas en muchos países hoy. Son estos valores, vividos por una comunidad, que atraerán vocaciones, porque este es el significado de una vocación sacerdotal y religiosa. Pero si nuestras órdenes y sociedades de vida apostólica no viven estos valores, ¿cómo sería posible que atraigamos vocaciones?


UNA VIDA RADICAL PARA DIOS
P. Steven Scherrer

 

UNA VIDA RADICAL PARA DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 27ª semana del año, 4 de octubre de 2009
Jonás 1, 1-2, 1.11; Jonás 2; Lc 10, 25-37

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27).

El amar a Dios con todo el corazón, alma, mente, y fuerzas es el primer mandamiento de Jesucristo, como vemos claramente en el evangelio de san Marcos y de san Mateo (Mc 12, 30; Mt 22, 36-37). Este mandamiento debe guiarnos en toda nuestra vida, en todo lo que hacemos; y lo más radicalmente podemos observarlo, mejor, según la dirección de Dios en nuestra vida. Así, pues, el Espíritu Santo guía a algunos a dejar todo lo de este mundo y seguirle a Cristo con todo su corazón y vida como lo que Jesús invitó al joven rico a hacer (Mt 19, 21). Este es el llamado a la perfección, a una vida de perfección en el servicio de Dios. Todos son llamados a la perfección y a dejar todo por causa de Jesucristo, pero algunos lo hacen de una manera más radical que otros, conforme a la dirección de Dios en su vida.

La vida monástica es la manera más radical de todo de observar este primer mandamiento. El ideal de la vida monástica es vivir sólo para Dios y dejar el mundo y sus placeres atrás. Los monjes, pues, viven en una clausura, separados del mundo y sus placeres, ruido, y distracción. Viven en silencio y simplicidad, sin televisión, radio, ni películas; y viven una vida de ayuno continua —es decir, sin carne ni delicadezas, comiendo una sola comida completa al día—. Este es el ideal. Lo vemos en los Padres del Desierto, en la vida de san Antonio, abad, y en la vida de san Bernardo y san Bruno, por ejemplo. Es un ideal que desafía a los monjes de hoy si se han relajado u olvidado el ideal de su vida.

Es, además, un ideal que puede inspirar también a los sacerdotes y religiosos. Ellos viven el celibato precisamente porque quieren vivir radicalmente sólo para Dios con todo su corazón, mente, alma, y fuerzas. No quieren dividir su corazón con el amor de una esposa humana. No deben dividir su corazón tampoco con los otros placeres innecesarios de este mundo. Ellos también deben vivir una vida de oración y ayuno en el servicio del Señor. Deben ser separados del mundo, no perdidos en ello. Ellos, dice Jesús, “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17, 14). No deben, pues, prender la televisión como la primera cosa que hacen en la mañana, sino reverenciar las primeras horas del día, dedicándolas a Dios en silencio, oración, vigilias, el oficio divino, lectio divina, la celebración de la Misa, y la contemplación después de la recepción de la Santa Comunión. Deben ser reconocidos, además, por su manera de vestirse, como distintos del mundo seglar, y así dar el testimonio de su manera de vivir para la inspiración del mundo. Entonces, deben dedicarse al servicio de su prójimo en caridad y en la ofrenda de su vida.


DIOS NOS RECOMPENSA CONFORME A NUESTRA JUSTICIA
P. Steven Scherrer

 

DIOS NOS RECOMPENSA
CONFORME A NUESTRA JUSTICIA

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 26ª semana del año, 3 de octubre de 2009
Baruc 4, 5-9.27-29; Sal 68; Lc 10, 17-24

“Como os inclinasteis a apartaros de Dios, así convertidos lo buscaréis diez veces más. Pues el que trajo sobre vosotros el castigo, os traerá con la redención la eterna alegría” (Baruc 4, 28-29).

La palabra de Dios es muy clara cuando nos enseña que si desatamos la ira de Dios por nuestros pecados, él nos castigará; pero si lo tememos y recordamos sus mandamientos para ponerlos por obra, él nos mostrará misericordia desde la eternidad y hasta la eternidad (Bar 4, 6-7; Sal 102, 17-18). ¡Cuán importante es recordar esto! Si nos hemos apartado de Dios y de su voluntad en algo, no debemos desesperar; sino tener paciencia con nuestro castigo y, convertidos ahora, buscarlo diez veces más. Si hacemos esto, él nos promete que nos “traerá con la redención la eterna alegría” (Bar 4, 29).

A veces no está completamente claro a nosotros exactamente qué es la voluntad de Dios para con nosotros en un asunto particular; y al actuar, podemos cometer una falta. Descubrimos que nos hemos equivocado por sentirnos mal en nuestro corazón, por sentir la culpabilidad, y por perder nuestra paz y alegría de espíritu. Así Dios nos enseña su voluntad más claramente y con más exactitud. Él hace así a veces aun cuando no tenemos la intención de ofenderlo ni desobedecerlo, e incluso cuando estamos confundidos, no sabiendo con claridad exactamente qué es su voluntad en un asunto particular. Así, pues, aprendemos y crecemos.

