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VIVAMOS RADICALMENTE POR LA FE,
Y SEREMOS PROTEGIDOS POR DIOS
P. Steven Scherrer
Homilía de martes, 6ª semana del año, 13 de mayo de 2008
Santiago 1, 12-18; Sal 93; Mc 8, 14-21
“Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes” (Mc 8, 15).
Dondequiera que vaya Jesús, encuentra una falta de fe en él, no sólo en los fariseos y herodeanos, sino que también en sus propios discípulos. Los fariseos, después de ver el gran milagro de la multiplicación de los siete panes con que él alimentó a cuatro mil personas, y después recogieron siete canastas de los pedazos que habían sobrado (Mc 8, 1-9) —inmediatamente después de ver esto, los fariseos pidieron de Jesús una señal del cielo para que creyesen en él (Mc 8, 11). Pero Jesús rechazó su petición (Mc 8, 12), viendo, sin duda, que no fue una verdadera petición, y que no tenían intención alguna a creer en él. ¡Ya han visto una gran señal! Y ¿ahora quieren ver otra? Jesús vio que esta petición fue sólo un retraso y un pretexto para no creer. Es por eso que ahora él amonesta a sus discípulos, diciendo, “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos” (Mc 8, 15).
Jesús vino al mundo desde el Padre para salvar al hombre de sus pecados y darle nueva vida, la vida de Dios, una participación de la naturaleza divina (2 Pd 1, 4). Él vino para transformarnos en una nueva creación e iluminarnos con su resurrección, para que vivamos una vida resucitada en este mundo en Cristo resucitado. Pero para que todo esto suceda, el hombre necesita fe en él. Sus milagros eran las señales ya dadas de la verdad de su enseñanza.
A los discípulos también todavía faltaba la fe necesaria para nacer de nuevo y vivir una vida nueva en el Espíritu. Ellos no entendieron la amonestación de Jesús sobre la levadura. Ellos se preocupaban sólo del pan que han olvidado a traer. Y Jesús les enseña que de este problema práctico también él sería la solución si tan sólo tuvieran fe en él. Él proveería por todas sus necesidades si tuvieran fe en él.
Esta es una enseñanza que nosotros también necesitamos oír. Debemos poner nuestra fe en él, y hacer lo que él pide de nosotros, aunque parezca muy difícil o casi imposible. Debemos hacerlo con la fe de que si él pide esto de nosotros, entonces él nos ayudará a hacerlo, y nos bendecirá por haberlo hecho en fe. Y si esta acción nos pone en peligro, debemos tener la fe de que él nos guardará y nos protegerá. Seremos bendecidos si hacemos su voluntad.
Así nuestro comportamiento vendrá a ser un testimonio para los demás, una señal, una enseñanza, un enigma, un buen ejemplo para imitar, una revelación de valores más profundos. Y nuestro comportamiento planteará una pregunta en la mente de los demás, para que se examinen a sí mismos. Y así promoveremos el reino de Dios en este mundo.
Dios nos protege cuando hacemos su voluntad y cuando nos ponemos en peligro al hacerla; nos bendice a nosotros y a nuestro ambiente por nuestra obediencia a su voluntad.
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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
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PODEMOS SER LAVADOS
POR EL ESPÍRITU SANTO, ENVIADO A NOSOTROS POR EL HIJO, DESDE EL PADRE
P. Steven Scherrer
Homilía de la solemnidad de la Santísima Trinidad, domingo,18 de mayo de 2008
Ex 34, 4-6.8-9 Dan 3; 2 Cor 13, 11-14; Jn 3, 16-18
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
Este es el gran misterio de nuestra fe. Dios envió a su Hijo al mundo para salvarnos. Hoy es la solemnidad de la Santísima Trinidad, y por eso contemplamos el misterio de nuestra salvación en Cristo en el contexto de la Trinidad. Dios quiere que seamos salvos, nacidos de nuevo, llenos del Espíritu Santo, lavados de nuestros pecados, teniendo una conciencia pura, y un corazón alegre, lleno del amor de Dios y de la luz. Por eso nos envió a su Hijo, y pide que creamos en él. Si hacemos esto, y si nos arrepentimos de nuestros pecados, Dios nos salvará por su Hijo; y por su Hijo derramará el Espíritu Santo en nuestros corazones, para nuestra renovación interior, y nos dará la vida eterna. Así, pues, seremos hombres nuevos (Ef 4, 22-24), que se despojan del hombre viejo y se visten del hombre nuevo. Seremos una nueva creación en Cristo. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Cor 5, 17-18).
De veras, nuestras vidas pueden ser transformadas e iluminadas interiormente por Cristo si tan sólo admitimos nuestros pecados y desobediencia, y dejamos de rebelar contra las leyes de Dios y contra su voluntad para con nosotros. Tenemos que dejar completamente nuestra manera vieja y pecaminosa de vivir, admitir honestamente nuestra falta de vivir como él quiso, confesar nuestros pecados, y abrir nuestro corazón a Cristo de una manera nueva y completa, arrepentidos y resueltos a empezar de nuevo a vivir en adelante para él de una manera nueva, del único modo que él quiere que ahora y en adelante vivamos, como una verdadera nueva criatura y hombre nuevo, vestido ahora de Jesucristo (Rom 13, 14; Gal 3, 27).
Esto es posible. Se puede hacer. Dios envió a Jesucristo a nosotros para hacer esto en nosotros. Dios no escatimó a su propio Hijo, nos dice san Pablo (Rom 8, 32), sino lo entregó por nosotros, para que pudiéramos ser salvos, y para que nuestra tristeza se acabara, y nuestros corazones fuesen limpiados e iluminados con la alegría del Espíritu Santo. Pero si no dejamos de rebelar contra las leyes de Dios, nada de esto sucederá.
Para hacer esto, Dios obra como una Trinidad, de una manera completamente unida. Dios es misericordioso y justo —infinitamente misericordioso y justo—. Por eso nuestros pecados tienen que ser castigados, porque de otro modo Dios no sería justo. Por eso él envió a su propio Hijo en su amor por nosotros, para que él pudiera escatimarnos de este castigo justo y necesario, y en vez de nosotros, el mismo Dios, en la Persona de su Hijo, lo sufre por nosotros. ¡Qué amor Dios tiene por nosotros, a entregar a su propio Hijo en su misericordia infinita y en su justicia infinita, para que nosotros, tan sólo al creer en él y abrir nuestro corazón a él de una manera nueva, podamos aceptarlo como nuestro Salvador y Señor, confesándonos y arrepintiéndonos de nuestros pecados, y así ser salvos, perdonados, y hechos nuevos y puros a sus ojos, regocijándonos en nuestros corazones en el Espíritu Santo, que él nos dio.
En verdad, el Padre envía al Hijo, y a aquellos que lo reciben, el Hijo entonces envía del Padre al Espíritu santo, para que podamos regocijarnos en este don de la salvación y ser lavados y regocijados verdaderamente en el Espíritu Santo. Esta es la doctrina de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es él que abre para nosotros la salvación de Cristo como una experiencia viva y renovadora en nuestros corazones llenándolos del amor de Dios, como san Pablo nos dice, diciendo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5, 5).
El Padre es la luz. Él resplandece sobre nosotros al enviarnos a su Hijo; y el Hijo, por su turno, tomando del Padre, que es la luz, envía en nuestros corazones desde el Padre la gracia irradiante del Espíritu Santo, para que experimentemos a Dios de veras como luz dentro de nosotros. Jesús habla de la venida del Consolador que viene del Padre, y enviado a nosotros desde el Padre por el Hijo, diciendo que el Consolador es el “a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre” (Jn 15, 26).
Es el sacrificio de Jesús que le capacita a enviar al Espíritu Santo sobre nosotros desde el Padre, para que en el Espíritu Santo nazcamos de nuevo, lavados ya de nuestros pecados, y hechos justos por la gracia. En el Espíritu Santo, desatado por el sacrificio de Cristo, Dios nos hace justos y puros a sus ojos. Es un lavamiento de renovación y regeneración que nos limpia y nos da una conciencia pura y alegre. Así, pues, somos salvos por el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nos da acceso a la gracia de regeneración, obtenida por nosotros desde el Padre por medio del sacrificio redentor del Hijo en la cruz. San Pablo nos dice esto cuando dice: Dios “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3, 5).
Todo esto puede ser nuestro si tan sólo abrimos nuestro corazón a Cristo, servir a él como nuestro único Señor, y aceptar la gracia salvadora de su sacrificio, arrepintiéndonos de nuestros pecados, y prometiéndole sinceramente a vivir en adelante una vida nueva y santa en la gracia irradiante del Espíritu Santo, que nos lleva al Padre.
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UNA VIDA NUEVA EN JESUCRISTO
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EL COMPARTIR CON LOS DEMÁS
LA POSIBILIDAD
DE TENER UNA VIDA NUEVA EN JESUCRISTO
P. Steven Scherrer
Homilía de sábado, 7ª semana de Pascua, 10 de mayo de 2008
Hch 28, 16-20.30-31; Sal 10; Jn 21, 20-25
“Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento” (Hch 28, 30-31).
Vemos que aunque san Pablo es preso en Roma por haber predicado a Jesucristo como Señor y Salvador, él continúa haciendo la misma cosa en Roma, mientras espera ser procesado ante César precisamente por este tipo de predicación. Es como cuando los apóstoles Pedro y Juan fueron prendidos y azotados por haber predicado a Cristo, y después de que los principales sacerdotes les habían intimado que “no hablasen en el nombre de Jesús…ellos salieron de la presencia del concilio…y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch 5, 40-42). Es decir, continuaban a hacer lo por lo cual fueron prendidos y azotados. Continuaban predicando a Cristo.
El predicar a Cristo fue muy importante para los apóstoles y para san Pablo, y es igualmente importante para nosotros, porque es el mensaje de la salvación que Dios ha dado al mundo; y él nos dio la comisión de predicar este mensaje, y así compartir esta salvación con todos los que podemos contactar, usando todos los medios posibles de comunicación para difundir este mensaje.
Es un mensaje de vida y amor. Al recibir este mensaje con fe, recibimos a Jesucristo, y cuando nos arrepentimos y resolvemos a convertirnos y cambiar completamente nuestra manera de vivir, viviendo ahora totalmente para él, hallamos que estamos viviendo una vida nueva e iluminada, llena del amor de Dios, y resplandeciente con la justicia del mismo Jesucristo, porque él murió en la cruz para hacernos justos. Y así es, porque por su muerte en la cruz él propició al Padre, e intercedió (Rom 8, 34) —y sigue intercediendo— ante el Padre para el perdón de nuestros pecados, porque el mismo Cristo satisfizo la justicia al sufrir el castigo justo y necesario por nuestros pecados.
Entonces, al resucitar de los muertos, él nos dio esta vida nueva en la luz en él, que es para todos los que creen en él y dan su vida totalmente a él, sirviendo sólo a él. En su resurrección, pues, es nuestra iluminación.