Baruc nos da consolación hoy en este tipo de situación cuando nos hemos equivocado en algo y por eso nos sentimos mal, habiendo perdido nuestra paz. “Hijos —dice— soportad con paciencia el castigo que Dios os ha enviado … ¡Ánimo hijos, clamad a Dios!, pues el que os mandó esto se acordará de vosotros” (Bar 4, 25.27). Él os perdonará si “convertidos lo buscaréis diez veces más” (Bar 4, 28). Debemos, pues, tratar diez veces más de buscarlo y en adelante observar su voluntad exactamente. Si hacemos esto, él restaurará su paz y alegría en nuestro corazón. Jerusalén personificada dice a sus hijos desterrados por sus pecados: “Os despedí con lágrimas de duelo, pero Dios os devolverá a mí para siempre con felicidad y alegría” (Bar 4, 23). Vuestros vecinos —dice— “contemplarán muy pronto la salvación que Dios os concederá con gran gloria y el esplendor del Eterno” (Bar 4, 24).


Entonces, si podemos permanecer en su voluntad y no desobedecerlo; viviremos en la misericordia y alegría de Dios. Es así, porque “la misericordia del Señor es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos; sobre los que guardan su pacto, y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra” (Sal 102, 17-18). Así es, pues, porque “El Señor me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado” (Sal 17, 20).


EN LA PRESENCIA DE LOS ÁNGELES
P. Steven Scherrer

 

EN LA PRESENCIA DE LOS ÁNGELES

P. Steven Scherrer

Homilía para la memoria de los santos Ángeles Custodios, 2 de octubre de 2009
Ex 23, 20-23; Sal 90; Mt 18, 1-5.10

“Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10).

Hoy honramos a los ángeles custodios. Vemos aquí que cada persona tiene un ángel custodio. Jesús habla sobre los ángeles custodios de los niños, que “en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10). No vemos a los ángeles porque no tienen cuerpos, pero cada uno de nosotros tiene un ángel custodio. Los que temen al Señor y habitan al abrigo del Altísimo tienen una protección angélica especial. “El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”, dice el salmista (Sal 33, 7). Y al que “habita al abrigo del Altísimo … —dice el salmista— No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragón” (Sal 90, 1.10-13). Los ángeles también presentan nuestras oraciones delante de Dios. “Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos” (Apc 8, 4). El ángel Rafael dijo a Tobit y a Tobías: “Cuando tú y Sarra hacías oración, era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones” (Tob 12, 12).

Los ángeles estaban cerca de Jesucristo. Cuando nació, “repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alaban a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc 2, 13-14). Y en el jardín de Getsemaní, Jesús dijo a sus apóstoles, “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mt 26, 53).

Con todo esto, no podemos dudar que los ángeles están especialmente presentes durante la celebración de la eucaristía cuando Jesucristo está sacramentalmente presente sobre el altar y cuando la comunidad de los cristianos ofrecen sus oraciones y su culto público y oficial a Dios. Ofrecemos, pues, la Santa Misa en la presencia de innumerables ángeles que veneran el cuerpo y la sangre de Jesucristo, presentes en nuestro altar, y “suben y descienden sobre el Hijo del Hombre” (Jn 1, 51), presentando nuestras oraciones y suplicaciones delante del Padre (Apc 8, 4; Tob 12, 12). En la celebración de la Misa, estamos en la presencia de los santos ángeles, porque en el sacrificio de la eucaristía, “os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles” (Heb 12, 22). En este tiempo, no estamos solos aun si celebramos la eucaristía solos. Estamos en la presencia de los santos ángeles, adorando a Dios con nosotros, y presentando nuestras peticiones delante de él.


ESTAD PREPARADOS PARA LA TROMPETA FINAL
P. Steven Scherrer

 

ESTAD PREPARADOS PARA LA TROMPETA FINAL

P. Steven Scherrer

Homilía para los santos Arcángeles Miguel, Gabriel, y Rafael, 29 de septiembre de 2009
Dan 7, 9-10.13-14; Sal 137; Jn 1, 47-51

“De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre” (Jn 1, 51).

Hoy celebramos la fiesta de los arcángeles. Los ángeles son espíritus puros, sin cuerpos, que sirven a Dios y lo alaban siempre. Viven constantemente en su presencia y están enviados a la tierra como sus mensajeros. Cuando morimos, los veremos en el cielo con Dios, porque Dios está rodeado de ellos, como vemos en la hermosa visión de Daniel. Daniel dijo: “Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como la lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego precedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él” (Dan 7, 9-10). Estos millares de millares y millones de millones que le sirven y asisten delante de él son los ángeles. Los ángeles estarán enviados también a nosotros en el último día, para llamarnos a entrar en la gloria de Dios y contemplarlo en esplendor y luz eternamente. Esperamos este gran día de gloria y luz ahora, y nos preparamos diligentemente para ello.

Debemos, pues, estar siempre vigilantes, siempre guardándonos del mundo, siempre aguardando su venida, su parusía en gran luz con sus ángeles, “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt 16, 27). Justificados por nuestra fe y no por nuestras obras, seremos juzgados conforme a nuestras obras. Por eso tenemos que vigilar siempre, porque no sabemos cuando él vendrá. No sabemos cuando lo veremos. Queremos estar preparados, aguardando su venida con alegre y ansiosa expectativa.

En aquel día, “las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo” (Mc 13, 25-27).

Queremos, pues, estar en un estado constante de preparación, porque el Señor vendrá cuando menos lo esperamos. Debemos, pues, vivir en el encanto de su venida, y no perdernos en la mundanalidad de este mundo con su ruido y distracción. Debemos reservar nuestro corazón para el Señor, y guardarlo bien para que no sea dividido. Debemos aun imaginar la trompeta final del arcángel para llamar a los electos de los cuatro vientos, del norte y del sur, del este y del oeste, para entrar en el banquete mesiánico, donde resplandeceremos como el sol en el reino de nuestro Padre (Mt 13, 43).