Este es el mensaje que san Pablo seguía predicando, y es el mensaje que nosotros también creemos y predicamos. Al predicarlo, compartimos esta vida nueva con nuestros hermanos y con toda la humanidad; y al hacer así, damos a todos la posibilidad de nacer de nuevo y vivir una vida nueva, perdonada e iluminada en nuestro Señor Jesucristo, muerto por nuestro perdón, y resucitado para nuestra iluminación.
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AYUDÁNDONOS LOS UNOS A LOS OTROS
A AMAR A JESUCRISTO, NUESTRO SALVADOR
P. Steven Scherrer
Homilía de viernes, 7ª semana de Pascua, 9 de mayo de 2008
Hch 25, 13-21; Sal 102; Jn 21, 15-19
“Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos” (Jn 21, 15).
Pedro había negado a Cristo tres veces, y ahora Cristo resucitado lo ha perdonado, y le da una nueva comisión a pastorear las ovejas de Cristo. Pero vemos el eslabón con el amor por Jesús. Si Pedro lo ama a Jesús, tiene que pastorear las ovejas de Jesús. Vemos, pues, tres cosas aquí: 1) el perdón del pecado de Pedro, 2) el amor de Pedro por Jesús, y 3) la comisión de pastorear las ovejas.
Nosotros estamos en la misma posición que Pedro. Hemos pecado, pero al arrepentirnos, Cristo resucitado nos ha perdonado y restaurado en su amor y compañía. Vivimos ahora en la compañía de Cristo resucitado, y permanecemos en su amor (Jn 15, 9). Entonces, Jesús quiere saber si, de verdad, lo amamos, y cuando decimos sí; él nos dice: Pastoread mis ovejas. Nuestro amor debe mostrarse en un ministerio de servicio para la Iglesia. Uno que ama a Jesús es calificado para alimentar la fe de los demás.
Cada creyente tendrá su propio don del Espíritu Santo para usar a apacentar las ovejas. Debemos, pues, descubrir qué es nuestro don del Espíritu, y entonces usarlo con amor para la edificación de nuestros hermanos, para toda la Iglesia, y para el bien de toda la humanidad. Si amamos a Jesús, nuestro amor debe expresarse en algún servicio concreto, en algún ministerio. Debemos expresar nuestro amor por Jesús en palabras y hechos. Uno puede predicar, otro puede escribir, otro puede aconsejar, otros pueden ejercer su profesión o su trabajo con amor, sirviendo a sus hermanos por su trabajo y sus servicios para la comunidad.
Es importante que veamos nuestro ministerio como un ministerio de amor, y vemos hoy que Jesús eslabona este servicio tres veces con la pregunta si Pedro lo ama. Cuando dice que sí; entonces Jesús le da la comisión de pastorear sus ovejas. Así, pues, nuestra vocación y ministerio es una vocación de amor por Jesucristo resucitado. Hacemos nuestro ministerio y nuestros actos de servicio, por amor a él, como las expresiones de nuestro amor por él. Así permanecemos en su amor, como él quiere (Jn 15, 9). Debemos gastarnos en amor, al hacer nuestro ministerio o trabajo. Así nos inmolamos a Dios como víctimas de amor, poniendo nuestro amor en acción, ayudando a nuestros hermanos.
Si predicamos, profundizamos el misterio de nuestra salvación en Jesucristo para nosotros mismos y para los demás, apreciándolo mejor y amándolo más, y al mismo tiempo encendemos los corazones de nuestros hermanos. Así vivimos juntos en este gran amor, ayudándonos a nosotros mismos y a nuestros hermanos a amar a Jesucristo, nuestro gran Salvador.
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UNA VOCACIÓN DE GLORIA Y AMOR
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UNA VOCACIÓN DE GLORIA Y AMOR
P. Steven Scherrer
Homilía de jueves, 7ª semana de Pascua, 8 de mayo de 2008
Hch 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Jn 17, 20-26
“La gloria que me diste, yo les he dado” (Jn 17, 22).
¡Jesús nos da a nosotros la gloria que el Padre le dio a él! Jesús vive en la gloria ahora. Ha vivido en la gloria desde antes de la fundación del mudo, porque dice, “Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn 17, 5). Y ahora Jesús está sentado a la diestra del Padre en gloria (Heb 10, 12). Él dice ahora que él nos ha dado esta gloria: “La gloria que me diste, yo les he dado” (Jn 17, 22). Y dice, además, hoy que él quiere que veamos esta gloria. Dice: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn 17, 24).
Esta es nuestra vocación: ver y contemplar esta gloria. Nuestra vocación es vivir en esta gloria, ser sumergidos en ella, ser penetrados por ella, y transformados por esta gloria. Esta gloria nos diviniza. Cuando el Espíritu Santo viene a nosotros del Padre por medio de Cristo resucitado, él nos da esta gloria. Por medio del Espíritu Santo, esta gloria resplandece en nuestros corazones, iluminándolos (2 Cor 4, 6). La contemplación de esta gloria nos transforma “de gloria en gloria” en la misma imagen de Cristo (2 Cor 3, 18). Nos glorifica y nos llena de luz. San Pablo dice: “nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor 3, 18).
Pero para contemplar esta gloria, tenemos que ser purificados de los placeres de este mundo, y vivir austeramente, y en mucho silencio. Sólo entonces empezamos a experimentar esta gloria y el amor que pasa entre el Padre y el Hijo, porque Jesús dice hoy que él quiere que “el mundo conozca que…los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn 17, 23). El Padre ama al Hijo; y como él ama al Hijo, así también él nos ama a nosotros. Jesús quiere que el amor con que él es amado por el Padre esté en nosotros. Dice hoy: “les he dado a conocer tu nombre…para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (Jn 17, 26).
Así, pues, ahora vivimos en esta gloria y en este amor. Permanecemos en esta gloria y amor porque permanecemos en Jesús y en su amor. Él dijo: “Como el Padre me ha amado así también yo os he amado; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Jesús quiere que donde él está, estemos nosotros también, para ver su gloria. Y así es. En la contemplación, contemplamos su gloria y permanecemos en su amor. Su gloria nos ilumina interiormente si permanecemos en su voluntad. ¡Qué importante, entonces, es obedecerlo, y no desobedecerlo!
Esta es nuestra vocación, una vocación de gloria y amor, una vocación de obediencia y contemplación, una vocación de ser transformados “de gloria en gloria” en la misma imagen de Cristo por obra del Espíritu Santo por medio de nuestra contemplación de su gloria (2 Cor 3, 18). Y Jesús dice: “permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Él quiere que permanezcamos en su gloria y amor.
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EN LA PERSECUCIÓN
ES NUESTRA SANTIFICACIÓN
P. Steven Scherrer
Homilía de miércoles, 7ª semana de Pascua, 7 de mayo de 2008
Hch 20, 28-38; Sal 67; Jn 17, 11-19
“Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17, 14).
No somos del mundo porque Cristo nos dio su palabra, que hemos recibido por la fe, y esta palabra nos hizo nacer de nuevo, haciéndonos una nueva creación en Jesucristo, hijos adoptivos de Dios, nuevas criaturas, y hombres nuevos, llenos del Espíritu Santo y del amor de Cristo, con Cristo resplandeciendo en nuestros corazones, justificándonos, haciéndonos resplandecientes a sus ojos por los méritos de su muerte en la cruz, e iluminados por la luz que dimana de su cuerpo resucitado y glorificado. Cristo vino a la tierra del Padre para esto, para rehacernos y transformarnos; y él quiere que permanezcamos en su amor y esplendor al obedecerle (Jn 15, 9-11).
Pero si obedecemos a Cristo, el mundo no nos entenderá más; y no nos entendiendo, nos aborrecerá y perseguirá, reconociendo que, de veras, no somos más del mundo, sino que somos diferentes ahora. Y nos rechazará.
Esta, pues, es la vida de un cristiano verdadero. Por eso san Juan nos amonesta y prepara para esto, diciendo: “Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece” (1 Jn 3, 13). Y san Pablo dice lo mismo, diciendo: “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim 3, 12). Y el mismo Jesús dijo: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt 10, 22), y “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 20).
La persecución nos viene porque estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Jn 17, 14-16). El espíritu del mundo es el espíritu de placer, de entretenimientos, y de un corazón dividido y olvidadizo de Dios. Los que viven según el estilo del mundo viven en placeres y deleites humanos y naturales. Viven en glotonería, siempre buscando placer aquí abajo y en criaturas.
El cristiano verdadero, en cambio, tiene su corazón en el cielo con Cristo, y busca las cosas de arriba, y no más las de abajo (Col 3, 1-2). Él busca su placer sólo en el Señor como su único maestro (Mt 6, 24) y su único tesoro (Mt 6, 19-21); y ha dejado y renunciado al placer en este mundo y en criaturas, en la medida que esto es posible, porque “cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”, dijo Jesús a las grandes multitudes (Lc 14, 33.25).
Por eso el cristiano verdadero —y sobre todo el monje— vive una vida de ayuno constante, comiendo sólo comida básica, sencilla, y austera. Él renuncia a la glotonería y a los deleites y delicadezas de este mundo. Sabe que no puede tener la felicidad humana y natural y al mismo tiempo unirse con Dios y experimentar su amor y su luz. Por eso ha renunciado al mundo, y vive ya una vida nueva, resucitada, y ascendida en Cristo, una vida en la luz, purificada y transformada.
Él renuncia al estilo del mundo y a su manera de vivir. Quiere un cuerpo y un corazón indivisos, reservados sólo para el Señor. Vive también en mucho silencio, sobre todo en los lugares sagrados, y en las grandes fiestas de la Iglesia, los tiempos más santos y sagrados del año, porque quiere vivir en la luz.
Por todo esto, es perseguido por el mundo que no entiende nada de todo esto. Pero en su persecución se santifica más, haciendo su vida una inmolación de amor a Dios.
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EN LA PERSECUCIÓN
ES NUESTRA SANTIFICACIÓN
P. Steven Scherrer
Homilía de miércoles, 7ª semana de Pascua, 7 de mayo de 2008
Hch 20, 28-38; Sal 67; Jn 17, 11-19
“Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17, 14).
No somos del mundo porque Cristo nos dio su palabra, que hemos recibido por la fe, y esta palabra nos hizo nacer de nuevo, haciéndonos una nueva creación en Jesucristo, hijos adoptivos de Dios, nuevas criaturas, y hombres nuevos, llenos del Espíritu Santo y del amor de Cristo, con Cristo resplandeciendo en nuestros corazones, justificándonos, haciéndonos resplandecientes a sus ojos por los méritos de su muerte en la cruz, e iluminados por la luz que dimana de su cuerpo resucitado y glorificado. Cristo vino a la tierra del Padre para esto, para rehacernos y transformarnos; y él quiere que permanezcamos en su amor y esplendor al obedecerle (Jn 15, 9-11).
Pero si obedecemos a Cristo, el mundo no nos entenderá más; y no nos entendiendo, nos aborrecerá y perseguirá, reconociendo que, de veras, no somos más del mundo, sino que somos diferentes ahora. Y nos rechazará.
Esta, pues, es la vida de un cristiano verdadero. Por eso san Juan nos amonesta y prepara para esto, diciendo: “Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece” (1 Jn 3, 13). Y san Pablo dice lo mismo, diciendo: “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim 3, 12). Y el mismo Jesús dijo: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt 10, 22), y “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 20).
La persecución nos viene porque estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Jn 17, 14-16). El espíritu del mundo es el espíritu de placer, de entretenimientos, y de un corazón dividido y olvidadizo de Dios. Los que viven según el estilo del mundo viven en placeres y deleites humanos y naturales. Viven en glotonería, siempre buscando placer aquí abajo y en criaturas.
El cristiano verdadero, en cambio, tiene su corazón en el cielo con Cristo, y busca las cosas de arriba, y no más las de abajo (Col 3, 1-2). Él busca su placer sólo en el Señor como su único maestro (Mt 6, 24) y su único tesoro (Mt 6, 19-21); y ha dejado y renunciado al placer en este mundo y en criaturas, en la medida que esto es posible, porque “cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”, dijo Jesús a las grandes multitudes (Lc 14, 33.25).
Por eso el cristiano verdadero —y sobre todo el monje— vive una vida de ayuno constante, comiendo sólo comida básica, sencilla, y austera. Él renuncia a la glotonería y a los deleites y delicadezas de este mundo. Sabe que no puede tener la felicidad humana y natural y al mismo tiempo unirse con Dios y experimentar su amor y su luz. Por eso ha renunciado al mundo, y vive ya una vida nueva, resucitada, y ascendida en Cristo, una vida en la luz, purificada y transformada.
Él renuncia al estilo del mundo y a su manera de vivir. Quiere un cuerpo y un corazón indivisos, reservados sólo para el Señor. Vive también en mucho silencio, sobre todo en los lugares sagrados, y en las grandes fiestas de la Iglesia, los tiempos más santos y sagrados del año, porque quiere vivir en la luz.
Por todo esto, es perseguido por el mundo que no entiende nada de todo esto. Pero en su persecución se santifica más, haciendo su vida una inmolación de amor a Dios.
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LA VIDA EN EL ESPÍRITU - PENTECOSTÉS
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LA NUEVA VIDA EN EL ESPÍRITU
ES LA VIDA EN LA LUZ
P. Steven Scherrer
Homilía de Pentecostés, 11 de mayo de 2008
Hch 2, 1-11; Sal 103; 1 Cor 12, 3-7.12-13; Jn 20, 19-23
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 1-4).
Jesucristo vino a la tierra de las regiones de luz, para salvarnos por su vida, muerte, y resurrección; y ahora, habiendo cumplido su misión, volvió al cielo para sentarse a la diestra de Dios en gloria, intercediendo por nosotros ante el Padre (Rom 8, 34), y enviándonos del Padre el don del Espíritu Santo para cumplir en nosotros esta salvación.
Cristo vino a nosotros desde las regiones de luz; pero nosotros estamos sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte por causa de nuestros pecados. Nuestro corazón y mente están oscurecidos y en gran necesidad de esta salvación. Nada oscurece más el alma que el pecado y las imperfecciones en que caemos haciéndonos tristes y deprimidos, sintiéndonos lejos de Dios e incapaces de vencer esta tristeza y depresión.
Entonces Dios envía a Jesucristo en medio de esta noche de nuestro espíritu, para darnos gratuitamente lo que más necesitamos, la liberación de esta oscuridad, si tan sólo creemos en él y confiamos en él hasta que él nos quite de este pozo. El Espíritu Santo es el don que el mismo Cristo nos ha dejado para librarnos de estas tinieblas, y llenar nuestro corazón de alegría, renovándonos y rejuveneciéndonos. El Espíritu Santo fue dado a la Iglesia para la remisión de nuestros pecados, porque Espíritu Santo extiende a nosotros el poder de la muerte de Cristo en la cruz.
El evangelio de hoy dice que Cristo resucitado apareció a los apóstoles, y “sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos” (Jn 20, 22-23). Con esta acción y con estas palabras, Cristo resucitado dio a su Iglesia el poder de perdonar pecados y quitar el peso y el dolor de la culpabilidad.
Este poder se ejerce hoy en el sacramento de reconciliación, donde confesamos nuestros pecados e imperfecciones que entristecen nuestro espíritu, y donde recibimos la cura de Jesucristo por medio de los méritos de su muerte en la cruz. Entonces salimos curados y librados de esta tristeza, porque, de veras, Jesucristo ha sufrido por nosotros para esta razón, para librarnos de esta noche de sufrimiento de la culpabilidad.
Por medio de la fe y de este sacramento, podemos ser librados —y sentirnos verdaderamente perdonados y librados—, y ser restaurados a la luz que Cristo vino del Padre para darnos. Fue a esto —entre otras cosas— que Jesús se refirió cuando dijo a sus apóstoles: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mt 18, 18). Jesús dio a su Iglesia el poder de librar al hombre de la agonía de la culpabilidad, porque él murió para sufrir esta agonía de la separación de Dios por nosotros y en lugar de nosotros, para que nosotros pudiéramos ser librados de este sufrimiento al creer en él y arrepentirnos, confesando nuestros pecados en el sacramento que él nos dejó.
Entonces el Espíritu Santo nos da el poder de vivir una vida completamente nueva, dejando atrás los caminos del hombre viejo y revistiéndonos del hombre nuevo y del comportamiento nuevo del hombre nuevo. Somos, pues, ya perdonados —y nos sentimos perdonados—. Hemos nacido de nuevo de Cristo y somos hechos una nueva creación, para caminar ahora no más según la carne y sus deseos, no más en el pecado, sino en el Espíritu; y vivimos ahora en el Espíritu.
¿Qué quiere decir vivir en el Espíritu y caminar según el Espíritu, y no más según la carne? Quiere decir dejar el pecado y los caminos del placer en este mundo, y vivir más bien sólo y completamente para Dios en todo aspecto de nuestra vida, amándolo a él con todo nuestro corazón, y sirviendo sólo a él, y a ningún otro señor.
Si somos monjes, entendemos esto radicalmente. Dejamos el mundo físicamente, junto con sus placeres, entretenimientos, y recreaciones, para vivir en silencio, oración, ayuno, y soledad. Es por eso que los monjes en los tiempos de más fervor de su historia comían muy sencillamente, renunciando a las delicadezas y condimentos, excepto la sal; y observaban mucho silencio. Quisieron que toda su alegría viniera sólo de Dios, y no de las criaturas, en la medida que esto es posible. No buscaban la felicidad humana y natural, sino sólo la felicidad espiritual y sobrenatural.
Es necesario que tengamos esta orientación, porque sólo así seremos purificados suficientemente para experimentar a Dios y su amor, y entrar en unión con él. Los bienes de este mundo, sobre todo sus entretenimientos y placeres, no nos ayudan a conocer a Dios, sino que más bien nos ciegan para no poder ver a Dios ni experimentar su luz en nuestro corazón. Hasta que somos purificados de todo esto, de todos los placeres del mundo al vivir austeramente y sencillamente, no entraremos en unión con Dios.
Y es el Espíritu Santo que nos ayuda en esta nueva vida en la luz, que es la vida en el Espíritu, y no más la vida según la carne y sus deseos.
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LA PAZ DE CRISTO
P. Steven Scherrer
Homilía de lunes, 7ª semana de Pascua, 5 de mayo de 2008
Hch 19, 1-8; Sal 67; Jn 16, 29-33
“…me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 32-33).
Jesús vino a este mundo para que tuviéramos paz en él. Él nos da el don de su paz. Es algo que no podemos merecer, porque viene de Dios y sobresale por mucho todo lo que nosotros pudiéramos merecer por nuestras propias obras buenas. Él nos da este don de su paz cuando creemos en él y confesamos nuestros pecados e imperfecciones, sobre todo en el sacramento de penitencia.
Entonces para no perder esta paz, tenemos que hacer su voluntad, y no desobedecerlo (Jn 15, 9-11). Pero si lo desobedecemos en algo, probablemente perderemos esta paz; y tendremos que arrepentirnos otra vez y dedicarnos de nuevo a Cristo como nuestro único Señor, y confesar nuestra desobediencia. Así, pues, Dios nos restaurará otra vez en su gran paz.
Esta es una paz que entra y mora en nuestro corazón, conformándonos siempre más a la imagen de Cristo. Cristo no nos deja así como él nos encontró, sino que quiere siempre mostrarnos su voluntad con siempre más precisión y detalles, que antes no conocimos, para que crezcamos siempre más en la santidad. Él nos enseña muchas cosas: cómo ayunar mejor, cómo usar nuestros dones mejor en su servicio, etc.; y él espera que lo obedezcamos.
Él nos enseña por medio de la consolación y la desolación, para que seamos atraídos a obedecer su voluntad con exactitud, que nos trae la consolación; y para que seamos motivados a evitar la desobediencia, que nos causa caer en la desolación. Y así aprendemos y crecemos en la santidad. Crecemos porque él siempre está enseñándonos nuevas lecciones. Tratamos, pues, de evitar la desolación al aprender bien cada nueva lección, como él nos la enseña, y así permanecer en su consolación y paz, que él nos prometió.
Si hacemos esto, tendremos paz en él, como él nos la promete hoy, diciendo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz” (Jn 16, 33). Esta es su voluntad para con nosotros. “La paz os dejo, mi paz os doy,” dijo (Jn 14, 27).
La obediencia —y el arrepentimiento cuando desobedecemos— es el secreto para permanecer en su paz (Jn 15, 9-11). Y es una paz que coexiste con aflicción en el mundo y con ataques de nuestros enemigos, que no entienden nuestra obediencia. En este mundo tendremos aflicción por Cristo, pero al mismo tiempo en él tendremos paz, una paz que el mundo no conoce.
Si has perdido esta paz, arrepiéntete, confiesa tus pecados, y búscala de nuevo. Cristo te la dará, porque esta es su voluntad para con nosotros (Jn 14, 27).
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JESÚS ES EL CAMINO PARA LA UNIÓN CON DIOS
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JESÚS ES EL CAMINO PARA LA UNIÓN CON DIOS
P. Steven Scherrer
Homilía para la fiesta de los santos Felipe y Santiago, Apóstoles, 3 de mayo de 2008
1 Cor 15, 1-8; Sal 18; Jn 14, 6-14
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6).
Cristo es el camino para unirnos con Dios, y la unión con Dios en esta vida presente es el cumplimiento más alto de nuestro ser y la alegría más grande de esta vida. Cristo vino para esto, y ahora lo dice claramente.