En aquel gran día, “el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Ts 4, 16). ¡Qué estemos preparados para esto ahora, mirando, orando, y velando (Mc 13, 33), siempre en un estado digno de este gran día! Entonces “enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos” (Mt 24, 31). Vivamos, pues, de tal manera ahora que estaremos entre su número.


LOS MONTES DESTILARÁN MOSTO
P. Steven Scherrer

 

LOS MONTES DESTILARÁN MOSTO

P. Steven Scherrer

Homilía del lunes, 26ª semana del año, 28 de septiembre de 2009
Zac 8, 1-8; Sal 101; Lc 9, 46-50

“Así ha dicho el Señor de los ejércitos: He aquí, yo salvo a mi pueblo de la tierra del oriente, y de la tierra donde se pone el sol; y los traeré, y habitarán en medio de Jerusalén; y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios en verdad y en justicia” (Zac 8, 7-8).

Esta es la promesa de Dios para el futuro de su pueblo. No sólo vendrán los desterrados de Babilonia, sino de todas partes de la tierra —del oriente y del occidente—, y vendrán y volverán a Jerusalén. El Señor restaurará a Sion. Dice: “Yo he restaurado a Sion, y moraré en medio de Jerusalén; y Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte del Señor de los ejércitos, Monte de Santidad” (Zac 8, 3).

Jerusalén será la morada de Dios en la tierra, en medio de su pueblo. “…moraré en medio de Jerusalén”, dice (Zac 8, 3). Morará con nosotros. Será nuestro Emanuel, y por eso tendremos paz. Dios es la fuente de toda paz, y con él morando con nosotros, en medio de nosotros, viviremos en su paz. Será una paz que atraerá a todos los pueblos —no sólo a los judíos— a Jerusalén, para morar con Dios. “Y vendrán muchos pueblos y fuertes naciones a buscar al Señor de los ejércitos en Jerusalén, y a implorar el favor del Señor” (Zac 8, 22).

En aquel día, “habrá simiente de paz; la vid dará su fruto, y dará su producto la tierra, y los cielos darán su rocío; y haré que el remanente de este pueblo posea todo esto” (Zac 8, 12). Vivimos ahora en los días mesiánicos, los días del Mesías, los días de Jesucristo habitando con su pueblo en la tierra. Hemos visto el comienzo de esta esperanza, y vivimos en este cumplimiento ahora, aguardando la venida del Señor cuando vendrá con todos sus santos en gran luz y gloria para colmar todo corazón con su gracia y esplendor.

Entonces “Sucederá en aquel tiempo, que los montes destilarán mosto, y los collados fluirán leche” (Joel 3, 18). La dulzura de Dios estará con su pueblo, y Dios los llenará de su paz. En aquel día, “vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt 8, 11). Será un día de luz y esplendor, de alegría y paz. Dios estará con su pueblo, y sus corazones se regocijarán en el Señor. Y la paz reinará en la tierra en los corazones de los hombres, y el amor de Dios los llenará.

Vivamos, pues, ahora en esta paz. Amemos a Dios con todo nuestro corazón, y sirvamos a nuestro prójimo con amor. Así viviremos en esta bendición mesiánica, en esta bendición de paz. Viviremos con Dios en la tierra, calentándonos en su esplendor y andando en su luz. Vivamos, pues, vigilantes para la parusía del Señor en gran luz con todos sus santos cuando los montes destilarán mosto y los collados fluirán leche.

Vivimos, pues, en esperanza para la parusía del Señor, pero al mismo tiempo ya vivimos en los días mesiánicos, los días del cumplimiento de las profecías. ¡Qué la paz de Dios colme nuestros corazones que desbordan de alegría para la venida de Dios en la tierra para consumar todas las cosas en su gloria!

CANTA Y ALÉGRATE, HIJA DE SION
P. Steven Scherrer

 

CANTA Y ALÉGRATE, HIJA DE SION

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 25ª semana del año, 26 de septiembre de 2009
Zac 2, 5-9.14-15; Jer 31; Lc 9, 43-45

“Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras; porque acontecerá que el Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres” (Lc 9, 44).

Hoy, por segunda vez, Jesús predice su pasión y muerte. Su muerte es el centro del evangelio. Nos trajo la salvación y una vida nueva. Es la salvación del mundo. Su muerte reventó la morada de los muertos y abrió las puertas del cielo para que los santos del Antiguo Testamento entraran en el cielo, en la presencia de Dios. Por su muerte, Cristo es el vencedor de la muerte. La muerte es sólo para los que llevan el pecado de Adán y por los pecadores, porque es el castigo del pecado (Gen 2, 17). Cristo no murió como pecador, ni como quien lleva el pecado de Adán, sino para destruir la misma muerte. Al morir y descender al Hades, Jesucristo lo reventó y destruyó —porque lo tragó injustamente— y condujo a los electos al cielo, hasta la presencia del Padre. En Cristo, pues, tenemos la esperanza de vivir eternamente con Dios.

Él pagó nuestra deuda de muerte. Deberíamos haber muerto eternamente si él no hubiera pagado esta deuda por nosotros. El que no debía haber muerto, murió no por sus pecados, sino por los nuestros y por el pecado de Adán, para que sean perdonados. Toda nuestra vida nueva, pues, dimana de él, el vencedor de la muerte y del pecado.

Por causa de la muerte de Cristo, tenemos esperanza para el futuro. Zacarías habla hoy del futuro de Jerusalén, que es nuestro futuro también. Dice: “Yo será para ella, dice el Señor, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella . . . Canta y alégrate, hija de Sion; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, ha dicho el Señor” (Zac 2, 5.10-11).

Esta profecía se cumplió en el nacimiento de Cristo en Belén, cerca de Jerusalén, porque en Cristo, Dios moraba en medio de nosotros, en medio de Jerusalén. “. . . y para gloria estaré en medio de ella . . . Canta y alégrate hija de Sion; porque, he aquí vengo, y moraré en medio de ti” (Zac 2, 5.10). Jesucristo es la gloria de Dios en medio de nosotros, la fuente de toda nuestra alegría. Por eso debemos alegrarnos en él, porque ha venido, y ya mora entre nosotros. Es nuestro Emanuel, Dios con nosotros.

Pero él es nuestra esperanza también, y esperamos con alegría su segunda venida cuando él morará en medio de nosotros de una manera visible y manifiesta cuando su gloria será vista por toda carne juntamente. “Y se manifestará la gloria del Señor, y toda carne juntamente la verá” (Is 40, 5). Aunque él está con nosotros ahora como Emanuel y nos regocijamos en su presencia en medio de nosotros, aun así, anhelamos el cumplimiento completo de esta profecía cuando él será como un “muro de fuego en derredor” (Zac 2, 5) y cuando para gloria él estará en medio de nosotros (Zac 2, 5). Aquel día está viniendo ahora, y alegramos ya de antemano en su luz. Vivimos, pues, en la alegría de su venida, y experimentamos que ya está viniendo. Vivimos en el encanto de su venida, y hacemos su voluntad para apresurarla (2 Pd 3, 12).


¿POR QUÉ MURIÓ JESÚS EN LA CRUZ?
P. Steven Scherrer

 

¿POR QUÉ MURIÓ JESÚS EN LA CRUZ?

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 25ª semana del año, 25 de septiembre de 2009
Ageo 1, 15 – 2, 9; Sal 42; Lc 9, 18-22

“Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lc 9, 22).

Hoy san Pedro confiesa que Jesús es el “Cristo de Dios” (Lc 9, 20) e inmediatamente Jesús predijo su pasión, muerte violenta a las manos de las autoridades judías, y su resurrección. Pedro fue correcto en reconocer que Jesús era el Mesías, pero Jesús quiso que tuvieran una idea correcta de qué tipo de Mesías será. Él será un Mesías que será matado por los mismos judíos que él vino a salvar, y después de tres días, resucitará.

¿Por qué murió así?, matado por los judíos. Sólo al morir pudo resucitar y vencer la muerte por nosotros, para que pudiéramos resucitar con él a una vida nueva y resucitada, y un día, resucitar con él en nuestros cuerpos para vivir siempre con él en el mundo de la resurrección.

Sólo al morir, pudo descender al Hades, la morada de los muertos, y reventar a Seol, que lo tragó injustamente, porque él no tuvo ni el pecado de Adán ni tampoco pecados personales, y por eso no debería haber muerto, porque la muerte es el castigo del pecado (Gen 2, 17). Reventando, pues, la morada de los muertos, libró a todos los cautivos que fueron destinados para la vida eterna.

Él fue matado en la cruz también para derramar su vida como un sacrificio de amor y donación de sí mismo al Padre, agradándole infinitamente para nuestra salvación, y así el Padre derramó sobre él y sobre todos los que comparten una naturaleza humana con él y creen en él una efusión mesiánica del Espíritu Santo, dándonos así la salvación y una vida nueva en el Espíritu. Y así él nos dio la eucaristía, que es el mismo sacrificio del Calvario, como nuestro sacrificio, que será nuestro culto perfecto del Nuevo Testamento, que podemos ofrecer con él al Padre.

Jesús, el Mesías y único Hijo de Dios, fue matado en la cruz también para sufrir vicariamente el castigo debido a nosotros por nuestros pecados, para que Dios pudiera perdonarnos justamente. El capítulo cincuenta y tres de Isaías fue muy importante para los cristianos del Nuevo Testamento para entender el significado de la muerte de Jesucristo, y este capítulo profetiza su muerte vicaria, diciendo: “el castigo de nuestra paz fue sobre él . . . el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is 53, 5-6). San Pedro, por ejemplo, cita este capítulo, diciendo: Cristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pd 2, 24).

De su muerte, viene nuestra nueva vida, perdonados de nuestros pecados y de su castigo, para vivir en paz y en la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21). La cruz de Cristo es el medio usado por Dios para librarnos del peso de nuestros pecados y de la depresión que ellos nos causan. En la cruz de Cristo, somos librados. Él pagó nuestra deuda de castigo por nosotros, y nos dio una nueva vida en sí mismo.


EL EXPERIMENTAR A DIOS EN EL CORAZÓN
P. Steven Scherrer

 

EL EXPERIMENTAR A DIOS EN EL CORAZÓN

P. Steven Scherrer

Homilía del 26º domingo del año, 27 de septiembre de 2009
Núm 11, 25-29; Sal 18; St 5, 1-6; Mc 9, 38-43.45.47-48

“Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado” (Mc 9, 43).

Vemos aquí la importancia de evitar ocasiones de caer en pecado o de perderse lejos de Dios. Cualquier cosa que nos escandaliza, que es ocasión de caer y apartarnos de Dios, debemos cortar y sacrificar. Es mejor entrar en la vida manco o cojo o teniendo sólo un ojo que ser echado al infierno con dos manos, dos pies, y dos ojos. Es decir, debemos hacer sacrificios —aun sacrificios grandes— en esta vida y perder cosas, amigos, oportunidades, honores, etc. si estos sacrificios son necesarios para que no caigamos. Así vive una persona sabia. Pero el necio se guardará y rehusará todo sacrificio en este mundo, y en su necedad caerá constantemente. El necio no es cuidadoso de su vida. Vive más bien descuidadamente y negligentemente. Un necio no es vigilante. No trata de vivir sobriamente ni piadosamente.