En él, tenemos el perdón de nuestros pecados. “Cristo murió por nuestros pecados”, dice san Pablo hoy (1 Cor 15, 3). Son nuestros pecados que oscurecen nuestro espíritu y roban nuestra paz. En Cristo, tenemos la salvación de este oscurecimiento. Nosotros mismos no podemos quitar este oscurecimiento, ni podemos, por nuestro poder, salir del pozo de la tristeza y depresión por haber pecado o caído en imperfecciones. Cristo, el mismo Hijo divino, vino al mundo encarnándose para morir sacrificialmente en la cruz como ofrenda agradable a Dios (Ef 5, 2), para ganar para nosotros esta salvación en que estamos firmes ahora por la fe en él y por el sacramento de la penitencia, que él nos dejó (Jn 20, 22-23; Mt 18, 18) para canalizar a nosotros los beneficios salvíficos de su sacrificio en la cruz.
Él, habiendo muerto para sufrir nuestro castigo por nosotros y en lugar de nosotros, nosotros somos salvos de este pozo de depresión, y ahora nuestro espíritu puede regocijarse en la luz. Y su resurrección cumplió esto para nosotros, iluminando nuestro espíritu y dándonos un gozo que nadie nos quitará (Jn 16, 22).
De veras, Cristo es el camino para llegar a esta unión con Dios en la luz y la alegría en que estamos ahora por nuestra fe en él. Esta es la alegre nueva del evangelio, que san Pablo predica, que hemos recibido, en que perseveramos, y por el cual somos salvos, si lo retenemos firmemente con fe. Este evangelio marca una nueva vida para nosotros, una vida en la luz, llena de la alegría de Cristo, poniéndonos en unión íntima con Dios.
Si creemos en Jesús, creemos en Dios. Si vemos a Jesús, vemos al que lo envió (Jn 12, 44-45). Jesús, por su palabra y sacramento, nos da vida con Dios, la vida verdadera, la vida eterna, una vida rica e iluminada, una vida que resplandece con gozo espiritual, un gozo que nadie puede quitar de nosotros (Jn 16, 22).
Nuestros detractores y enemigos son en realidad nuestros mejores bienhechores, y nos ayudan mucho a vivir en este gozo. Debemos, pues, rezar por ellos, e incluso darle gracias a Dios por ellos.
Un verdadero cristiano tendrá muchos detractores y enemigos (Mt 10, 22), porque muchos no entenderán sus caminos y comportamiento, su amor por Dios y por el silencio y la soledad con Dios, sobre todo en lugares sagrados y en las fiestas más grandes y más sagradas, ni entenderán su amor de la mortificación, que une su alma a Dios, porque la despoja de las alegrías de aquí abajo, para que pueda vivir una vida resucitada y ascendida con Cristo resucitado y ascendido, buscando ahora sólo las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios en gloria (Col 3, 1-2).
Al conocer a Jesús por medio de su palabra y sacramento, conocemos a Dios, al Padre, al que lo envió al mundo. Por eso fue enviado al mundo, para que conociéramos a Dios al conocerle a él por medio de su palabra y sacramento, que él nos ha dejado. “Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto”, nos dice hoy (Jn 14, 7).
Esto es posible porque Jesús y el Padre tienen la misma naturaleza, una sola naturaleza o substancia divina entre ellos, pero podemos ver a Jesús porque él tiene también una naturaleza humana, que es visible, y que es el medio de contacto para nosotros con Dios. “Creedme —dice hoy— que yo soy en el Padre, y el Padre en mí” (Jn 14, 11). “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?” (Jn 14, 10). “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Jesús es en el Padre, y el Padre es en él por naturaleza.
Él nos da paz con Dios, paz en nuestro corazón, paz con nosotros mismos, y, en cuanto depende de nosotros, paz con todos los hombres (Rom 12, 18). Por medio de él, bendecimos a los que nos persiguen; bendecimos, y no maldecimos (Rom 12, 14). Hacemos así porque vivimos en esta gran paz y luz interior por medio de Jesucristo, el camino para unirnos con Dios, por medio de su humanidad, extendida a nosotros en su palabra y sacramento. Este es nuestro contacto con Dios.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 5, 1). Vivimos en esta paz ahora. Él es la puerta de entrada en esta paz y alegría de espíritu, como san Pablo dice, diciendo: “por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes” (Rom 5, 2).
También si rezamos por el nombre de Jesús, Dios escuchará nuestras peticiones, y si rezamos correctamente, para conocer su voluntad, él nos dará una respuesta. Él nos revelará su voluntad, para que haciéndola con fidelidad, caminemos en su luz, la luz de la vida (Jn 8, 12). Él dice hoy: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Jn 14, 13-14).
La mejor oración, yo creo, es que Dios, en el nombre de Jesucristo, me revele su voluntad para conmigo en una situación específica, para que pueda hacerla, y así permanecer en esta gran luz, amor, y paz. Él nos dará una respuesta a este tipo de oración. Entonces, al hacer esta voluntad, permaneceremos en su gran paz y luz.
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NADIE OS QUITARÁ VUESTRO GOZO
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NADIE OS QUITARÁ VUESTRO GOZO
P. Steven Scherrer
Homilía de viernes, 6ª semana de Pascua, 2 de mayo de 2008
Hch 18, 9-18; Sal 46; Jn 16, 20-23
“…vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo” (Jn 16, 22).
Esta es la alegría de Pascua, que seguirá la tristeza de Viernes Santo y la crucifixión del Señor. Y Jesús dice que cuando esta alegría pascual viene, “nadie os quitará vuestro gozo” (Jn 16, 22).
Para entender y apreciar esto, tenemos que leer y estudiar las vidas de los santos, sobre todo las vidas de los primeros mártires de la Iglesia antigua. Vemos cómo Dios los consoló en sus sufrimientos; y sufrieron horriblemente, de suplicios terribles. Vemos cómo algunos vieron una luz celestial en sus celdas, y cómo Dios les dio alegría en sus corazones. Leemos cómo otros se regocijaron cuando llegó el día de su martirio, porque anhelaban ir a estar con su esposo divino en el reino de su Padre en el cielo. Así, pues, podemos entender un poco cómo es posible que Jesús nos dé un gozo que nadie nos quitará.
Este gozo es basado en Jesucristo resucitado, que resplandece ahora en nuestros corazones (2 Cor 4, 6), aunque está sentado en gloria a la diestra de Dios. Aquí en la tierra, sufriremos mucho, como Jesús nos enseñó, sobre todo de la persecución, hasta que llegará el día en que “seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre” (Mt 10, 22). Y así será para los que son fieles a su llamado y hacen su voluntad.
Pero ¿qué dice Jesús que debemos hacer cuando nos persiguen? Dice: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos” (Mt 5, 11-12). Es verdad que cuando somos perseguidos por hacer la clara voluntad de Dios, Dios nos consuela y nos da gran paz y luz interior. Así, pues, entendemos que hemos recibido un don de gozo que “nadie os quitará” (Jn 16, 22).
¿Pero por qué, entonces, perdemos este gozo pascual con tanta frecuencia? Yo creo que la razón es nuestros pecados e imperfecciones. Si todavía no somos purificados de los placeres del mundo y de la búsqueda para ellos, sufriremos mucha tristeza. La tristeza viene de nuestra imperfección, de nuestra falta de despojarnos completamente de los gozos de aquí abajo.
También cuando caemos en una imperfección o pecado, experimentamos un tiempo de desolación interior cuando perdemos este gozo pascual. Esto es para nuestro bien, para enseñarnos que no estamos haciendo la voluntad de Dios, que no estamos actuando como Dios quiere. Esta desolación nos ayuda a aprender mejor la voluntad de Dios y nos motiva a seguirla con más fidelidad en el futuro. Así, pues, este tipo de tristeza nos ayuda a crecer espiritualmente.
Y al arrepentirnos, resolviendo a cambiar nuestro comportamiento, y después de confesarnos, sobre todo en el sacramento de penitencia, Dios nos restaura otra vez este gran gozo pascual. Nadie nos lo quitará, excepto nosotros mismos por nuestros propios pecados e imperfecciones. ¡Qué importante, entonces, es conocer y hacer la voluntad de Dios, y evitar imperfecciones y pecados! Marca la diferencia entre tristeza y gozo.
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SOMOS YA RESUCITADOS Y ASCENDIDOS
CON CRISTO
P. Steven Scherrer
Homilía para la Ascensión del Señor, jueves, 6ª semana de Pascua, 1 de mayo de 2008
Hch 1, 1-11; Sal 46; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20
“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos” (Hch 1, 9).
Hoy nuestro Señor Jesucristo asciende al cielo para sentarse en gloria a la diestra de Dios, “para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb 9, 24). Desde el cielo él puede “salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb 7, 25). Ahora, pues, él “está a la diestra de de Dios, el que también intercede por nosotros” (Rom 8, 34).
Aunque Jesús está ahora en el cielo en gloria con su cuerpo resucitado y glorificado en el seno del Padre (Jn 1, 18), aun así, él sigue salvando a los hombres aquí en la tierra por su muerte y resurrección. Él envió a sus apóstoles a predicar y hacer “discípulos a todas las naciones” (Mt 28, 19), y cuando ellos salieron, “predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Mc 16, 20).
El Señor les ayudó desde su trono en el cielo por su intercesión continua ante Dios (Heb 9, 24), porque él está presentándose continuamente por nosotros ante Dios (Heb 9, 24). Él se presenta con sus heridas, que recibió en la cruz, el recuerdo continuo de su sacrificio de sí mismo como hombre que hizo ante su Padre, agradándole infinitamente a favor de nosotros, para nuestra eterna salvación. Y ahora en el cielo, sigue haciendo esta intercesión por nosotros.
Él ha finalmente ascendido al santuario verdadero, no hecho de mano, sino que el santuario celestial, como nuestro sumo sacerdote, cumpliendo su único sacrificio por nosotros en la cruz, porque él “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Heb 9, 26). Así, pues, “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (Heb 9, 28). Ahora, “habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Heb 10, 12).
Nosotros tenemos una misión ahora con el poder de Cristo ascendido obrando con nosotros. Nuestra misión es hacer discípulos a todas las naciones, enseñándoles que guarden todas las cosas que él nos ha mandado (Mt 28, 19-20). Él nos prometió que estará con nosotros en esta misión, diciendo, “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
En su muerte en la cruz es nuestra vida nueva en Dios, es decir, el perdón que nos libró de las tinieblas y trasladó a la luz. Y más aún, él nos hizo sentarnos en los lugares celestiales con él en gloria, aunque estamos todavía aquí. San Pablo dice que Dios “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef 2, 6).
Por eso ya hemos resucitado con Cristo, y también ya hemos ascendido al cielo con él, para vivir una vida nueva, una vida resucitada, y no sólo resucitada, sino que también ascendida, para buscar ahora no más las cosas de la tierra, sino las de arriba donde Cristo está sentado con Dios en gloria (Col 3, 1-2).