El mundo está lleno de cosas que nos hacen caer y olvidar a Dios. En el campo de la comida, hay, por ejemplo, delicadezas que hacen daño a nuestra salud y que se come sólo para el placer. Estas son ocasiones de olvidar a Dios, de poner algo en nuestro corazón que compete con Dios para nuestra atención. Es por eso que los Padres del Desierto y los monjes estrictos en los tiempos de más fervor de su historia han renunciado a estas cosas. Es decir, han hecho este sacrificio para vivir sólo para Dios en cada aspecto de su vida. Querían guardar el amor de su corazón sólo para él. Han cortado, pues, su mano, su pie, y han sacado su ojo para no caer.

Otra cosa que es ocasión de caer es la televisión y las películas que muestran todo tipo de imagen que ensucian nuestra mente, memoria, e imaginación y que nos distraen de Dios y de una vida sobria, justa, y piadosa en este siglo. Nos distraen de una vida que renuncia a la impiedad y a los deseos mundanos (Tito 2, 12) y que vive en alegre expectativa para la aparición de nuestro Señor, Jesucristo (Tito 2, 13). San Pablo nos dice que debemos guardar “el mandamiento sin macula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6, 14). ¿Cuántas películas nos escandalizan y son ocasión de caer en relación con esto?

Amistades imprudentes son otra ocasión de caer. Son peligrosas porque el corazón puede enamorarse y así ser dividido y estar en gran angustia y agonía. Si uno es célibe, y esto sucede, él perderá el beneficio de su llamado al celibato, que es tener un corazón indiviso, reservado sólo para el Señor. Uno puede perder toda su paz por este camino peligroso y estar separado de Dios. Una persona sabia sacrificará estas amistades imprudentes. Será un sacrificio difícil, como el sacrificio de cortar una mano, un pie, o de sacar un ojo, pero es necesario para entrar en la vida y proteger el corazón de este peligro.

Otra cosa que es ocasión de caer son paseos sin motivo, sólo para el placer de andar vagando por el mundo y perder tiempo. Esta, pues, es otra cosa que tenemos que sacrificar y cortar si queremos tener un corazón indiviso en nuestra relación con Dios. Es por eso que la estabilidad es una de las virtudes y votos monásticos más importantes. Los tres votos monásticos ancianos (y modernos) son la obediencia, la estabilidad, y la conversión de costumbres. Los monjes viven en un solo lugar, y más aún viven dentro de una clausura para no ir vagando por el mundo.

Estos son ejemplos del tipo de sacrificio que tenemos que hacer para guardarnos a no caer y a no dividir nuestro corazón entre las cosas buenas de esta creación, sino más bien guardarlo indiviso sólo para el Señor.

Dios está en todo lugar. Está dentro de nuestro corazón también. ¿Por qué, entonces, no lo experimentan tantas personas si está escondido en su corazón? Es porque ellos no se esconden con él en su corazón para encontrarlo, sino están más bien siempre afuera vagando por el mundo y sus placeres. Para experimentar a Dios en el fondo del corazón, tenemos que escondernos en nuestro corazón con él y dejar el mundo y sus placeres que nos distraen de él. Tenemos que sacrificar los placeres y deleites del mundo y escondernos en silencio y oración.

La oración contemplativa es todo un modo de vivir e incluye todo aspecto de nuestra vida. Incluye cómo pasamos nuestro tiempo y cómo vivimos en este mundo. Incluye todo nuestro estilo de vida. Incluye todos estos sacrificios; incluye el cortar la mano y el pie y el sacar el ojo que nos escandalizan. La oración contemplativa incluye también el escondernos en silencio con Dios, sentados en la oscuridad, en la oración del corazón. Al vivir así, experimentaremos a Dios en el fondo de nuestro corazón, y no tendremos que buscarlo afuera.

Así, pues, “Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado” (Mc 9, 43).

Y DEJÁNDOLO TODO, SE LEVANTÓ Y LE SIGUIÓ
P. Steven Scherrer

 

Y DEJÁNDOLO TODO, SE LEVANTÓ Y LE SIGUIÓ

P. Steven Scherrer

Homilía para la fiesta de san Mateo, 21 de septiembre de 2009
Ef 4, 1-7.11-13; Sal 18; Mt 9, 9-13

“Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió” (Mt 9, 9).

El llamado a los apóstoles, con su respuesta total e inmediata, dejándolo todo para seguirle, es siempre una inspiración para nosotros de lo que nosotros también debemos hacer cuando Jesucristo nos llama a nosotros. Es un llamado radical a dejarlo todo por Jesucristo, y la respuesta de san Mateo es igualmente radical: “Y se levantó y le siguió” (Mt 9, 9). Cuán radical fue esta respuesta, podemos ver cuando san Lucas nos dice que, al ser llamados así Simón, Juan, y Santiago, cuando vieron la gran pesca que habían hecho al mandato de Jesús, “cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5, 11). Y al describir el llamado de Leví (Mateo), san Lucas nos dice: “Y dejándolo todo, se levantó y le siguió” (Lc 5, 28).