La vida monástica trata de ser la vida ascendida con Cristo en los lugares celestiales. Ahora, pues, renunciamos a los deleites de la tierra, para que nuestro corazón sea indiviso en su amor por Cristo, y para que él sea nuestro único deleite, porque queremos vivir sólo para él, una vida ascendida.
Salvados de nuestros pecados y de la culpabilidad por su muerte en la cruz, somos iluminados y justificados por la luz de su resurrección (Rom 4, 25) que resplandece en nuestros corazones (2 Cor 4, 6), y ahora somos sentados con él en los lugares celestiales (Ef 2, 6), para vivir una vida celestial —resucitada y ascendida—.
La vida monástica trata de vivir esta vida ascendida aquí en la tierra, renunciando a todo, para vivir en unión con Dios en luz. La vida monástica trata de vivir el misterio de la ascensión.
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NUESTRO NUEVO MAESTRO INTERIOR
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EL ESPÍRITU SANTO
ES NUESTRO NUEVO MAESTRO INTERIOR
P. Steven Scherrer
Homilía de miércoles, 6ª semana de Pascua, 30 de abril de 2008
Hch 17, 15.22 – 18, 1; Sal 148; Jn 16, 12-15
“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn 16, 13-14).
Siempre estamos aprendiendo cosas nuevas sobre Cristo y sobre el misterio de nuestra vida nueva en él. Y es el Espíritu Santo que nos enseña interiormente estas cosas nuevas. Él es nuestro maestro nuevo que nos explica el significado más profundo y siempre nuevo de las palabras y acciones de Jesucristo.
Por eso reflexionamos sobre el misterio de la cruz y la resurrección, y es el Espíritu Santo que abre este misterio para nosotros, mostrándonos que en Cristo tenemos, de veras, una vida nueva. Vemos, por ejemplo, por la inspiración del Espíritu Santo, que nuestro hombre viejo murió en la cruz cuando Jesús murió en nuestra carne y naturaleza, y que al resucitar el tercer día, nuestra carne y naturaleza humana resucitaron también en el cuerpo ya resucitado y glorificado de Cristo resucitado.
Vemos por el Espíritu Santo que Cristo resucitado y glorificado es ahora la fuente y el nuevo progenitor de una nueva raza humana, nacida de nuevo de él; y que por la fe y el bautismo, el hombre viejo ya ha muerto y resucitado nuevo en él. Por eso por la fe en Cristo nos revestimos del hombre nuevo, habiéndonos despojado del hombre viejo (Ef 4, 22-24).
Además, por el Espíritu Santo, venimos a entender interiormente que todo esto quiere decir que debemos también vivir una vida nueva, una nueva forma de vida en este mundo, despojándonos de nuestra forma anterior de vivir, como dice san Pablo: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre” (Ef 4, 22). Vemos, y poco a poco aprendemos cada día, por la enseñanza interior del Espíritu Santo, que el hombre nuevo tiene un nuevo modo de pensar y vivir. No busca más su placer en las cosas de abajo, sino sólo en las de arriba ahora (Col 3, 1-2).
Vemos hoy también que san Pablo está en Atenas predicando a los filósofos griegos, profundizando el misterio de Cristo por la inspiración del Espíritu Santo para ellos. Cada vez que él predica o escribe, él cambia su presentación y ve por el Espíritu Santo siempre nuevos aspectos del misterio de Cristo y de nuestra salvación en él.
Este mismo Espíritu inspira a nosotros también. Es por eso que autores cristianos siempre están escribiendo nuevos libros, y predicadores siempre están predicando nuevos sermones, siempre profundizando el misterio inagotable de Cristo para enriquecer nuestro entendimiento y hacer más profunda nuestra vida de fe y de contemplación.
Nunca debemos cansarnos de aprender más de Cristo por la inspiración del Espíritu Santo, porque él toma lo de Cristo y nos hace saber su significado más profundo, como dice Jesús hoy: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn 16, 14-15).
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LA GLORIFICACIÓN DE JESUCRISTO
ES NUESTRA GLORIFICACIÓN TAMBIÉN
P. Steven Scherrer
Homilía del 6º domingo de Pascua, 4 de mayo de 2008
Hch 1, 12-14; Sal 26; 1 Pd 4, 13-16; Jn 17, 1-11
Jesús ya ha ascendido en la gloria de Dios y se ha sentado a su diestra, glorificado por él, como lo fue antes de la fundación del mundo (Jn 17, 5.24; 1, 18).
Pero los discípulos están todos juntos en el aposento alto, orando y esperando el don del Espíritu Santo. Jesús les dijo que esperaran en la ciudad la venida de este don que los prepararán a ser sus testigos, hasta los confines de la tierra, predicando la salvación en él y el perdón de los pecados por la fe en él y el arrepentimiento. Les dijo: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder de lo alto” (Lc 24, 49).
Después de recibir este don, empezarán su misión al mundo, porque “fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día —dijo Jesús—; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24, 46-47). Y a los apóstoles, Jesús dijo: “Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc 24, 48).
Este fue un tiempo de preparación para los apóstoles. Casi todos morirán como mártires, pero Dios en su gloria, con Jesús a su derecha, los ayudará y glorificará. No tenían nada de temer con esta ayuda de lo alto, “pero recibiréis poder —como Jesús les dijo—, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hch 1, 8).
Nosotros estamos en esta misma posición. Hemos recibido una comisión de Jesucristo para ser sus testigos en el mundo, para proclamar su salvación hasta los confines de la tierra, tanto por nuestras acciones como por nuestras palabras y escritos, y sabemos, como ellos, que esto es el llamado de ser sus mártires, y que muchos no nos entenderán ni nos aceptarán; sino que nos perseguirán, exactamente como sucedió con ellos.
Pero Dios es nuestra ayuda, y por eso decimos: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” (Sal 26, 1; salmo responsorial). Con él por ayuda, podemos vencer el temor, como lo vencieron los apóstoles después de Pentecostés.
Y aun si padecemos por su nombre o por hacer su voluntad, no debemos avergonzarnos por ello, porque esto es la gloria de un discípulo, es decir, sufrir por su maestro (Hch 5, 41). Por eso san Pedro nos dice hoy: “gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” (1 Pd 4, 13; segunda lectura). Sufrir afrenta y persecución por hacer la voluntad de Dios es un honor para un cristiano, y nunca debemos avergonzarnos de esto.
De hecho, es cuando somos perseguidos por Cristo, que Dios se revela a nosotros con más esplendor y gloria aún. Así nos dice san Pedro hoy, diciendo: “Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (1 Pd 4, 14).
¡Y así es! ¡Cuántas veces hemos experimentado esto! Es una experiencia del esplendor del amor del Padre por el Hijo. Es una experiencia de Jesucristo en su gloria, resplandeciendo en nuestro corazón (2 Cor 4, 6). Es una participación de la gloria que el Hijo recibe del Padre. Es una participación de la vida eterna, del amor y conocimiento que el Hijo tiene del Padre, y que el Padre tiene del Hijo.
Este es el propósito de la venida del Hijo de Dios a la tierra, es decir, darnos una participación del esplendor en que él mismo vive eternamente con su Padre. Jesús habla de este esplendor hoy, diciendo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17, 3). Conocer a Dios por medio de conocer a Jesucristo es la vida eterna, es el comienzo de la vida eterna con Dios ya en este mundo. Y el Hijo nos trae este conocimiento de Dios.
Entramos en esta vida eterna, en este conocimiento y amor de Dios, al tener contacto con Jesucristo por la fe, por medio de su palabra y sacramento, al arrepentirnos de nuestros pecados y recibir de él el perdón y la justificación. Esto quiere decir que Cristo no sólo nos perdona, sino que también nos transforma, haciéndonos también justos, nuevos, nacidos de nuevo, una nueva creación, hombres nuevos, revestidos de Jesucristo, divinizados, e iluminados por el esplendor de su resurrección. Esto, dice Jesús, es la vida eterna. Esto es conocer a Dios. Esto es conocer al verdadero Dios, y a Jesucristo, a quien él envió (Jn 17, 3).
Entonces Jesús reza: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn 17, 5). La muerte de Jesucristo en la cruz para nuestra salvación es su glorificación. Y ahora su pasión y muerte comienzan inmediatamente después de esta última cena con sus discípulos. Esta, entonces, es la hora de su glorificación.
En la cruz, es nuestra vida eterna con Dios, el perdón de nuestros pecados, y una vida de gloria, llena del conocimiento y del amor de Dios, porque la cruz fue su gran sacrificio de amor que agradó infinitamente al Padre a favor de nosotros.
También la cruz fue el cumplimiento de los requisitos de la justicia divina por todo pecado, de todo hombre, de todo tiempo, devolviéndonos la intimidad con Dios que Adán y Eva perdieron.
En la cruz es nuestra gloria y vida nueva e íntima con Dios. Por eso la cruz es la glorificación de Jesucristo, y su resurrección nos da una participación de este esplendor. El acto supremo de su glorificación —la cruz y la resurrección— es nuestra suprema glorificación también.
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LA ALEGRÍA EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN
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LA ALEGRÍA EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN
P. Steven Scherrer
Homilía de lunes, 6ª semana de Pascua, 28 de abril de 2008
Hch 16, 11-15; Sal 149; Jn 15, 26 – 16, 4
Cristo resucitado nos trae la paz, una paz no de este mundo, una paz celestial, la paz de Cristo, la paz de Dios. “Jesús se presentó en medio de sus discípulos y les dijo: La paz sea con vosotros” (Jn 20, 19; antífona de la comunión).
Por esto, Cristo murió y resucitó, para traernos esta gran paz que tanto anhelamos y que tan pocos hallan. Es algo que nosotros no podemos producir. Es algo que nos viene por la fe en Cristo. Nos viene por el acto de su redención, por su muerte en la cruz, el sacrificio que hizo nuestra paz con Dios; y es comunicado a nosotros por la luz de su resurrección. Él resucitó para resplandecer sobre nosotros.
En su muerte, nuestros pecados, que roba nuestra paz, son expiados, y en su resurrección somos hechos justos y resplandecientes por el resplandor de su cuerpo glorificado que nos ilumina (Rom 4, 25). Habiendo sido librados del pecado, tratamos de obedecer a Dios tan perfectamente que podemos, para no perder esta gran paz y luz interior de su resurrección.
Y si pecamos, volvemos otra vez a él por la fe y la confesión, sobre todo en el sacramento de la penitencia, para que los méritos de su muerte y resurrección sean canalizados de nuevo a nosotros para reentrar otra vez en esta gran paz y luz interiores, que dimanan del cuerpo glorificado de Cristo resucitado.
Así vivimos “llenos de júbilo por la resurrección de tu Hijo”, como dice la oración sobre las ofrendas hoy.