Este dejarlo todo debe ser radical. Cambió toda la vida y todo el estilo de vivir de san Mateo. Renunció a su trabajo, a su medio de sostenerse, y a su modo de pasar su tiempo. Su vida cambió completamente. Así debe ser con nosotros también. Debemos cambiar nuestra vida y estilo de vivir al seguir a Jesucristo. Después de responder al llamado de Jesucristo a ser uno de sus discípulos, no somos más individuos privados, incógnitos, que podemos andar vagando dondequiera, sin que nadie sepa. Somos conocidos desde el llamado de Jesucristo. Somos marcados como sus discípulos, y debemos vivir sólo para él desde este entonces. Toda nuestra vida debe ser dedicada a él, y no a nosotros mismos, ni a nuestros entretenimientos. Debemos, pues, renunciar a los placeres mundanos y a una vida mundana, como Mateo renunció a su trabajo impuro de recaudador de impuestos para los romanos.

Ahora, pues, Mateo invita a todos sus contactos, a los otros recaudadores de impuestos y a otros pecadores, para llevarlos a Jesús. En el futuro, él será un predicador del reino de Dios, pobre como los otros apóstoles que han dejado su trabajo seglar para seguir a Jesús con todo su tiempo

Y tú, ¿has respondido así a este llamado de Jesucristo? ¿Has dejado un estilo mundano de vivir, para vivir sólo para Dios y hallar toda tu alegría sólo en él, dejando y renunciando a una vida de placer en las cosas de aquí abajo? Esto es lo que Jesucristo quiere de ti, una respuesta igualmente radical como la de los apóstoles. Tenemos que renunciar a mucho, a nuestra libertad de vagar incógnitos en este mundo como individuos privados, haciendo cualquier cosa que queremos, buscando los placeres de la vida. Debemos más bien dejarlo todo, levantarnos, y seguirle, como san Mateo (Lc 5, 28).


SED SIN MACULA NI REPRENSIÓN
P. Steven Scherrer

 

SED SIN MACULA NI REPRENSIÓN

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 24ª semana del año, 19 de septiembre de 2009
1 Tim 6, 13-16; Sal 99; Lc 8, 4-15

“Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin macula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6, 13-14).

Esta es una exhortación inspiradora, dada por san Pablo a Timoteo, a guardarse “sin macula ni reprensión” en su observancia del mandamiento, “hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6, 19). Timoteo debe vivir ahora en un estado de pureza, “sin macula ni reprensión”, ya preparado para la aparición del Señor. Debe vivir en la luz de esta aparición aun ahora. Vemos, pues, que esta esperanza es algo vivo e inminente, algo que afecta la vida presente. Debemos, pues, vivir en la luz presente de la aparición del Señor, en alegre expectativa y preparación ansiosa. La aparición del Señor es la motivación para la reformación de nuestra vida presente. No debemos esperar hasta el fin para comenzar nuestra preparación, y no debemos pensar que su aparición está muy lejos, o que no la veremos. ¡No! Un cristiano vive en expectativa viva y alegre que le inspira a hacer mucha preparación, aun cambiando todo su estilo de vida, dejando y renunciando a un estilo mundano, para vivir más bien, durante este corto tiempo de espera, una vida sobria, justa, y piadosa en este siglo, “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2, 12-13). Así, pues, debemos cambiar nuestra manera de vivir en este mundo para estar preparados y propiamente dispuestos, “renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos” (Tito 2, 12).

Debemos vivir en el encanto de este misterio de la aparición del Señor. Es un misterio que debe afectar toda nuestra vida, para que tengamos una vida sobria y piadosa, recogida y justa, sencilla y desprendida de los placeres mundanos, buscando más bien las cosas de arriba, y no más las de la tierra (Col 3, 1-2).

El Señor está viniendo aun ahora en nuestra vida, pero para vivir en el encanto del misterio de su aparición y experimentarlo, tenemos que ser despojados de este mundo y desprendidos de una vida mundana, y ser más bien “sin macula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6, 14). Si vivimos así, en alegre expectativa, guardando el mandamiento, es decir, la vida cristiana, viviremos aun ahora en este encanto de su aparición. Tenemos que guardarnos, pues, de los espinos, que son los placeres del mundo, que nos ahogarán para que no llevemos fruto.

No seamos, pues, como los que viven entre espinos, porque la semilla “que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto” (Lc 8, 14). Ellos son como el epulón rico, que “hacía cada día banquete con esplendidez” (Lc 16, 19), y cuando murió fue atormentado en el infierno. Seamos más bien “sin macula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo”, siempre guardando su mandamiento (1 Tim 6, 14).


LLAMADOS A EVANGELIZAR
P. Steven Scherrer

 

LLAMADOS A EVANGELIZAR

P. Steven Scherrer

Homilía del viernes, 24ª semana del año, 18 de septiembre de 2009
1 Tim 6, 2-12; Sal 48; Lc 8, 1-3

“Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades” (Lc 8, 1-2).

Aquí vemos la vida de Jesús, lo que hizo, y la razón por la cual escogió a sus discípulos, es decir, predicar y anunciar el evangelio del reino de Dios por todas partes. Jesucristo es la salvación de Dios para el hombre. El evangelio anuncia esta salvación, la explica, e invita a todos a arrepentirse y aceptarla, cambiando su vida. Seguimos hasta hoy evangelizando por todas partes, sobre todo donde todavía no se ha oído el evangelio, para dar a cada persona la oportunidad de oír de la salvación de Dios, enviada al mundo, y creer este mensaje, este evangelio. No hay nada nuevo que un predicador puede decir hoy, sino sólo repetir el mensaje del Nuevo Testamento, el kerigma de la Iglesia, predicado por los apóstoles después de la muerte y resurrección de Jesucristo. Pero el predicador del evangelio de Jesucristo puede siempre reflexionar de nuevo sobre el significado de este único mensaje de la salvación.