No queremos perder este júbilo, y por eso guardamos sus mandamientos, y somos muy cuidadosos en nuestras acciones, para no pecar.
Pero al vivir así, seguramente el mundo no nos entenderá muy bien, porque son pocos los que experimentan mucho de esta gran paz y luz interior, y pocos los que viven tan cuidadosamente así, para permanecer en su amor (Jn 15, 9-10). Por eso el mundo, no nos entendiendo muy bien, nos aborrecerá y perseguirá, como Jesús nos amonesta hoy, diciendo: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Jn 16, 2).
Pero aun así, tendremos gran paz en medio de esta persecución. Dios nos consolará por nuestra obediencia. Por eso no debemos temer la persecución; y nunca debemos pecar o desobedecer a Dios para evitar la persecución. No debemos desviarnos del camino que Dios nos dio y mostró, ni del comportamiento que él nos enseñó por miedo de la persecución o para tratar de evitar ser perseguidos.
Dios nos protegerá y nos dará su gran paz y luz celestiales en medio de nuestras persecuciones por haberlo obedecido y por no habernos desviado de su camino. Y así también daremos testimonio delante de nuestros perseguidores. Así, pues, vivimos en su verdad, damos testimonio de él, y nos regocijamos en su luz y paz.
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HERMANO RAFAEL Y LA VIDA TRAPENSE
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EL PERDER NUESTRA VIDA POR CRISTO,
PARA HALLARLA VERDADERAMENTE
P. Steven Scherrer
Homilía de sábado, 5ª semana de Pascua, 26 de abril de 2008, Hermano Rafael
Hch 16, 1-10; Sal 99; Jn 15, 18-21
Hoy celebramos la memoria del beato Rafael Arnáiz Barón, un aristócrata español y oblato cisterciense, que murió a la edad de 27 años en 1938, y fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1992. Hermano Rafael, como lo llamaban en su monasterio en España, fue un gran amante del silencio, de la cruz, de la renuncia, y del vivir sólo para Dios. Oímos algo de su amor y respeto para el silencio en una lectura de sus escritos en vigilias esta mañana. Su gran amor por la renuncia y por la cruz se halla en todas partes de sus escritos. Él escribió, por ejemplo, “Qué ceguera tan grande es buscar a Dios entre consuelos humanos” (Obras Completas, #767).
Por eso Hermano Rafael renunció a su fortuna y a la vida aristocrática, y comenzó a vivir una estricta vida trapense en pobreza y silencio en el monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas a la edad de 23 años en 1934.
Pero la enfermedad de diabetes lo causó a salir y reentrar en el monasterio cuatro veces, y la última vez que entró, supo que esta entrada probablemente causaría su muerte, porque supo que allí no podría recibir el tipo de comida especial y la atención y cuidado especiales que necesitaba. Y así fue.
Pero es verdad, y sin duda alguna, como escribió, que es necedad y una ceguera muy grande “buscar a Dios entre consuelos humanos”. Y Hermano Rafael renunció a estos consuelos, que bien conocía, al comenzar la estricta vida trapense de aquellos días.
El pasaje del tiempo, sin embargo, no ha cambiado la verdad de estas palabras del Hermano Rafael, porque son sólo un reflejo de las palabras del mismo Jesucristo, cuando dijo: “todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Mc 8, 35).
Dios quiere que busquemos sólo a él, en la medida que esto es posible. Él quiere que nos acerquemos a él con un corazón tan sencillo e indiviso que podemos. Esto es, por supuesto, la razón por la austeridad monástica, por vivir en silencio dentro de una clausura, separado del mundo, renunciando incluso a la belleza del matrimonio y a la bondad de una vida familiar. Para tener un corazón más indiviso en nuestro amor a Dios, vivimos en simplicidad y comemos comida básica y sencilla; es decir, vivimos una vida de oración y ayuno en el desierto, lejos del mundo y sus entretenimientos, ruido, distracciones, atracciones, tentaciones, y placeres. Es una vida en que buscamos a Dios en silencio, al abrasar el misterio de la cruz, perdiendo nuestra vida en este mundo, para hallarla verdaderamente en Dios.
Pero el evangelio de hoy nos recuerda también que habrá persecución en nuestra nueva vida cristiana, porque, puesto que no somos más del mundo, el mundo no nos entenderá más. Si hubiéramos permanecido del mundo, el mundo nos habría amado, como dice Jesús hoy, pero porque Cristo nos ha llamado del mundo, el mundo ya no nos entiende más, y nos aborrece y persigue. Pero Jesús nos dice que cuando esto sucede, somos bienaventurados y estamos aprendiendo a ser sus verdaderos discípulos, porque, de veras, este es el camino de la cruz, el camino para conocer y experimentar a Dios. “Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrecen, y cuando os aparten de sí por causa del Hijo del Hombre”, dice Jesucristo (Lc 6, 22). Y dice también hoy: “porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn 15, 19).
Pero este es el camino. Y así hallamos la vida: al perder nuestra vida por Cristo.
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EL ESPÍRITU DE LA EVANGELIZACIÓN
DEBE PERMANECER VIVO EN LA IGLESIA
P. Steven Scherrer
Homilía para la fiesta de san Marcos, 25 de abril de 2008
1 Pd 5, 5-14; Sal 88; Mc 16, 15-20
Hoy celebramos la fiesta de un gran evangelista, san Marcos. Es san Marcos que anotó por nosotros estas palabras de Jesús resucitado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). Entonces Jesús dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo, mas el que no creyere, será condenado” (Mc 16, 16). Y finalmente, san Marcos nos dice: “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Mc 16, 19-20).
Es Cristo resucitado y glorificado, sentado a la diestra de Dios, que obra la salvación en los corazones de los que creen en él por la predicación de los evangelistas del evangelio por todo el mundo. San Marcos fue uno de estos evangelistas.
Nosotros también somos llamados a ser evangelistas, algunos proclamando el mensaje de la salvación en Cristo en las iglesias, otros en sus casas o en grupos del estudio de la Biblia, otros en el lugar de su trabajo, otros entre sus amigos, otros por escrito o por el Internet, y otros usando otros medios modernos de comunicación. Y hay los que predican en silencio, por su ejemplo y el testimonio de su manera de vivir.
En la Iglesia, el ministerio de ser un evangelista es esencial, porque alimenta nuestro espíritu y enciende nuestra fe, para que podamos recibir la salvación de Jesucristo. Él nos salvó por su muerte y resurrección, y envió a sus apóstoles, diciéndoles, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15).
Para que su salvación tenga su pleno efecto, tiene que ser predicada con fe viva, y recibida con fe personal, activa, y viva, por la cual uno recibe el mensaje salvador junto con el Salvador vivo, Jesucristo, y uno lo recibe de una manera personal como a su Salvador personal y al Señor de su vida, confesando sus pecados. Uno confiesa sus pecados que lo han separado de Dios, invocando los méritos de la muerte de Cristo, que nos libran de la muerte, porque él murió en nuestro lugar, para que nosotros no tuviéramos que morir por nuestros pecados.
Cristo satisfizo la justicia divina, para que nosotros pudiéramos ser perdonados justa y misericordiosamente y ser librados de la carga de la culpabilidad por nuestros pecados. Este es el camino que Dios decidió usar para salvarnos justa y misericordiosamente, un camino que es infinitamente justo e infinitamente misericordioso, porque una satisfacción justa fue hecha y un castigo justo fue sufrido; pero el mismo Dios, en su misericordia infinita, en la Persona de su Hijo divino, lo pagó, con el resultado de que nosotros pudiéramos ir libres, si tan sólo confesamos nuestros pecados, invocando los méritos de la muerte de Jesucristo en la cruz en fe.
Entonces, Cristo resucitó de la muerte en la gloria de Dios, demostrando que él tiene el poder de salvarnos, y proveyendo una iluminación interior para todos los que son librados de sus pecados, invocándole en fe. Nosotros debemos, entonces, caminar en la espléndida luz de su resurrección, iluminados por dentro por el Señor resucitado, y vivir una vida nueva, buscando ahora “las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1-2).
Esto es la tarea del evangelista, es decir, predicar y vivir esto. Esto fue la vida de san Marcos, evangelista.
Los méritos de la muerte salvadora de Jesucristo son además comunicados a nosotros por medio de los sacramentos, que él nos dejó. Por eso la misión de la Iglesia tiene dos aspectos: la palabra, y el sacramento. Los evangelistas predican la palabra de la salvación en Cristo al predicar a Cristo; y la Iglesia administra los sacramentos, sobre todo el bautismo, la penitencia, y la eucaristía, por los cuales los méritos salvadores de la muerte de Cristo y la luz iluminadora de su resurrección son actualmente, individualmente, y personalmente canalizados a cada uno de nosotros cuando los recibimos con devoción y fe.
Entonces, el cristiano experimenta un nuevo nacimiento y una nueva vida, librado del pecado y de la culpabilidad, y lleno de luz, la luz de Cristo resucitado. El cristiano resucita con Cristo en el esplendor de su resurrección, para andar en la novedad de vida, en la novedad del Espíritu, iluminado por dentro por Cristo, y con Cristo resplandeciendo sobre él por fuera, porque en él una gran luz ha descendido sobre la tierra.
En esta fiesta de san Marcos el evangelista, tenemos que recordar que el espíritu y el ministerio de la evangelización deben siempre ser vivos en la Iglesia.
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EL PERMANECER EN EL ESPLÉNDIDO AMOR
DEL PADRE Y DEL HIJO
P. Steven Scherrer
Homilía de jueves, 5ª semana de Pascua, 24 de abril de 2008
Hch 15, 7-21; Sal 95; Jn 15, 9-11
El evangelio de hoy es corto. Consiste sólo en estos tres versículos magníficos del evangelio de san Juan: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn 15, 9-11).
Jesús nos dice hoy que con el mismo amor, con que el Padre lo ama a él, él nos ama a nosotros; y que él quiere que permanezcamos en este amor. El Padre amó a Jesús desde antes de la creación del mundo. Estos dos vivían juntos desde toda la eternidad, desde antes de la encarnación, porque Jesús es la Persona eterna del Hijo, que vivía con el Padre desde toda la eternidad en el esplendor del amor divino.
Normalmente pensamos de Jesús como el hombre que caminaba aquí en la tierra, pero su Persona siempre existía, y es Dios el Hijo, amado por el Padre y viviendo en esplendor en su seno desde toda la eternidad (Jn 1, 18). Él pide, diciendo: “Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn 17, 5), y “me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn 17, 24).
Es con este mismo espléndido amor, con que Jesús es amado por el Padre, que Jesús también nos ama a nosotros. Él transmite el amor luminoso, que él recibe del Padre, a nosotros, y nos dice que quiere que permanezcamos en este amor: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor”, nos dice hoy (Jn 15, 9).