Es una salvación que nos da nueva vida, nueva alegría, y nueva esperanza. Vivimos por medio de Jesucristo resucitado. Él es el dador del Espíritu Santo, que viene del Padre. El Padre nos envía este Espíritu por medio de Jesucristo, y Cristo nos lo envía del Padre para nuestra resurrección espiritual, para que vivamos una vida nueva, ya resucitada de antemano en Cristo resucitado, llenos de su propio Espíritu, con la vida de Dios en nosotros. Su muerte nos libra de nuestros pecados pasados y futuros, para que andemos ahora con él en la novedad de vida, en la novedad del Espíritu, como nuevas criaturas, viviendo de antemano en la nueva creación. Su resurrección es el comienzo de los nuevos cielos y la nueva tierra, los cuales ya han comenzado en medio de la historia, en medio del mundo viejo. Resucitamos, pues, con él en su resurrección, para andar en su luz, iluminados por él, y alimentados de su cuerpo y sangre en la eucaristía, para vivir una vida espiritual, buscando las cosas de arriba, y no más las de la tierra (Col 3, 1-2).

Su muerte pagó el precio de nuestra redención y nos reconcilió con Dios, porque satisfizo la justicia divina y la ira de Dios contra nuestros pecados. En su sangre, nuestro corazón herido es sanado, porque Dios es reconciliado con nosotros por medio de esta sangre, y por eso ha dejado su ira contra nosotros.

Este, pues, es el mensaje del evangelio, siempre el mismo, pero siempre nuevo, siempre una experiencia nueva, que nos renueva y alegra con la verdadera alegría de Dios. Debemos, pues, buscar siempre nuevos modos de predicar y difundir este evangelio, de boca, de escrito, electrónicamente en las páginas de Web, por correo electrónico, y por la televisión.


CÓMO LOS PASTORES MATAN A SUS OVEJAS
P. Steven Scherrer

 

CÓMO LOS PASTORES MATAN A SUS OVEJAS

P. Steven Scherrer

Homilía del jueves, 24ª semana del año, 17 de septiembre de 2009
1 Tim 4, 12-16; Sal 110; Lc 7, 36-50

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim 4, 12).

¡Qué importante es el ejemplo de un pastor para su congregación! Como dice san Agustín hoy, él puede matar o fortalecer a sus ovejas, sólo por el ejemplo de su propia vida (Breviario). La orientación general del pastor tiene mucha influencia en su rebaño. Si él sólo tiene la idea de que Dios creó el mundo para nuestro placer, él matará a sus ovejas, porque esto es sólo el primer escalón de la escalera de la vida espiritual. Los escalones más avanzados hacen hincapié en la renuncia al mundo y a sus placeres innecesarios. La bondad de la creación nos enseña la bondad de Dios, pero también hay peligro aquí, porque disfrutando de esta bondad, es fácil olvidar a Dios y dividir nuestro corazón de un amor indiviso por Dios. No es posible para los que se abandonan a una vida de placer en las cosas buenas de esta creación, tener un corazón reservado sólo para el Señor. Son más bien divididos, y por eso olvidadizos de Dios. Son distraídos, no recogidos, y así no pueden avanzar espiritualmente. Si el pastor piensa y vive así, su rebaño no avanzará, no crecerá en espiritualidad y santidad, sino permanecerá sólo en el primer escalón de la escalera del crecimiento espiritual.

Después de conocer la bondad de Dios por medio de la belleza de la naturaleza, para avanzar más, somos llamados a renunciar a las cosas buenas de esta creación que no son necesarios, por causa de las cosas mejores de la nueva creación y del reino de Dios. Así, pues, debe pensar y vivir un pastor, cuya responsabilidad es ayudar a su rebaño a crecer espiritualmente. Él los ayudará si él, en primer lugar, piensa correctamente sobre esto y, en segundo lugar, si él vive correctamente, es decir, conforme a un pensamiento correcto y, en tercer lugar, si él enseña correctamente sobre este asunto. Pero si él piense, viva, y enseñe sobre este asunto de una manera mundana, ignorante de la doctrina correcta, matará a sus ovejas, en vez de fortalecerlas.

Cada pastor debe estudiar el Nuevo Testamento y basar su pensamiento, conducta, y enseñanza en esto, no en sus propias ideas o en nociones mundanas. Jesús, pues, nos enseña a negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz y seguirle (Mc 8, 34). Nos enseña a perder nuestra vida en este mundo, para salvarla (Mc 8, 35); a aborrecer nuestra vida en este mundo, para guardarla (Jn 12, 25); a vender todo, para obtener el tesoro escondido y la perla preciosa (Mt 13, 44-46); a dejarlo todo, para ser perfectos (Mt 19, 21); a renunciar a familia, casa. etc., para la recompensa céntupla (Mt 19, 29); a no ser como un camello, tratando de pasar por el ojo de una aguja (Mt 19, 24); a dejarlo todo (Lc 14, 33), como los primeros discípulos (Lc 5, 11.28; Mc 1, 17-18.20); a no vivir en los deleites, porque los que hacen esto ya han tenido su recompensa (Lc 6, 24; 16, 25); y a no vivir entre los placeres, porque ellos nos ahogarán, y no daremos fruto (Lc 8, 14). Esta es la enseñanza de Jesús que un pastor debe creer, vivir, y enseñar, para fortalecer, no matar, a su rebaño.


EN LA CRUZ, HAY VIDA
P. Steven Scherrer

 

EN LA CRUZ, HAY VIDA

P. Steven Scherrer

Homilía para la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre de 2009
Num 21, 4-9; Sal 77; Jn 3, 13-17

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal 6, 14).