Entonces, él nos explica cómo hacer esto, es decir, cómo permanecer en su espléndido amor. Es por obedecerlo, porque esta es la misma manera de que él mismo permanece en el amor de su Padre, es decir: por obedecerlo a él. Esto quiere decir: hacer su voluntad y guardar sus mandamientos. “Si guardareis mis mandamientos —nos dice hoy—, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15, 10).
¡Qué importante es, entonces, hacer su voluntad! El no hacer su voluntad es lo que disminuye este amor en nosotros, y nos trae la tristeza. Cristo revela su voluntad a nosotros en la Biblia, diciendo que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón y vida, y hacerlo a él —y el servicio de nuestro prójimo— el único enfoque y la gran pasión de nuestra vida. El obedecerlo también quiere decir obedecerlo en todo lo que él nos muestra personalmente e individualmente que debemos hacer, o evitar.
Si podemos obedecerlo, no importa qué difícil es, permaneceremos en su amor, en este espléndido amor, y su gozo permanecerá en nosotros, y nuestro gozo será cumplido. “Estas cosas os he hablado —nos dice hoy—, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn 15, 11).
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LA NUEVA VIDA QUE ES EN CRISTO
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LA NUEVA VIDA QUE ES EN CRISTO
P. Steven Scherrer
Homilía de miércoles, 5ª semana de Pascua, 23 de abril de 2008
Hch 15, 1-6; Sal 121; Jn 15, 1-8
Las lecturas de hoy nos dan una vislumbre de la novedad de vida que los primeros creyentes tenían en Cristo, desde su resurrección de la muerte y exaltación a la diestra de Dios, resultando en la efusión del don del Espíritu Santo sobre la Iglesia.
En la primera lectura, los primeros creyentes apenas están descubriendo que los gentiles también pueden ser salvos sin ser judíos primero, y sin ser circuncidados ni tener que observar las prescripciones rituales de la ley mosaica.
Tanto san Pedro (en la casa de Cornelio) como san Pablo y Bernabé (al predicar a los gentiles y bautizarlos) descubrieron esto. Veían que estos paganos, al creer en Jesucristo e invocar su nombre con arrepentimiento por sus pecados, recibieron el don del Espíritu Santo, una sensación de ser totalmente perdonados, y la paz interior y nueva vida que sólo el Espíritu Santo puede dar. Veían sus vidas transformadas, dejando su manera anterior de vivir, y siendo hechos una nueva creación en Cristo (2 Cor 5, 17).
Veían que ahora ellos caminaban en el Espíritu, y no más en la carne, y que su culpabilidad ha sido quitada por el sacrificio de Jesucristo en la cruz, quien sufrió por ellos el castigo de su culpabilidad, para que ellos fuesen libres de ella, para disfrutar de la libertad de los hijos de Dios y vivir una vida nueva, iluminada por dentro por la luz dimanando del cuerpo glorificado de Cristo resucitado. Veían que ellos vivían una vida resucitada en Cristo resucitado, buscando ahora las cosas de arriba, donde está Cristo sentado en la gloria, y no más las cosas de la tierra (Col 3, 1-2).
Por eso decidieron que la circuncisión no sería necesaria para ellos, ni tampoco la ley ritual, sino sólo la fe en Cristo, con arrepentimiento, y la recepción de su palabra y sacramento.
Nosotros somos este pueblo. Venimos de orígenes gentiles, no judíos. Nuestra nueva vida es basada en Cristo cuando lo confesamos en fe, con arrepentimiento por nuestros pecados. Los méritos salvadores de la muerte sacrificial de Cristo en la cruz son canalizados a nosotros por medio de nuestra fe en él y por su sacramento —por el bautismo, la penitencia, y la eucaristía— para que seamos hechos verdaderamente nuevos en Cristo, hombres nuevos, una nueva creación, porque “He aquí —dice Cristo resucitado—, yo hago nuevas todas las cosas” (Apc 21, 5).
Cristo es la vid, de la cual tomamos vida, como vemos en la segunda lectura. Él quiere que permanezcamos en él por obedecerlo, para que llevemos mucho fruto para él. Él quiere que vivamos vidas iluminadas y permanecer en el esplendor de su amor, iluminando a los demás. Hacemos esto al obedecerlo. Sólo así será su gozo cumplido en nosotros, y llevarán fruto nuestras vidas, reflejando su luz en el mundo. Dijo: “permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn 15, 9-11).
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OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS
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UNA NUEVA CALIDAD DE VIDA
POR MEDIO DEL AMOR QUE OBEDECE
P. Steven Scherrer
Homilía del 6º domingo de Pascua, 27 de abril de 2008
Hch 8, 5-8.14-17; Sal 65; 1 Pd 3, 15-18; Jn 14, 15-21
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14, 15).
¡Qué profundidad hay en esta sentencia! Nuestra obediencia a los mandamientos de Cristo es la medida de nuestro amor para él. Si no lo obedecemos, no lo amamos mucho (Jn 14, 24). Pero si lo obedecemos, él también nos amará a nosotros, se manifestará a nosotros, y permanecerá en nosotros, haciendo su morada especial en nosotros (Jn 14, 23).
Esto es algo especial y más allá de la presencia de Dios en todas las cosas, sosteniéndolas en existencia. Esta es una presencia especial de Jesucristo, del Espíritu Santo, y del Padre en el alma de los que le obedecen y muestran su amor en su obediencia a sus mandamientos. Esto es algo que el mundo no conoce, como el mundo no conoce al Espíritu Santo (Jn 14, 19). Sólo los que lo obedecen radicalmente lo conocen de esta manera nueva y radical. Y son estos últimos que recibirán la efusión más generosa del Espíritu Santo.
¿Qué quiere decir obedecerlo? Quiere decir obedecer su voluntad y sus mandamientos revelados en su palabra; pero también quiere decir obedecer su plan y su voluntad revelados individualmente a cada persona. Es decir, cuando vivimos como él quiere que vivamos, entonces mostramos en hechos que lo amamos, y habiendo hecho esto, él nos dará otro Consolador para estar siempre con nosotros, “al cual el mundo no puede recibir porque no le ve, ni le conoce” (Jn 14, 17).
Así, pues, viviremos en otro nivel que el mundo, que no experimentará nada de esta paz, alegría espiritual, e iluminación interior que nosotros recibimos al recibir al Espíritu Santo. El mundo ve sólo las cosas que se ven; pero nosotros viviremos en una luz desconocida por el mundo. Sí, es verdad, que el mundo tiene alguna idea de esta paz y la busca; pero en vano, y no la halla porque no sabe el camino por el cual se encuentra, ni tampoco querría seguir este camino si lo supiera. Y este camino es el de la obediencia radical a los mandamientos de Cristo.
Y ¿quién no sabe cuáles son estos mandamientos radicales de Cristo? Primeramente hay el primer gran mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón y vida; y el segundo gran mandamiento, que es amar a nuestro prójimo y tratar de mostrarle a él también el camino de vida y del amor de Dios. Él que ama a Dios radicalmente pierde su vida en este amor, para salvarla (Mc 8, 35). Él pierde su vida en este mundo por el amor de Dios, y así un nuevo mundo se abre para él, el mundo del reino de Dios.
¡Pero qué pocos, en realidad, son los que dejan todo por el amor de Cristo, los que no quieren tener otra alegría en este mundo, sino alegría en él, los que por eso renuncian a los placeres de este mundo y de la carne, para que Cristo sea su único placer en este mundo! Pero los que hacen esto, que obedecen este mandamiento radical de Cristo, experimentarán una riqueza del espíritu que los demás nunca conocerán.
Ellos vivirán con Cristo en la alegría de su corazón en una calidad de vida desconocida por el mundo. Esta es la paz celestial y la luz interior que el mundo quiere y busca, pero en vano, nunca hallándolas, porque no quiere hacer este gran sacrificio de vivir totalmente y solamente por Cristo en una obediencia radical a sus mandamientos. Son sólo los que hacen este sacrificio que permanecen en el amor de Dios y se calientan en su esplendor. Ellos viven por medio de él.
Cristo es la fuente de su vida y de su alegría. No quieren, ni buscan, ni aceptan otra alegría, excepto él. Las alegrías de la carne y del mundo pierden su interés para ellos, porque ellos tienen algo mucho mejor y superior. Andan en el Espíritu y por el Espíritu; y no en la carne. Han renunciado a los deleites de la carne y de este mundo, y por eso han encontrado algo mucho mejor.
Son ellos los que disfrutan más del don del Espíritu Santo. Ellos lo conocen por su experiencia personal, porque es derramado especialmente sobre los más obedientes.
Cristo dice hoy que “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros…el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn 14, 18-19). Vivimos porque él vive. Tomamos vida de él (Jn 1, 16). De su plenitud, tomamos todos (Jn 1, 16). Vivimos por medio de él (1 Jn 4, 9; Jn 6, 57). Él permanecerá en los que lo aman así; y él se manifestará a ellos de una manera especial y luminosa, reservada por los que son radicalmente obedientes, dejando al mundo para él.
Él será para ellos el tesoro escondido y la perla preciosa (Mt 13, 44-46), que sólo se obtienen al precio de todo lo demás, un precio que pocos son preparados a pagar. Pero los que lo pagan viven en esta nueva calidad de vida, anhelada, pero nunca adquirida por el mundo. Esta es la vida del amor, que permanece y se calienta en el esplendor del amor divino, en alegría de espíritu (Jn 15, 9-11), en cuanto obedece a Cristo.
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SEREMOS JUSTIFICADOS POR MEDIO DE CRISTO
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SEREMOS JUSTIFICADOS POR MEDIO DE CRISTO
P. Steven Scherrer
Homilía de sábado, 4ª semana de Pascua, 19 de abril de 2008
Hch 13, 44-52; Sal 97; Jn 14, 7-14
La alegría de la resurrección es la vida de los seguidores de Jesucristo. Son alegres hasta el fondo de su espíritu porque han nacido de nuevo por el bautismo y por su fe en Cristo. Nosotros somos estos cristianos hoy, los que hemos hallado en Jesucristo, por nuestra fe en él, la alegría interior que el mundo busca en vano, sin hallarla.
El invitatorio del oficio de las lecturas hoy dice: Dios “nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pd 1, 3). Hemos renacido en él por nuestra fe en él y por los sacramentos, y somos iluminados y esclarecidos ahora por este renacimiento. La vida de Dios está en nosotros ahora, y vivimos en el amor de Dios con esperanza para nuestra vida y para el futuro; y todo esto nos viene por medio de nuestra fe. Nuestra ilustración viene de los rayos de luz dimanando del cuerpo glorificado del Señor resucitado.
Por eso, como dice la antífona de entrada, anunciamos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pd 2, 9). Dios quiere que vivamos en esta luz de Cristo (Jn 8, 12; 12, 46), y que venzamos la oscuridad causada por nuestros pecados e imperfecciones, por medio de nuestra fe en Jesucristo. Por medio de él, podemos ser perdonados y rejuvenecidos en nuestro espíritu, y llenos de luz, la luz de Cristo, si nos encomendamos completamente a él con todo nuestro corazón, confesando nuestros pecados, normalmente usando el sacramento de reconciliación, que él nos dejó para esto (Jn 20, 23; Mt 18, 18). Entonces, si invitamos a Cristo a ser nuestro Señor y Salvador, él vendrá a nosotros para iluminarnos y permanecer en nosotros. Y él quiere que nosotros permanezcamos en él (Jn 15, 9), en el esplendor de su amor.
Por medio de Jesucristo, vemos a Dios, porque Jesucristo es su Hijo divino, y él por su naturaleza es en el Padre, y el Padre en él (Jn 14, 7-10; evangelio de hoy). Así él vino a la tierra para revelarnos al Padre.
Cuando san Pablo predicó a Cristo en Antioquía de Pisidia, había gran gozo entre sus oidores, y muchos lo seguían; y la segunda vez que él habló a ellos, “se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios”, nos dice san Lucas hoy (Hch 13, 44). ¿Qué era lo que atrajo tantas personas para oírlo? Era la alegría en sus corazones, creo yo, al oírlo predicar a Cristo a ellos. Era la alegría del Espíritu Santo que acompaña la predicación de la salvación en Cristo. Y esta alegría puede ser nuestra también.
La primera vez que él predicó en Antioquía de Pisidia, les dijo: “Sabed, pues, esto, varones hermanos; que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hch 13, 38-39). ¿Y qué estaban tratando de hacer por la ley de Moisés? Trataban de ser justos y resplandecientes delante de Dios, para disfrutar de su favor, y no de su ira, para que él resplandeciera sobre ellos con su luz y amor.
Pero san Pablo nos dice que ellos no pudieron lograrlo. No lograron ser justificados por su observancia de la ley de Moisés, porque seguían a pecar y a faltar esta justicia que buscaban.
Pero ahora en Cristo, dice san Pablo, es posible ser justificados, sin pecado, y resplandecientes delante de Dios, como nuevas criaturas, hombres nuevos, renacidos en él, con todos nuestros pecados justamente perdonados, porque el mismo Hijo de Dios pagó por nosotros el precio de nuestra justificación y liberación del pecado. Así, pues, somos el pueblo que vive en “su luz admirable” (1 Pd 2, 9). “…en otro tiempo erais tinieblas —dijo san Pablo—, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (Ef 5, 8). Es por medio de Cristo, y nuestra fe en él, que somos luz.
Pero después de predicar a Cristo a casi toda la ciudad, surgió una persecución contra Pablo, y por eso él volvió a los gentiles y predicó a ellos, recordándoles a todos primero que Isaías había profetizado esto, diciendo: “Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra” (Hch 13, 47; Is 49, 6). Y el salmo responsorial hoy dice: “Todos los términos de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios” (Sal 97, 3). Cristo es esta salvación universal.
De veras, Cristo es para todos, tanto para los gentiles como para los judíos. Es para todo hombre. Es la salvación y la alegría de Dios para todos los que vuelven a él con fe y arrepentimiento, y que dedican sus vidas a él, confesando sus pecados y dejándolos atrás. Él nos da nueva vida, un nuevo nacimiento, y nos llena de su luz. Nosotros podemos ser entre estas personas renovadas por él si nos ofrecemos completamente a él y hacemos su voluntad, invocando los méritos de su muerte en la cruz al confesar nuestros pecados e imperfecciones, sobre todo cuando usamos el sacramento de reconciliación.
Entonces seremos justificados por medio de él de todo lo que no pudimos ser justificados por la ley de Moisés —seremos justificados e iluminados por medio de Cristo.
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AGENTES DE LA TRANSFORMACIÓN
DEL MUNDO EN LUZ
P. Steven Scherrer
Homilía de viernes, 4ª semana de Pascua, 18 de abril de 2008
Hch 13, 26-33; Sal 2; Jn 14, 1-6
Hablando hoy en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, san Pablo anuncia a los judíos la salvación que está en Cristo, diciendo que a los hijos de Abraham “es enviada la palabra de esta salvación” (Hch 13, 26). Es una verdadera salvación que él les promete, y está en Jesucristo para los que creen en él y confiesan sus pecados, invocando su nombre.
San Pablo dice hoy que todo esto sucedió porque al condenar a muerte a Jesucristo, los habitantes de Jerusalén, sin saberlo, cumplieron las promesas de Dios en las escrituras, y produjeron esta salvación que san Pablo ahora anuncia a ellos. Ellos, habiéndolo matado, lo capacitaron a ofrecer el sacrificio que salva al mundo, y este sacrificio, Dios aceptó y cumplió al resucitarlo de los muertos (Hch 13, 33). San Pablo dice: “no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle” (Hch 13, 27).
Nosotros somos los herederos de esta promesa de salvación ya cumplida en la muerte y resurrección de Jesucristo.
¿Quién no quiere la paz y la alegría interior? ¿Pero cuántos las hallan? Pocos, creo. ¿Por qué? Porque la mayoría no sabe el camino para conseguirlas. Y el camino es el mismo Jesucristo, por medio de su sacrificio en la cruz, que nos libró de la tristeza y la depresión causadas por nuestra culpabilidad, que es el resultado de nuestros pecados e imperfecciones. El perdón está en su muerte, por la cual él sufrió nuestro castigo en lugar de nosotros, para librarnos del castigo de la depresión y traernos la gran paz y alegría interior en que vivimos ahora por medio de nuestra fe en él.
¿Pero qué tenemos que hacer para activar esta salvación en nuestra alma y experimentarla? Tenemos que confesar nuestros pecados, invocando los méritos de su muerte, usando normalmente el sacramento que él nos dejó para esto (Jn 20, 23; Mt 18, 18), es decir, es sacramento de reconciliación. Y tenemos que resolver firmemente a no pecar más y a vivir una vida nueva y resucitada en él, una vida de perfección (Mt 5, 48; 19, 21).
Entonces, en su resurrección es nuestra resurrección y una vida iluminada, llena de luz. Él nos llena de su amor mientras caminamos con él en la luz de su resurrección. Habiéndonos librado del peso de nuestros pecados y borrado nuestra depresión por su muerte, los méritos de la cual son comunicados a nosotros normalmente por el sacramento de reconciliación, él resucitó para que fuésemos iluminados y esclarecidos. Su resurrección es nuestra ilustración.
Él quere que seamos un pueblo nuevo, renovado y rejuvenecido, purificado del pecado y de la desobediencia, para resplandecer desde el fondo de nuestro espíritu, para alumbrar nuestro ambiente y ser nosotros mismos incluso una luz hasta lo postrero de la tierra (Is 49, 6). Y esto es posible porque en él somos justificados y tenemos paz para con Dios (Rom 5, 1). Tenemos entrada a esta gracia de Dios por nuestra fe en Cristo. Él es la puerta de acceso a esta riqueza de salvación, luz, y paz en que estamos. Él es el comienzo de una vida nueva e iluminada. Dios quiere que todo hombre tenga esta paz para con él por medio de su Hijo.
Somos por nuestra fe en Cristo un pueblo de Pascua, un pueblo nuevo, un pueblo de la resurrección, y se nos ha dado también el ministerio de compartir con los demás esta riqueza en que estamos firmes y renovados. Hacemos esto al predicar a Cristo a todos por medio de nuestro ejemplo y palabra. Al hacer esto, transformamos al mundo en el reino de Dios. Es un ministerio de transformar corazones y llenarlos de paz. Todo esto viene de Jesucristo, del esplendor que dimana de su resurrección, de su cuerpo glorificado, que encontramos en su palabra y sacramento, que él nos dejó. Él renueva nuestros corazones por medio de su palabra y sacramento.
Como Jesús nos dice hoy (Jn 14, 6), él es el camino, dado a los hombres, para llegar a Dios, y él es nuestra nueva vida en Dios; y esto es la verdad que él nos trajo.
Esto es un mensaje tan sencillo, pero uno que los sabios de este mundo ignoran. Nunca debemos avergonzarnos de su simplicidad, porque en esta simplicidad es el poder de Dios que nos renueva y nos da todo lo que el mundo busca, pero no halla.
Una vez librados por Cristo, entonces, nosotros también debemos trabajar para librar a nuestros hermanos al anunciarles a ellos este mensaje de la salvación e iluminación, de la paz y alegría de espíritu. Para vivir en esta paz, tenemos que dar nuestra vida a Cristo, renunciar al pecado, y vivir para él con todo nuestro corazón. Así seremos un pueblo de la resurrección, un pueblo de la luz, iluminados por Jesucristo, y los agentes de la transformación del mundo en luz.
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EL LAVAR LOS PIES LOS UNOS A LOS OTROS
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EL LAVAR LOS PIES LOS UNOS A LOS OTROS
P. Steven Scherrer
Homilía de jueves, 4ª semana de Pascua, 17 de abril de 2008
Hch 13, 13-25; Sal 88; Jn 13, 16-20
“De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su Señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Jn 13, 16-17).
Jesús habla estas palabras hoy en el contexto del lavamiento de los pies. Como Jesús, el maestro, ha lavado los pies de sus discípulos, así también nosotros, los discípulos, debemos hacer al lavarnos los pies los unos a los otros. Como discípulos, no somos mayores que nuestro Señor, y por eso debemos hacer como él hizo. “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn 13, 14-15).
Así debemos vivir, ofreciéndonos a Dios en un sacrificio de amor al servir a nuestros hermanos, porque lo que hacemos a uno de ellos, lo hacemos a él (Mt 25, 40). Se nos ha dado nuestro hermano para poder amar al Dios invisible al amar a nuestro hermano a quien podemos ver. El hermano es nuestro medio por el cual podemos amar y servir a Dios en hechos, y así pasar nuestro día amando y sirviendo a Dios al amar y servir a nuestros hermanos.
Si vivimos en una comunidad, cada persona tiene su contribución, y los demás no tienen que hacer lo que otro miembro hace. Es decir, sólo uno cocina por todos. Sólo uno hace la lavandería por todos, etc. Así cada persona es libre para hacer sólo su propia parte y contribución. Por tanto, cada uno tiene su propio camino de lavar los pies de sus hermanos y también de ayudar a otras personas fuera de la comunidad, como el que da retiros para los huéspedes, o el que escribe libros para el público, o sermones para todos. Cada uno tiene su propio carisma dado a él por el Espíritu Santo para la edificación de la comunidad y de la Iglesia.
Así cada uno debe derramarse en amor, usando su propio carisma para el servicio de todos, y al hacer así, está sirviendo y amando a Cristo y a Dios. No podemos ver a Dios. Por eso se nos ha dado el prójimo a quien podemos ver, para cumplir estos servicios para él, y así amar a Dios en hechos.
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