Ahora, cuando la luz está más y más vencida por la oscuridad, celebramos la Exaltación de la Santa Cruz, que echa fuera la oscuridad y trae la luz; y como la cruz está exaltada encima de la tierra, dejando la tierra y el pecado atrás, así nosotros estamos elevados encima de la tierra y del pecado al ser crucificados con Cristo, para obtener las cosas de arriba (ver san Andrés de Creta, Breviario).

Morimos al mundo con Cristo por medio de la cruz. Con la oscuridad, que crece más y más cada día, toda la naturaleza empieza a morir y es bella en su muerte, llena de colores. Así también nosotros somos bellos al morir a este mundo mortal en la muerte de Jesucristo en la cruz. Por medio de su cruz, morimos al mundo. Soy crucificado al mundo, y el mundo a mí por medio de su cruz. Y así, como la naturaleza es bella en su muerte, nosotros también somos bellos en nuestra muerte a este mundo. Al perder nuestra vida por Cristo, salvamos nuestra vida para con Dios (Mc 8, 35). Si aborrecemos nuestra vida en este mundo al ser crucificados con Cristo al mundo, la guardamos para vida eterna (Jn 12, 25).

Por la cruz, Cristo murió a esta vida y nos salvó. Entonces, él quiere que sigamos este mismo camino, muriendo al mundo con él al ser crucificados con él. “Con Cristo estoy juntamente crucificado”, dice san Pablo (Gal 2, 20). Cristo nos enseñó que debemos seguir este mismo camino de ser crucificados al mundo cuando dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9, 23). Este, pues, es el verdadero camino de vida, que pocos hallan (Mt 7, 13-14).

Por su cruz, Cristo nos salvó de la muerte, que es nuestro castigo por nuestros pecados. Él sufrió este castigo en lugar de nosotros al morir en la cruz. Librados, pues, de la muerte, somos invitados a morir con él a este mundo, para vivir sólo para el que murió por nosotros (2 Cor 5, 15). La cruz, pues, es el camino de vida. Nos salvó de la muerte y nos muestra cómo vivir como personas salvadas de la muerte. Debemos, pues, vivir muertos con Cristo al mundo, y el mundo crucificado a nosotros, para que vivamos en adelante sólo para el que murió por nosotros (2 Cor 5, 15).

Morir al mundo es bello. Cristo lo hizo en la cruz, y al hacerlo, nos trajo vida eterna, abriendo las puertas del cielo. Este es el bello camino de los santos, que murieron a este mundo, para vivir sólo para Dios. Somos invitados a seguir su ejemplo y tomar este mismo camino de vida.


HACED LA VOLUNTAD DE DIOS
P. Steven Scherrer

 

HACED LA VOLUNTAD DE DIOS

P. Steven Scherrer

Homilía del sábado, 23ª semana del año, 12 de septiembre de 2009
1 Tim 1, 15-17; Sal 112; Lc 6, 43-49

“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que de buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto” (Lc 6, 43-44).

“Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, dice san Pablo hoy (1 Tim 1, 15). Cristo nos redimió y pagó el precio de nuestra redención por su sufrimiento y muerte en la cruz. Así él nos libró de la muerte eterna y de la culpabilidad, para que pudiéramos resucitar con él en su resurrección a una vida nueva e iluminada, llena del amor de Dios, revestidos del esplendor de la justicia del mismo Jesucristo. Él quiere, pues, que andemos ahora en la novedad de la vida con Cristo resucitado (Rom 6, 4) y andar en la novedad del Espíritu (Rom 7, 6) al vivir un nuevo tipo de vida en este mundo, una vida obediente a la voluntad de Dios.

Redimidos por Jesucristo, entonces, debemos obedecer a Dios y hacer su voluntad. Es por esto que él nos redimió. No nos redimimos a nosotros mismos. Sólo él pagó el precio de nuestra redención de la muerte eterna con su sangre derramada en la cruz. Y sólo él nos justifica, es decir, sólo él nos hace justos, perdonados, y resplandecientes delante de Dios, luces en el mundo para los demás. No nos justificamos a nosotros mismos por nuestras obras buenas o por nuestra observancia de la ley moral. Pero una vez justificados por la muerte de Jesucristo, cuya justificación recibimos por la fe, entonces, debemos hacer en adelante la voluntad de Dios. Sólo así permaneceremos justos en su vista, y sólo así creceremos más aún en la santidad. Tenemos que dar buenos frutos. Si no los damos, entonces, no somos verdaderamente justificados. Nuestros frutos en buenas obras mostrarán qué tipo de árbol somos —si bueno o malo—.

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos —dice Jesús—, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21). Jesús preguntó “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?”, y añadió: “todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre” (Mt 12, 48.50). Una mujer le dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lk 11, 27-28). Y Jesús dijo: “permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15, 9-10). ¡Qué importante, entonces, es hacer la voluntad de Dios!

La voluntad de Dios es que vivamos para él con todo nuestro corazón y que amemos a nuestro prójimo (Mc 12, 30-31). Por eso nos purificamos del mundo y servimos a nuestro prójimo. Si no somos purificados del mundo y sus placeres, no podremos amar a Dios con todo nuestro corazón; y si no lo amamos con todo nuestro corazón, no haremos su voluntad. La mortificación, entonces, es esencial para poder amar a Dios con todo nuestro corazón y así cumplir su voluntad. Entonces, debemos servir a nuestro prójimo con nuestro tiempo, talentos, y posesiones.


LA HIPOCRESÍA
P. Steven Scherrer